Monólogo de Alsina

Alsina señala el "giro de guion" de Sánchez respecto a la guerra de Irán: "De pronto es peor que Ucrania, que la pandemia, peor que todo"

El director de Más de uno se ha mostrado sorprendido por el cambio repentino del Gobierno hacia un tono más agorero, que también ha aprovechado para prolongar su "broma pesada" sobre la aprobación de presupuestos.

Carlos Alsina

Madrid |

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Siendo joven, se resistió a atender la llamada de dios. Dios llamaba, pero él fingía no enterarse. En eso era como los jóvenes de ahora, que cuando ven en el móvil una llamada se incomodan porque lo ven como un acto invasivo. Dios era invasivo porque si no, no sería dios. Y porque en aquel tiempo no había móviles (qué iba a haber, si era el año seiscientos antes de Cristo).

El joven Jeremías, que aquel era su nombre (hijo de Hilcías), no se veía capaz de a aceptar la misión que dios le tuviera escogida, pero dado que dios era tan insistente como Gabriel Rufián y que en casa le habían enseñado a no rehuir el plan divino, acabó entregándose a la voluntad superior y, consecuencia de ello, el resto de su vida tuvo estas dos características: nunca conoció mujer -para evitar distracciones- y nunca dejó de reprocharle a sus conciudadanos la ceguera en la que vivían al no advertir la crisis tremebunda que se les veía encima por haberse rendido a la idolatría y haber ninguneado a dios.

"Abrid los ojos", les decía, "abrid los ojos y abridle los oídos al rey (el rey de Judá, que era Sedecías), que escuche el rumor de los carros y los caballos que avanzan hacia Jerusalén, el crujir de las murallas que se agrietan, el fuego que destruirá los tejados y la marea de bronce que sembrará nuestras calles de muertos". Era su forma de decir que los babilonios le iban a dar pal pelo a Judá y que el templo de Jerusalén sería destruido. Ay de vosotros que no lo queréis ver.

Por visiones como esta, y porque siempre se ponía en lo peor, Jeremías se ganó fama de cenizo. Y con el tiempo pasó a llamarse así, Jeremías, a todo agorero que se empeñara en anunciar cada día la apertura de las puertas del infierno: hacerse un jeremías o ponerse en plan jeremías. Y eso que Ezequiel, que vino luego, fue peor que él: "Querréis tener paz, pero no tendréis paz. Solo habrá malas noticias, solo angustia, temblad de miedo porque está próximo el día en que vuestras ciudades serán desiertos y vuestras naciones habrán quedado destruidas". Ezequiel era la alegría de la huerta, también.

Bien, en el recuerdo al profeta Jeremías vengámonos ya al presente y escuchemos la voz de los jóvenes profetas de ahora. Abrid los ojos, que no estáis queriendo ver lo que viene, ciudadanos. Tenéis preocupado a vuestro gobierno. No estamos, ¿quiénes? Vosotros, gobernados. Sed conscientes de una vez, diablos.

Los jóvenes profetas de ahora

La guerra en Irán empezó (esta última entrega de la guerra, en rigor) el veintiocho de febrero, sábado. Desde el primer momento analistas y expertos coincidieron en que, por tratarse de Irán, por tratarse de Oriente Medio, por tratarse de Trump y por tratarse de Ormuz y del petróleo, las consecuencias de la intervención en los equilibrios políticos y en el precio de la energía amenazaban con ser enormes.

El gobierno de España advirtió de la gravedad de lo ocurrido en el primer minuto, aunque el presidente Sánchez se fuera aquella noche a los Goya y tardara cuatro días en hacer una declaración oficial a los españoles. Al Congreso de los Diputados, veinte días después, aún no ha ido. Lo hará dentro de cinco días.

Habiendo advertido de la gravedad del asunto y de sus efectos económicos, el Gobierno ha estado tres semanas anunciando que aprobaría un paquete de medidas para socorrer a los sectores que dependen del gasóleo para su trabajo -transportistas, conductores profesionales, agricultores y ganaderos- y para paliar el encarecimiento de la electricidad que consumen las familias.

Pero, a la vez, ha estado tres semanas repitiendo el gobierno que las medidas serían específicas para estos sectores, sin bonificaciones o descuentos para todos los ciudadanos y más reducidas que las que se aplicaron cuando la guerra de Ucrania porque la situación, hoy, no es tan grave como la de entonces. La última vez que lo dijo el gobierno fue este martes.

El martes, Carlos Cuerpo subrayaba que no hay comparación entre lo de hoy y lo de hace cuatro años: fue mucho peor lo de entonces. Al día siguiente, su jefe el presidente -giro de guión- se puso en modo Jeremías y oscureció el horizonte de la crisis.

De pronto, la guerra en Irán es peor que Ucrania, peor que la pandemia, peor que todo. Y aun así, el presidente no ha convocado en la Moncloa a ningún otro dirigente político, no ha conversado -que se sepa- con el líder del principal partido del país (que es Feijoo), no ha reunido a los grupos parlamentarios y no ha adelantado su comparecencia en el Congreso. Tampoco ha vuelto a dirigirse a los españoles aunque sí tuvo tiempo para presidir la Ejecutiva de su partido y analizar lo bien que le ha ido en Soria. Dices: al menos él no se fue a los Oscar", es cierto.

De pronto, la guerra en Irán escala posiciones en el discurso intranquilizador del Gobierno solo para poder decirnos a continuación que estemos tranquilos porque el Gobierno nos protegerá de todo y de todos (sobre todo, del PP, tan belicoso). Esta mañana sabremos si la extraordinaria gravedad que el Gobierno atribuye a las consecuencias de la guerra se comparece con el alcance y dimensión de las medidas que le ha llevado dos semanas negociar consigo mismo tras haber despachado a los grupos parlamentarios con una ronda telefónica y un fugaz intercambio de correos.

De pronto, la guerra en Irán es justificación sobrevenida para seguir alimentando la broma pesada esta de los Presupuestos fantasma. El gobierno sin Presupuestos. El Parlamento, sin Presupuestos. El martes, a la vez que Carlos Cuerpo enfriaba el alcance de la crisis de precios, la ministra Elma Saiz reiteraba que el Consejo de Ministros aprobaría su proyecto de Presupuestos para enviarlo al Congreso antes de que terminara el mes de marzo. Un día después, el presidente forzó esta exposición, perfectamente ridícula, según la cual la urgencia de responder a la crisis obliga a dejar para otro momento las cuentas públicas. Ayer volvió a interpretar el papel de quien está diciendo algo obvio.

Ay, el tono. O el tonito. ¿Usted preveía esta guerra? Lo urgente. Hay que entender que para el presidente lo que nunca fue urgente fue cumplir con su deber y hacer su trabajo, que fue tener presentado el Presupuesto al Congreso no esta semana, ni la pasada ni la que viene, sino hace medio año.

¿Había una guerra en Irán hace medio año? No parece. ¿La había hace un año y medio, cuando debieron haberse presentado los Presupuestos de 2025? Tampoco parece. La broma pesada se ha vuelto infinita. Y es natural que al gobierno le incomode que se le recuerde su desidia y su incumplimiento porque en este asunto no tiene ni defensa posible ni relato. Simplemente, se niega a hacer su trabajo. Y pretende que se le aplauda por lo bien que se lo trabaja.

La broma pesada se ha vuelto infinita

Rizando el rizo de la tomadura de pelo

Rizando el rizo de la tomadura de pelo, la ministra que tiene como trabajo principal hacer unos Presupuestos -ministra de Hacienda, vicepresidenta del Gobierno, vicesecretaria general del PSOE, secretaria general del PSOE andaluz, candidata del gobierno a la Junta de Andalucía-, la ministra pluriempleada de cuyo trabajo diario, más allá de los mítines, se sabe poco, hizo esta declaración descacharrante.

Reconozcamos el mérito de los asistentes al acto en el que dijo esto al reprimir la carcajada y el aplauso cómico. No contempla llegar a 2027 sin Presupuestos. ¿Y qué importa ya lo que contemple? ¿O lo que diga que contempla, si lleva sin Presupuestos nuevos tres años? El problema de enajenarte con tu propio argumentario es que acabas perdiendo el sentido de las cosas. No solo distorsionas la realidad simulando que tu obligación es asegurarte de que serán aprobados antes de presentarlos, cosa que, por supuesto, no aparece en norma alguna, sino que te cuelgas la medalla y presumes de ello.

Esta declaración de María Jesús Montero tiene dos problemas. Uno, que su trabajo es llevar las cuentas al Parlamento para que luego, no antes, luego sean debatidos y enmendados allí. Y dos, que es mentira. Es mentira que la ministra de Hacienda no haya llevado nunca los Presupuestos sin tener amarrado su apoyo. Catorce de enero de 2019. En aquel tiempo María Jesús Montero era más seria con las reglas del juego.

En enero de 2019, la ministra, cumpliendo con su obligación aunque fuera con tres meses de retraso, entregó a las Cortes su proyecto de Presupuestos. Fueron debatidos, fueron enmendados y fueron tumbados por Esquerra Republicana y el PdCAT. El presidente Sánchez, en coherencia con lo que él mismo había exigido a Rajoy cuando estaba en la oposición, disolvió las Cortes y convocó elecciones anticipadas. No, qué va. Nunca digas nunca jamás. Salvo que seas la vicepresidenta uno del gobierno.