Alsina critica la actitud "no tan comprensible" de Clavijo respecto al crucero del hantavirus: "Un ejercicio de recelo y de contagio de miedo"
El director de Más de uno ha celebrado el éxito en la gestión de la crisis desatada por la enfermedad, luego de finalizar el desembarco en Tenerife y la repatriación de la mayor parte de los pasajeros del Hondius.
Madrid |
Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. El barco había partido de Barcelona y fondeó en Coruña un 26 de septiembre. Cargó noventa sacas de correo, cincuenta bueyes vivos y setenta toneladas de vino. Y ochocientos cincuenta pasajeros que iban a América. Era la última escala en la Península. En Coruña embarcó Rosalía Abreu, multimillonaria cubana que portaba, además de tropecientas maletas, una colección de chimpancés para su finca de La Habana (fue pionera en la cría de chimpancés en cautiverio).
A los monos no consta que los examinara un veterinario antes de ser embarcados, pero a los emigrantes sí, un médico, digo: tenían que pasar revisión porque la gripe estaba causado estragos. Ciento sesenta fueron rechazados porque tenían síntomas.
El siguiente destino del Infanta Isabel era Las Palmas y el viaje iba bien hasta que empezó a ir mal. El virus había subido a bordo y la enfermedad se extendía entre el pasaje.
Llegando a Gran Canaria ya habían muerto veinticuatro personas, en el barco ondeaba la bandera negra y amarilla en señal de contagio y las autoridades denegaron el permiso para fondear en el principal de sus puertos. Mandaron el barco a Gando, la última punta de la isla. Y habilitaron malamente el lazareto que se había levantado allí veinticinco años antes como centro de internamiento para enfermos en cuarentena. El Zendal de la época que estaba medio abandonado.
Fueron enviados practicantes, cocineros, un cura, dieciséis guardias civiles y unas monjas de la Caridad. Se fue desembarcando a los contagiados, hasta doscientos, y se los metió allí, en condiciones precarias, sin apenas información; con la infantería de Marina desplegada para sofocar la rebelión a bordo del Infanta Isabel, de donde intentaban lanzarse al mar pasajeros angustiados por la infección no remitía, y con las poblaciones más próximas levantadas en armas porque se sentían maltratadas por el gobierno, expuestas al virus como ciudadanos de tercera.
La historia de este barco, de hace cien años y pico, la han recordado estos días varios periódicos. La historia del barco y del lazareto de Gando, más tarde utilizado como campo de concentración franquista. Del lazareto se acordaba ayer una vecina de Tenerife en conversación con el Corriere de la Sera, como prueba, decía ella, de que Canarias siempre es el contenedor de Europa, a donde se envía lo que nadie quiere, sean leprosos o sean pasajeros de un crucero con hantavirus.
El malestar de una parte de la población canaria ha tenido algún eco, no mucho, en los diarios y las televisiones extranjeras. Pero muy por encima de eso, lo que han destacado ayer y hoy es que la operación desembarco del pasaje del Hondius se está realizando con orden, con eficacia y con sosiego. Como si, en efecto, España estuviera sobradamente preparada para asumir una crisis sanitaria como esta y compaginar las dos tareas que hay que ha habido que hacer compatibles: acoger a los viajeros en riesgo y encapsular el virus -por si acaso sigue ahí- para que el brote no se extienda.
2026 ha sido el anverso de 1918. El Infanta Isabel pero justo al revés. Sin psicosis, sin epidemia, sin pasajeros tirándose al mar y sin lazareto. Según fueron estando listos los aviones para repatriar se fue trasladando a los nacionales de cada país en orden y con concierto. Con la Organización Mundial de la Salud supervisando y con periodistas de medio mundo comprobando que todas las reglas de las medidas de seguridad sanitaria se cumplían. Hoy terminará el desembarco de los australianos, que serán los últimos. 'The australians'.
Los australianos y los últimos de Filipinas. En cuanto el Hondius pueda repostar seguirá viaje hacia Holanda y podrá despedirle, aliviado, el Gobierno canario, que convirtió el malestar comprensible de las primeras horas por la falta de información desde Madrid en un ejercicio de recelo y de contagio de miedo bastante menos comprensible.
Salvo catástrofe en lo que queda de día, la del Hondius será una página muy menor en la historia de Canarias. Que hoy puede explicarle al mundo que incluso prestando ayuda a un barco con hantavirus es capaz de asegurar la salud de quienes residen o hacen turismo en las islas. Y que el Papa es la mejor prueba de que viajar a Canarias es seguro.
El Papa, además, no viene en crucero y eso siempre facilita las cosas. Cuando una crisis se resuelve bien no pasa nada por decirlo y por celebrarlo. Nadie se ha caído al agua y ningún maldito roedor se ha ido nadando hasta la costa. E incluso a la oposición conservadora le habrá parecido bien que desembarcaran los españoles primero, en una suerte de prioridad nacional sanitaria que habrá reconfortado a quienes están pactando gobiernos inspirándose en la famosa prioridad nacional. "Los españoles, primero" en versión zodiac.
Cuando una crisis se resuelve bien no pasa nada por decirlo y por celebrarlo
Turno de cuarentenas
Han pasado su primera noche en cuarentena los catorce españoles del Gómez Ulla, sucesores de los veintiuno que pasaron por esa misma experiencia en 2020, cuando la pandemia. Y que tienen su versión estadounidense en los diecisiete de Nebraska, los pasajeros de Estados Unidos internados en el centro especializado de Omaha. Uno de ellos ha mostrado síntomas y otro ha dado positivo en la primera PCR. Bien es verdad que, a diferencia de los nuestros, estos otros sí que podrán elegir entre permanecer allí en cuarentena o irse para su casa con el compromiso de tratar con el menor número de personas posible.
Este señor es el Fernando Simón estadounidense, director del Centro de Control de Enfermedades, y de forma ligeramente titubeante ha venido a hacerse un Margarita Robles, es decir, a explicar que allí la cuarentena es voluntaria. Todo lo contrario que en Grecia, donde solo tienen un pasajero del Hondius -todo el avión de la fuerza aérea griega para él solo- pero al que le espera en Atenas una cuarentena de cuarenta y cinco días, unos tanto y otros, tan poco.
Y eso que el hombre está bien y no ha presentado síntomas. Ni de hantavirus ni de aburrimiento por el mes y medio de inactividad que le espera: pásate dos meses recorriendo el mundo en un crucero para pasar el siguiente mes y medio en una sala aislada de un hospital de Atenas.
Otro de los viajeros desembarcados hasta ahora ha presentado síntomas compatibles con el hantavirus. Es un francés que no dio señales de preocupación hasta que ya estaba en el avión rumbo a París. Anoche firmó el primer ministro Lecornu el decreto que da cobertura legal al aislamiento, en este caso también obligatorio, de los cinco nacionales franceses que iban en el crucero. Este francés sintomático, digamos, es ahora mismo el eslabón más débil, o el único motivo de inquietud por si el virus hubiera salido con él del Hondius.
Que es lo que ya sucedió con la viuda del pasajero muerto a bordo -fallecida luego también ella- y que se subió a un avión en Johannesburgo. Hay dos mujeres que iban en ese avión y que están en España: una, hospitalizada en Alicante; la otra en Barcelona; no porque estén infectada sino para confirmar que no lo están. Hasta ahora las PCR han dado negativo.
Faltan aún más pruebas pero si se confirma que ambas están limpias, habremos despejado otra duda, y otro temor, y estará más cerca el momento de poder decir que el hantavirus de los Andes que viajó en crucero quedó sofocado antes de causar mayores estragos. Y que la colaboración entre gobiernos para conseguirlo ha sido, como dice la ministra García, very very nice.