En este contexto, la Fundación Cibervoluntarios lleva 25 años trabajando para reducir la brecha digital y asegurar que la ciudadanía pueda usar la tecnología con autonomía, seguridad y sentido crítico.
Su labor pone de manifiesto una realidad: saber utilizar la tecnología ya no es una ventaja, sino una necesidad básica. Sin embargo, no todo el mundo parte del mismo punto. En España, alrededor del 30% de la población carece de competencias digitales básicas, una cifra que se eleva hasta el 44% en zonas rurales. Una situación que evidencia que la brecha digital sigue siendo uno de los grandes retos sociales de nuestro tiempo y que organizaciones como Fundación Cibervoluntarios tratan de revertir desde hace décadas.
No tener habilidades digitales no solo dificulta el uso de dispositivos o aplicaciones. También limita el acceso a derechos fundamentales, como la educación, la sanidad o los servicios públicos. En la práctica, significa depender de otras personas para realizar gestiones o, directamente, quedarse fuera de determinadas oportunidades.
Por eso, cada vez se habla más de un concepto clave: la soberanía digital ciudadana. Es decir, la capacidad de las personas para comprender, utilizar y tomar decisiones informadas en el entorno digital. En otras palabras, ser autónomos también en internet.
El acceso a dispositivos o a conexión ya no es suficiente. La clave está en saber utilizarlos con seguridad, criterio y confianza. Aprender a manejar la tecnología es hoy una forma de independencia, especialmente para colectivos que han tenido menos contacto con el entorno digital.
Personas mayores, población rural, jóvenes o mujeres en situación de vulnerabilidad digital son algunos de los perfiles que más se benefician de este tipo de formación, que va mucho más allá de lo técnico: es una herramienta de inclusión social.
En este contexto, la labor de Fundación Cibervoluntarios resulta fundamental. Solo en el último año, la organización ha formado a más de 280.000 personas en toda España, gracias a una red de más de 4.500 personas cibervoluntarias que imparten actividades gratuitas cada semana.
Estas formaciones permiten adquirir competencias digitales básicas, desde el uso del móvil hasta la gestión de trámites online o la protección de la privacidad, siempre con un enfoque práctico y cercano.
En muchos casos, el primer contacto con la tecnología llega gracias a alguien cercano: un familiar, un amigo o un vecino que ayuda a resolver dudas o a dar los primeros pasos.
Ese gesto cotidiano también puede convertirse en una forma de compromiso social. El voluntariado tecnológico permite compartir conocimientos y acompañar a otras personas en su proceso de aprendizaje digital, contribuyendo así a reducir la brecha.
Garantizar que toda la ciudadanía pueda participar en igualdad de condiciones en el entorno digital es uno de los grandes desafíos actuales. Porque hoy, no saber usar la tecnología es una nueva forma de desigualdad.
Aprender, enseñar y facilitar el acceso a las competencias digitales no solo mejora la vida de las personas, sino que contribuye a construir una sociedad más libre, inclusiva y cohesionada.