Cuando el hantavirus se bautizó como el virus 'Sin Nombre'
La muerte de un joven navajo en Nuevo México en 1993 fue el inicio visible de un brote que desconcertó a los epidemiólogos y señaló injustamente a toda una comunidad. Meses después, la ciencia descubrió que detrás estaba una nueva cepa de hantavirus: el virus ‘Sin Nombre’.
Madrid |
En mayo de 1993, un joven navajo de 19 años llamado Merrill Bahe viajaba en coche por una carretera de Nuevo México cuando empezó a quedarse sin aire. Iba al entierro de su prometida, Florena, fallecida cinco días antes por un edema pulmonar fulminante. La familia paró en la primera gasolinera y llamó a una ambulancia, pero Bahe murió antes de llegar al hospital. Lo que no sabían es que iba a ser el quinto caso en apenas unos días. El brote parecía afectar sólo a nativos navajos, así que el estigma se desató sobre esta comunidad en casi todo el país. Aquello se convirtió en un misterio epidemiológico.
El doble caso desencadenó la investigación científica que terminaría identificando, en la meseta de Four Corners, una cepa de hantavirus desconocida, tal y como relatamos en el episodio 22 del podcast 'Esto no ha pasado' en conversación con el catedrático de microbiología Ignacio López-Goñi, autor de 'Virus y pandemias'.
Los Centros para el Control de Enfermedades (CDC) y el laboratorio militar de Fort Detrick atraparon casi 1.700 roedores aquel verano de 1993. Casi un tercio de los ratones-ciervo de la zona portaba un hantavirus nuevo. En noviembre lograron aislarlo. La convención decía que un hantavirus se nombra por el lugar de su descubrimiento, así que el CDC propuso bautizarlo como 'Muerto Canyon virus'. La nación navajo se opuso: el Cañón del Muerto debe ese nombre a una masacre ocurrida en 1805.
Tras semanas de discusión, los virólogos cedieron y aceptaron una solución insólita en la historia de la microbiología: llamarlo, literalmente y en español, virus 'Sin Nombre'. Cuando los patólogos revisaron tejidos congelados de pacientes antiguos, descubrieron que el primer caso documentado del virus no era el de mayo de 1993, sino el de un hombre de Utah fallecido misteriosamente en 1959.
Los mismos virus, un mundo distinto
Los hantavirus son virus de roedores que llevan milenios conviviendo con sus huéspedes sin matarlos. El problema surge cuando saltan al ser humano. "El 75% de estas nuevas amenazas provienen del mundo animal, son lo que denominan zoonosis", explica López-Goñi en el pódcast. El catedrático apunta a las condiciones globales que están multiplicando estos brotes: "Somos más de 8.000 millones de personas, cada vez vivimos más juntos. El número de megaciudades de más de 10 millones de habitantes se ha cuadruplicado en los últimos 50 años y además cada vez nos movemos más". A esa ecuación, añade, se suma la proximidad creciente al mundo animal y los cambios en los ecosistemas, que favorecen el flujo de microorganismos entre especies.
La variante de hantavirus secuenciada a partir del brote del crucero Hondius es la única conocida con capacidad demostrada de transmitirse entre humanos, aunque con una eficiencia limitada. "Estar juntos en una habitación, y cuanto más estemos y más cerrada y más tiempo, pues más posibilidad de infectarse". López-Goñi compara este brote con los de ébola más que con la pandemia de coronavirus: "Lo que se ha visto hasta ahora con hantavirus Andes son brotes muy localizados y concretos. Esa cadena de transmisión no supera las tres generaciones. Uno infecta a otro, otro a otro, y ahí ya se para". Por ahora, la del brote del crucero se ha quedado en una generación".
Para el microbiólogo, episodios como el del Hondius no deben leerse como un aviso de pandemia inminente, sino como una pieza más del nuevo paisaje epidemiológico. Habrá otra pandemia, asegura, "pero no sabemos ni quién ni cuándo, no sabemos si será dentro de 10 años, de 50 o de 100 años, ni sabemos exactamente quién será el causante". La OMS ya bautizó esa incógnita con un nombre provisional, "la enfermedad X, porque no se sabe cuál será". Los candidatos a producirla son los virus respiratorios transmitidos por aerosoles, los más difíciles de controlar: un virus de la gripe con capacidad pandémica, un nuevo coronavirus, o algún patógeno todavía silencioso en su reservorio animal.