Aun así, los datos son claros. Quien vive en un pueblo tiene la mitad de probabilidades de sufrir un trastorno mental. El riesgo de sufrir una depresión por ejemplo es un 40 por ciento más alto en ciudades que en pueblos. Sin embargo, en LIOSAMENTE hablamos con la psicóloga de familia Isabel Menéndez Benavente de un asunto que tampoco se puede generalizar.
Porque no todos los pueblos son iguales ni todas las personas necesitan lo mismo. Si el pueblo en el que acabamos es dinámico y nos ofrece lo que buscamos y necesitamos, pues genial. Nuestra salud mental lo agradecerá. Pero si es un pueblo donde no se puede hacer gran cosa ni aporta nada de lo que presuponemos a un pueblo, puede que nuestra salud mental se resienta (salvo que seamos algo asociales y busquemos exactamente eso).
En las ciudades tampoco todo es malo. Tenemos la oportunidad de encontrar muchas cosas, aunque el mayor riesgo es precisamente el exceso de oportunidades. Hay tantas cosas que si intentamos llegar a todo nos estresamos. Y aunque nosotros no suframos ese estrés, si estamos rodeados de prisas, ansiedades y estrés, nuestras neuronas espejos nos empujarán a sentirlo como propio.
En definitiva. Todo depende. Pero el pueblo, aunque sea para un rato, es una buena medicina para nuestra salud mental. Y es una receta sencilla y gratuita, concluye Isabel.