Me reconozco emocionado y recompensado al ver a Rafa Nadal "abirretado" en Salamanca con esa pomposidad universitaria que tanto nos recuerda la importancia de las tradiciones. Su designación, su reconocimiento, las palabras esculpidas por el rector que honraron el viernes tanto a la persona como al deportista. Que gustirrinín que por fin el mundo académico le diga al deporte eso de… "pasa, acomódate, que esta es también tu casa…"
Rafa tiene mucha tarea por delante y lo lleva bien. Con su Academia, con su Fundación y con la convicción sobre los hombros de que necesita devolver todo lo que se le ha dado en este caminar tan exitoso por pistas de tierra, de hierba y de las sintéticas. Y lo digo: tiene y tendrá recursos suficientes. Ingresó, invirtió, recicló y podrá vivir desde el confort que te dan los recursos, pero no todos los deportistas tienen esa tranquilidad cuando el retiro llama a sus puertas.
Estos días están viendo la luz las llamadas 'becas transición' aprobadas por el Consejo Superior y que se marcan el camino de ayudar al olímpico si cumple ciclo y toca retirada. Por ahora es para medallistas y diplomas, 221 tras Paris 2024. Hasta 62 mil euros en 2 años en una especie de colchón compensatorio por los éxitos prestados al país. Pero no quedan incluidos los llamados deportes profesionales y los de equipo (waterpolo femenino, por ejemplo). Se justifica la administración con aquello de que suelen tener sueldos de clubes y acceso a los patrocinios colectivos, pero témome que la mantita tejida deja a la intemperie muchos pares de pies campeones.
Prometen mejorar, dialogar y negociar. Aunque a mí se me hace ya el discurso musiquilla de llamada en espera, porque la infrafinanciación del deporte es asumida por todos. Con lo que se da… se consigue mucho. Somos potencia pero basada más en el milagro individual… que en la inversión colectiva.