Monólogo de Alsina

Alsina, sobre la peculiar costumbre de Koldo de encargar sobres con billetes: "Aldama y asociados: le llevamos su corrupción a casa"

El director de Más de uno destaca la declaración de Carmen Pano en la tercera jornada del juicio por el caso Mascarillas, en la que afirmó que llevó bolsas con dinero en efectivo a la sede del PSOE en Ferraz.

Carlos Alsina

Madrid |

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Antes de ser un reusense universal -o sea, de Reus pero con magisterio en todo el planeta- Antoni Gaudí ya era miembro, con treinta años, de la Asociación de Excursiones Catalana, cuyo mayor rival era la Asociación Catalana de Excursiones. Pese a la rivalidad, le invitaron a hacer un acto conjunto -perdón, una excursión conjunta- a Santa María de Poblet y no pudo negarse.

De Tarragona fueron hasta la Espluga en tren y allí se subieron a los carros y los burros para subir al monasterio. Y allí lanzaron bengalas de colores para evocar el incendio de cincuenta años antes y entonaron una Salve Regina. En palabras de su biógrafo Van Hensbergen, del libro reeditado ahora, "nada podía haber transmitido a Gaudí un sabor más auténtico del mundo en el que estaba a punto de entrar: un cóctel de fraternidad, catolicismo y catalanismo mezclado con el amor romántico hacia las ruinas y las causas perdidas".

Ese mismo año, el librero Bocabella, que odiaba todo lo francés, puso la primera piedra de un templo dedicado a la Sagrada Familia de Nazaret. El arquitecto aún no era Gaudí, sino Villar. Y para sacar adelante su empeño había hecho antes dos cosas: fundar la Asociación de Devotos de San José para recaudar fondos -el crowfunding de la época, pasar el cepillo entre los fieles- y comprar un solar en el Poblet donde antes estuvo previsto hacer un hipódromo.

Gaudí asumió la dirección al año siguiente y cambió la historia de la arquitectura en Barcelona. El no era muy de viajar. Excursiones sí, pero viajes largos no. Cuando le preguntaban, respondía que eran los extranjeros los que habían de venir a su tierra. Y a fe que lo consiguió, porque ciento cincuenta años después hay tanto turista en Barcelona que el ayuntamiento ya no sabe dónde meterlos.

Es probable que para cuando esté terminada la Sagrada Familia de Barcelona, 2036, las distintas tribus políticas ubicadas en el extremo izquierdo del tablero político de España -también llamado espacio o izquierda a la izquierda de la izquierda- sigan sin haberse aclarado sobre qué son, a qué aspiran y cuál es su fe verdadera. Su esforzado camino hacia la confluencia final está sembrado de hundimientos y demoliciones.

Como si en lugar de avanzar la obra, la Torre de Jesús se hiciera y se deshiciera en el mismo día. Quién sabe si llevada la legión de arquitectos mal avenidos que lleva años diseñando el futuro por el amor romántico hacia las ruinas y las causas perdidas. Una ex ministra del gobierno Sánchez, de apellido Montero pero no del PSOE, o sea, Irene, compartió escenario (y vocación escénica) con un antiguo independentista -hoy de fe muy rebajada- que se pasó años predicando lo imposible que era hacer política en libertad en la España represora que aún apestaba a franquismo y que hoy, sin embargo, disfruta de lo bien que se hace política en España sin necesidad de independizar territorio alguno ni de pedir perdón a nadie por la insurrección de la que fue impulsor y propagandista- pero con la urgencia de salvar a los votantes españoles de sí mismos. O sea, Gabriel Rufián, diputado influencer.

Tan cómoda se vio a Irene Montero en compañía del amigo Gabriel que no cabe descartar que, en lugar de acabar él fuera de Esquerra sea ella la que acabe dentro. Ya dijo Rufián que Esquerra debería inspirar, como hizo en otras ocasiones, a la izquierda española.

En rigor, Esquerra Republicana nació en 1931 para distinguirse, precisamente, de la candidatura conjunta que presentaron las izquierdas y los republicanos en el resto de España. Todos juntos (por la República) menos en Cataluña, donde la izquierda jugaba a otra cosa. A la república catalana, también efímera, que proclamó Maciá.

Grandes cosas es verdad que no dijeron ayer ni Montero ni Rufián -al menos, ninguna nueva- pero el asunto no era decir sino hacerse ver, en pareja. Con Ione Belarra de testigo muda, Junqueras ausente porque su reino no es de este mundo y Yolanda Díaz quedándose a vivir en la evocación nostálgica de 2023, aquella vez en que ella fue decisiva para que gobernara la izquierda en España (cuando el decisivo, en verdad, fue Puigdemont).

El crowfunding (o pasar el cepillo) se usa ahora para poner en pie no catedrales sino tabernas, como la Garibaldi, porque exprimir a los devotos nunca pasó de moda. Y en el amor por las charlas ante públicos reducidos y entregados (o poliamor, porque Gabriel estuvo con Emilio antes que con Irene) los arquitectos de edificios políticos corren el riesgo de acabar siendo vistos, charla a charla, como consumados charlistas.

Los arquitectos de edificios políticos corren el riesgo de acabar siendo vistos, charla a charla, como consumados charlistas

Aldama y asociados: le llevamos su corrupción a casa

Como duele comprobar hoy, en la prensa, el escaso eco que ha tenido el charleo, y por si pudiera reconfortar a los insignes excursionistas, dejo constancia de que aquellos dos grupos rivales de hace siglo y medio, la Catalana de Excursiones y la de Excursiones Catalana, acabaron fundiéndose amorosamente en una única candidatura (perdón, en una única entidad recreativa). Mientras Gaudí se dejaba de paseos y, él sí, hacía historia.

No es fácil. No es fácil competir en el mercado de la atención efímera. Muy impactante tiene que ser lo que digas en un acto político en la Pompeu Fabra para que el personal te haga más caso que a los cuatro astronautas que vienen de regreso de la luna, a un alto el fuego en Irán que tiene en Netanyahu a su primer dinamitero, a unas elecciones en Hungría en las que puede caer este domingo el discípulo más amado de Donald Trump en Europa, Viktor Orban, y a una madre y una hija que le cuentan al Tribunal Supremo cómo el ministro putero quería una casa en Cádiz y había que conseguírsela o cómo si vas a Ferraz de parte de Víctor de Aldama te dejan subir en el ascensor y hay un señor arriba esperando a que se abra la puerta para agarrarte la bolsa de cartón llena de fajos de billetes.

Se reafirmó Carmen Pano, colaboradora de Aldama, madre de su novia en aquel tiempo, en que ella fue dos veces a Ferraz a llevar fajos de billetes a alguien que sigue sin saber quién era. Se supone que para Koldo, que era con quien trajinaba sus cosas Aldama. Se supone, porque identificación física no ha habido del señor aquel que esperaba a que subiera el ascensor. Quién fuera este es interesante, porque si estaba también en el ajo de pagos ilícitos era él mismo miembro de la trama.

Este mismo testimonio habrá de prestarlo la señora Pano de nuevo si la investigación abierta sobre el trasiego de dinero en efectivo desemboca en otro juicio. La tesis del PSOE es que todo el dinero que se movió en Ferraz, en efectivo o como fuera, procedía de la cuenta bancaria del partido. Se le pagaba en sobres a Koldo, sí, y a Ábalos, pero para reembolsarles gastos que ellos habían hecho y con dinero sacado de la cuenta del PSOE.

Estos noventa mil euros que entran en Ferraz en dos bolsas de cartón cuestionan esa versión de los hechos y hacen posible la sospecha (de momento, solo sospecha) de que hubiera ingresos no declarados. Siempre podrá decir el PSOE que era dinero para Koldo del que el partido nunca tuvo noticia, lo que pasa es que, primero, el partido en aquel momento era José Luis Ábalos -secretario de organización, poca broma-; y segundo, si uno quiere ocultar a su partido que está cobrando dinero de un empresario lo último que hace es decir que se lo lleven a Ferraz, ¿no?

Lo normal es pedir comida a domicilio, o hacer una compra en Amazon, pero muy sobrados debían de andar los corruptos (presuntos) del PSOE para innovar de esta manera: encargar los sobres con billetes a domicilio. Aldama y asociados: le llevamos su corrupción a casa.