Monólogo de Alsina

Alsina critica que Sánchez se erija en "valedor del derecho internacional" mientras "incumple sin inmutarse el derecho español"

El director de Más de uno ha recordado al presidente del Gobierno que "la diplomacia empieza por casa" debido a su incapacidad para llegar a algún acuerdo en la política nacional

Carlos Alsina

Madrid |

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Al inventor le habían encargado que diseñara una herramienta capaz de medir los sentimientos que inspiran los mítines en quienes asisten a ellos. Se presentó orgulloso con un artefacto que consistía en un micrófono gordo conectado a un cerebro eléctrónico al que había acoplado una aguja medidora.

Dijo: lo he llamado "el cordialómetro": usted hace su discurso ante este micrófono y la aguja mide los momentos en que los más impelido se siente el público a entenderse con quienes ven el mundo de otra manera. ¿Quiere que lo probemos? El orador reprodujo el último mítin que había pronunciado en una capital castellana y en los cuarenta minutos que le duró la perorata, con sus inflexiones y sus pausas para encajar los aplausos del público, la aguja no se movió un milímetro.

Dijo el inventor: "Pues ni se ha inmutado". "¿Solo tiene este chisme?", preguntó el orador. "No, tengo este otro: lo llamo el inquinómetro. Mide el grado de inquina al adversario que genera un discurso en quien lo escucha". "Formidable", dijo el orador, "probemos".

De nuevo agarró el mítin que tenía recién pronunciado, empezó a declamarlo ante el micrófono exagerando el tono y apenas dos minutos después de haber empezado la aguja reventó. "¡Bingo!", dijo el orador, "esto sí ha funcionado". "En generar inquina ha reventado usted las marcas", comentó el inventor.

"Espléndido, eso es lo que mi público demanda", dijo el orador, "es lo que siempre me gritan: dales caña, dales caña". El inventor se animó entonces y le dijo: "tengo aquí un polarizómetro, ¿quiere que lo probemos?" "Ah, no, polarizar no, polarizar es una cosa terrible que sólo hace mi adversario".

Admitamos que con la polarización ocurre como con la desinformación y las mentiras, que siempre son cosa del otro. Del de enfrente. Nunca nadie las admite como herramientas propias. Ahora que el Gobierno se ha adentrado en el estimulante mundo de monitorizar la generación de odio en las redes socialies, esta herramienta que Sánchez presentó ayer como H-Odio pero que ya ha sido rebautizada como el odiómetro, podría animarse a monitorizar también los tuits, los discursos y los mítines que hacen y pronuncian los ministros para medir cuánta concordia generan hacia los adversarios políticos y con cuánto ahínco huyen de la polarización y la inquina.

Seguro que si el Gobierno da el primer paso, la oposición irá detrás, se monitorizarán todos a sí mismos y desterrarán el desdén, el desprecio, la imputación gratuita y la falsificación del adversario -deshumanización, se llama ahora- de sus discursos, sus consignas y sus soflamas. Midámonos todos, y yo el primero, por la senda constitucional.

Midámonos todos, y yo el primero, por la senda constitucional.

No hay por qué dudar de la buena voluntad del Gobierno -claro que no- cuando predica la tolerancia, la concordia, el entendimiento. Mucho menos cuando apela a la negociación y la diplomacia para resolver los grandes conflictos internacionales.

Pero resultaría todo más creíble si desplegara sus mejores artes diplomáticas para resolver nuestros pequeños conflictos internos y negociar con su oposición soluciones duraderas en lugar de alimentar con esmero la diferencia y el enfrentamiento.

La ONU está muy bien, pero no hace falta la ONU para debatir civilizadamente aquí la posición que España ha de tener ante la guerra de Irán y acordar con el primer partido del país lo sustancial de esa postura, anteponiendo aquello en lo que hay coincidencia a aquello en lo que siempre va a haber diferencias.

Digamos que la diplomacia empieza por casa, y no parece que sea el ministro Albares, por decir un nombre, quien más diplomático se conduzca cada vez que menciona al PP y lo retrata como un partido desleal y belicoso. Apelar a la negociación internacional es estupendo, pero cuando quienes apelan son los mismos incapaces de negociar nada en casa el discurso resulta un poco hueco.

El PP ve en cada mano tendida del Gobierno -a pactar medidas paliativas de la crisis del petróleo, por ejemplo- una emboscada, y reacciona con anuncios tan diplomáticos como éste de decirle a Bolaños que abandone cualquier esperanza de una reunión presencial porque no están para llenarle de fotos su instagram.

Ormuz sembrado de barcos naufragados, Irán estrangulando el comercio, Trump emborrachado de autoelogios, y aquí los dos grandes partidos toreando de salón, rejón va, rejón viene, a mí no te acerques que el tóxico eres tú. Y el presidente erigido en valedor del derecho internacional mientras incumple sin inmutarse el derecho español hurtando a las Cortes el debate obligado sobre el uso de los recursos públicos, es decir, el Presupuesto del Estado.

Tampoco hace falta una resolución de la ONU para instar al gobierno a cumplir con la ley, sólo hace falta que la presidenta del Congreso repare alguna vez en el cargo que desempeña y sea ella quien le afee a su jefe de partido y superhéroe el desprecio a la legalidad vigente.

Tampoco hace falta una resolución de la ONU para instar al gobierno a cumplir con la ley

La pesadilla del Líbano

En el día décimo tercero de guerra en Irán, con Ormuz como primer escenario, el tráfico marítimo estrangulado, los gobiernos recurriendo al petróleo almacenado para mantener abierto el mercado, la sombra de la crisis extendiéndose, Macron reculando en la operación militar que anunció para proteger los barcos y Úrsula Von der Leyen reculando en su extremaunción a la legalidad internacional que ahora reinvindica (bien es verdad que sin repudiar la violación de esa legalidad en que incurrieron Israel y Estados Unidos); en el décimo tercer día de guerra, con el FBI advirtiendo de que Irán podría aliarse con cárteles mexicanos para usar drones y bombardear objetivos en California y con Trump alardeando de que ya ha destruido tantas cosas en Irán que no sabe qué más bombardear, la frivolidad como seña de un gobierno; en el décimo tercer día de guerra el sonido con que empieza la jornada en Beirut es el sonido de la destrucción, de las alertas y de los aviones militares que surcan constantemente el cielo. Le he pedido a Marta Maroto, que nos informa cada día desde el Líbano, que sea hoy nuestros oídos y nos ponga en la piel de quienes escuchan allí el día a día de la guerra.

Trece días de una guerra que en el Líbano es la secuela de la guerra interminable entre Israel y la sucursal del régimen iraní que es Hezbolá, la banda armada que Netanyahu dijo haber desmantelado y que, como ha ocurrido siempre en Oriente Próximo, se regenera y recrece para seguir perpetuando la guerra. El odiómetro, allí, lleva disparado desde hace ochenta años.