Monólogo de Alsina

Alsina alerta sobre las consecuencias del ataque de EEUU a Irán: "Trae consigo la incertidumbre total en la región más explosiva del mundo"

El director de Más de uno ha mostrado su escepticismo sobre los intereses de Donald Trump "un frívolo desahogado que le llama diplomacia a dictar órdenes y que va por ahí poniendo y quitando gobernantes".

Carlos Alsina

Madrid |

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Es la historia de una prótesis que chirría. Un hombre al que tuvieron que ponerle una pierna ortopédica que hace ruido cada vez que da un paso. Y cómo escuchar ese chirrido hace que otro hombre reviva los días más amargos de su vida.

La historia empieza con un matrimonio que conduce por una carretera a oscuras y atropella a un perro. Un rato después se les avería el coche, con tan mala suerte de que el taller más cercano está a dos kilómetros pero con tan buena suerte de que se quedan tirados justo al lado de un garaje en el que un hombre se ofrece a echarle un vistazo al coche.

Cuando el buen samaritano ya ha levantado el capó, le pide al dueño del coche que le traiga una caja de herramientas. Bueno, que le diga a su compañero de trabajo, Vahid, que se la traiga. Este Vahid, que está en ese momento en el palomar hablando por teléfono con su madre, escucha entonces el chirrido de la prótesis del automovilista y se sobresalta.

Le oye luego decir su nombre, ¡Vahid!, y se estremece. Reconoce, al escucharle, al torturador al que llamaban pata de palo que lo interrogó en la cárcel. Su rostro no puede reconocerlo porque al torturado le vendaban los ojos. Y en esa duda, si Vahid se ha encontrado con su torturador por accidente (un simple accidente) o va a intentar vengarse de la persona equivocada, sólo por cómo suena su prótesis, permanecerá el espectador el resto de la película.

Porque así es como comienza una película que compite este año por dos óscar y que no es Sirat (porque hay más películas aparte de Sirat). En concreto, éste es la película, iraní, que podría dejar a Oliver Laxe sin óscar dentro de catorce días. La película, 'Un simple accidente', es iraní porque la produce su director, que también lo es.

Director iraní que buscó financiación en Francia, donde vive su hija. Se llama, claro, Jafar Panahi, 65 años, tiene prohibido hacer cine en su país y, a pesar de ello, encuentra la forma de hacerlo. Ha estado dos veces en prisión, encarcelado por el régimen y acusado de conspiración. La segunda vez fue hace sólo tres años. Y como la primera, se declaró en huelga de hambre y denunció, desde prisión, el maltrato al que estaban sometidos los presos. Presos políticos.

La primera vez fue en 2009. Y, como en Irán todo ha sucedido ya alguna vez, su detención se produjo por asistir al entierro de una joven estudiante de filosofía asesinada por los paramilitares de la guardia revolucionaria durante las protestas por el fraude electoral. Hace diecisiete años ya había protestas contra el despotismo del régimen iraní y ya las sofocaba ese régimen con la violencia que ha sido su santo y seña los cuarenta y siete años que dura.

El pasado mayo, Panahi ganó el primer premio, Palma de Oro, en Cannes. En diciembre, cuando miles de personas se echaron a la calle en Irán para protestar por la precariedad económica y la falta de libertad, Panahi condenó la represión que, de nuevo, ejerció el régimen contra los manifestantes y que en enero se supo que alcanzaba entre quince y treinta mil asesinados.

Pero cuando Donald Trump anunció acciones militares contra Irán ofreciéndose a ayudar a los manifestantes, Panahi rechazó esa intervención. No es ningún presidente extranjero, dijo, quien ha decidir qué debe ser Irán y qué ha de suceder con los déspotas que lo dirigen, el cambio debe protagonizarlo el pueblo iraní, terminando de hacer caer un régimen agotado, fracasado y que sólo se sostiene por el uso inmisericorde que hace de la fuerza. Es decir, la violencia.

El ayatolá ha muerto

La dictadura iraní anunció ayer la noticia que tantas veces, y tantos años, fue rumor luego desmentido y tantas veces, y tantos años, quisieron creer millones de iraníes. La noticia de que el dictador que parecía inmortal se había muerto. Esta vez sí, esta vez Ali Jamenei dejó de existir, muerto por un misil que tiene dos padres: Estados Unidos e Israel, Donald Trump y Benjamin Netanyahu. Como vimos en Venezuela hace dos meses, la caída del autócrata ha sido llorada por sus fieles y por la parte de la sociedad que lo respaldaba y ha sido celebrada por las víctimas de su represión y por la parte de la sociedad que anhela ser libre.

Los gritos de celebración en las calles de Teherán, de jóvenes que festejan que Jamenei ya no podrá asesinar a nadie más, reflejan la euforia de quienes han vivido para ver el día que llegó a parecerles imposible: un Irán sin Jamenei al frente. Pero como pasó también en Venezuela, la desaparición del que estaba arriba del todo no garantiza que su régimen despótico vaya a desaparecer con él.

Al iraní no se lo llevó Trump a Brooklyn para ser juzgado. Al iraní lo mató, y a otra cosa. Justificó el bombardeo con el mismo argumento, o argumentario: defender a los estadounidenses de una amenaza, blindar su seguridad. Pero, a diferencia de lo que sucedió en Venezuela, esto de Irán trae consigo la incertidumbre total en la región más explosiva del mundo.

Todo son reflexiones mil veces hechas pero que hoy vuelven a tener vigencia. Irán, por debilitado que esté, tiene un programa nuclear sospechoso de haber culminado en una bomba atómica. La tiene Israel, aunque tampoco lo haya confirmado. La desestabilización que genera un Irán golpeado y rabioso ha empezado a verse ya este fin de semana: bombas contra la otra orilla del golfo, Dubai, Catar, Bahrein; espacios aéreos cerrados, Jordania, Iraq; miles de nacionales de otros países, turistas y trabajadores extranjeros, atrapados y viendo volar misiles; las navieras suspendiendo el tráfico marítimo en Ormuz y el petróleo disparado.

Dos enormes potencias son aliadas de Irán, China y Rusia: ambas se han limitado, de momento (y ojalá se queden ahí) a condenar el ataque y exigir su cese. Y tres naciones europeas, Alemania, Francia, Reino Unido, han creído oportuno advertir de que las tres podrían sumarse a los ataques contra Irán, en alianza con Estados Unidos, en defensa de sus intereses y los de sus aliados. Si todo esto revive, para muchos, el fantasma de una tercera guerra mundial es porque hay dos bloques que ya están enfrentados.

Invocar la palabra talismán, desescalada, reclamar el cese de hostilidades y el retorno a la diplomacia está bien como posición de gobierno -es la del nuestro- pero corre el riesgo de quedar arrollada por los acontecimientos si la guerra se extiende y en el propio corazón de Europa se emplaza a elegir bando.

Los gobiernos occidentales no han derramado una lágrima por Ali Jamenei, es natural. Pero tienen razones para recelar de quien ha ordenado eliminarle. La primera, que su motivación tiene poco que ver con el deseo de hacer el mundo mejor cargándose a un tirano. El presidente estadounidense que va por ahí eliminando dictadores a conveniencia no es precisamente un ejemplo de convicciones democráticas y compromiso con la diferencia de opiniones.

Los gobiernos occidentales no han derramado una lágrima por Ali Jamenei, pero tienen razones para recelar de quien ha ordenado eliminarle

Quien va por ahí poniendo y quitando gobernantes es un frívolo desahogado que le llama diplomacia a dictar órdenes, que responde con bombas a los regímenes que no atienden a sus instrucciones, que no se inmuta cuando caen, víctimas de esas bombas, civiles que ninguna responsabilidad tienen -ciento cincuenta muertos en una escuela de primaria iraní este sábado- y cuya idea de la democracia ya estamos viendo cuál es en los Estados Unidos: desprecio al Congreso, desprecio a los jueces, desprecio a los medios críticos, desprecio a la oposición, odio al disidente, el inmigrante y el enemigo.

Los Goya contra la violencia

El sábado, cuando empezó a temblar Oriente Medio, Pedro Sánchez, atento, pendiente, tremendamente preocupado, escribió un tuit y se fue a los Goya. No era para menos porque, vista la gala y las reivindicaciones de los presentadores, España es un país ayuno de problemas que merezcan ser denunciados.

Lo merece, desde luego, Gaza, aunque pareció que la gala se hubiera grabado en septiembre con la flotilla todavía navegando; Irán acababa de ser bombardeada y no hubo reflejos para cambiar el paso. Lo merece Ucrania, lo merecen las redadas contra inmigrantes en Estados Unidos. Causas muy nobles cuyos protagonistas sufren a miles de kilómetros de Barcelona. España es un paraíso, no hay un solo problema, una sola causa, que mereciera una alusión el sábado. Ojalá Susan Sarandon como relevo de Yolanda.

Bueno, sí, hubo una referencia a España. A la España de 1998, cuando las manos blancas de Borau encarnaron la repugnancia, como dijo Tosar, de toda la industria del cine a la violencia. Bien es verdad que los espectadores o jóvenes u olvidadizos se quedaron sin saber contra qué violencia se hizo aquel gesto.

Tosar habló de la violencia de la guerra de Iraq, la guerra de Ucrania, del genocidio de Gaza… pero no mencionó que las manos blancas fueron contra la violencia de ETA. Por su nombre, ETA. Quizá porque mencionar esa palabra iba a resultar anticlimático o impropio de nuestra selectiva memoria democrática.