El Ambigú de La Brújula: Malas madres
El profesor de Humanidades David Mejía reflexiona sobre el papel de las madres tanto en el cine como en la literatura.
La imagen de la madre es una de las más sagradas de nuestro imaginario cultural. Desde las canciones de cuna hasta la literatura, las madres suelen ser consagradas como la máxima fuente de amor, protección, y del cuidado y el sacrificio desinteresado.
Son la presencia cálida a la que acudimos en caso de miedo, el ancla en la tormenta, la persona cuyo abrazo promete seguridad y afecto incondicional. Este ideal está tan arraigado en nosotros que incluso la palabra "madre" puede suscitar un sentimiento reflejo de consuelo. Pero la "buena madre" no es una mera figura de sacrificio, no es una santa que se borra a sí misma por el bien de sus hijos, en su forma más auténtica, es una fuerza de sabiduría, equilibrio y resistencia.
Las buenas madres de la literatura y el cine son mujeres que aman sin dejar de pensar, que cuidan sin dejar de crecer, que guían sin dejar de mantener su propia integridad. Pensemos en Marmee en 'Mujercitas', la novela (muy adaptada al cine) de Louisa May Alcott: cría a cuatro hijas ferozmente independientes, no reprimiéndolas, sino animándolas a vivir de acuerdo con su naturaleza. O Ma Joad, en 'Las uvas de la ira', que es la columna vertebral de esa familia.
Estas madres demuestran que la ternura no es debilidad, y que el cuidado no requiere autoflagelación. Son buenas no porque se abandonen, sino porque permanecen emocionalmente presentes, ancladas en su humanidad. Historias de buenas madres hay muchas, pero qué ocurre cuando hablamos de malas madres.
Hablemos de malas madres o de madres no tan buenas. Precisamente por esa imagen santificada de la madre, la figura de la "mala madre" nos inquieta tan profundamente. Cuando una madre es cruel, ausente, manipuladora, la traición resuena en un registro primario. Se siente como una violación no solo de la moralidad, sino de la propia arquitectura de la psique humana. Es como un veneno. El padre malvado, el patriarca tiránico, es casi esperado; la madre cruel, sin embargo, se siente como una inversión de la ley natural.
Esta transgresión ha fascinado a los narradores de todos los géneros y siglos, ofrece un espacio fértil para el drama, el horror, la exploración psicológica e incluso la sátira. Y en estas narraciones, las madres a menudo sirven de espejo de ciertos miedos, incluso sobre la propia maternidad: sus presiones, sus mitos, sus fracasos.
Entonces, para quien le interesen estas complejas relaciones personales, vamos a ver algún ejemplo y recomendar alguna cosita:
- La Sra. Bates en Psicosis (1960): Aunque técnicamente ausente (su hijo conserva su cadáver), la Sra. Bates proyecta una enorme sombra psicológica. Su dominio emocional sobre Norman es tan absoluto que este adopta su personalidad después de la muerte. Es la madre asfixiante y posesiva por excelencia, cuyo amor se ha transformado en locura.
- La Sra. Iselin en El candidato de Manchuria (1962), El mensajero del miedo: Eleanor Iselin (Angela Lansbury) es una obra maestra de la villanía maternal. Fría, brillante y políticamente despiadada, manipula a su propio hijo para que se convierta en un asesino programado. Su traición no es solo emocional, sino existencial, ya que utiliza a su hijo como herramienta de poder.
- Livia Soprano en Los Sopranos: La manipulación emocional y las tácticas de culpabilización de Livia son un tema recurrente en su relación con Tony. A menudo utiliza su fragilidad y su condición de víctima para controlarle, jugando con su sentido del deber y su obligación como hijo. Esta constante manipulación emocional deja a Tony dividido entre la lealtad a su madre y su deseo de independencia. La culpa que siente por querer liberarse de la influencia de su madre añade otra capa de complejidad a su relación.
Lejos del cine podemos encontrar la obra '¿Eres mi madre?', de Allison Bechdel. Un comic -o novela gráfica- en el que Bechdel se adentra en el paisaje emocional de su tensa relación con su madre, Helen Bechdel. A diferencia de las madres abiertamente maltratadoras o villanas de la ficción, Helen no es monstruosa -es inteligente, culta y compleja-, pero también es emocionalmente distante, ensimismada, muy reservada. Bechdel retrata a una madre a la vez presente e inaccesible, elocuente pero evasiva.
Esta ausencia emocional es quizá más inquietante que la crueldad física. El libro no es una acusación, sino una exploración, entretejida con los escritos de Virginia Woolf, el psicoanalista Donald Winnicott y las propias sesiones de terapia de Bechdel. Se pregunta si realmente podemos ver a nuestras madres, o ser vistos por ellas, cuando estamos atados por roles heredados y puntos ciegos psíquicos.
También tenemos 'Apegos feroces (Sexto Piso' de Vivian Gornick. Publicado por primera vez en 1987, es el relato de Gornick de su vida en un barrio judío de clase trabajadora del Bronx y, más concretamente, de la intensa y ambivalente relación que mantiene con su madre. La narración se estructura en torno a una serie de paseos que las dos mujeres dan por la ciudad de Nueva York, conversaciones que revelan décadas de tensión emocional, lealtad feroz y agravios sin resolver.
La madre de Gornick no es cruel ni negligente en el sentido tradicional. Es dramática, controladora y ferozmente obstinada, una viuda que canaliza sus decepciones y anhelos en la vida de su hija. El resultado es una relación marcada tanto por la asfixia como por el amor, por la dependencia y la resistencia a partes iguales. Su dinámica es combativa, a veces agotadora, pero nunca carente de conexión. Como escribe Gornick: "Estamos encerrados en una relación de intimidad ambivalente, de apegos intensos".
La última es un clásico, Doña Paula en La Regenta. Madre de Fermín de Pas, inteligente, socialmente ambiciosa y estratégica hasta la frialdad emocional. Su relación con su hijo, Don Fermín, magistral de la catedral y confesor de Ana, es profundamente controladora, aunque la disfraza de devoción maternal. En realidad, ha moldeado a Fermín desde pequeño para satisfacer sus propias ambiciones sociales, fomentando su ascenso en la jerarquía eclesiástica no por razones espirituales, sino por poder y prestigio.
Trata a su hijo como a una preciada inversión, interfiriendo en sus decisiones personales, gestionando su reputación y manipulándolo emocionalmente con sutileza y precisión. Desaprueba cualquier relación sentimental -especialmente su interés por Ana Ozores- no por razones morales, sino porque corre el riesgo de hacer descarrilar su carrera y el estatus social que comparten.
En fin, la figura de la «mala madre» nos inquieta y nos fascina, porque distorsiona algo que todos anhelamos: cariño, calor, seguridad, y que quizá damos por hecho.