Bad Bunny, reggeaton y cómo romper barreras culturales en el siglo XXI
Las periodistas Lola Sasturain y Nuria Nett y la crítica cultural Aida Camprubí, han analizado los orígenes de este género musical y la figura de la estrella mundial.
En apenas 48 horas, Bad Bunny ha vendido 600.000 entradas para su gira en España, prevista para 2026. Es un récord sin precedentes: 12 estadios en Madrid y Barcelona agotados, superando cifras de leyendas como Bruce Springsteen o Coldplay. ¿Cómo se explica que un artista latino urbano haya logrado algo que parecía reservado a los gigantes del pop y el rock anglosajón?
La respuesta comienza con un nombre: Benito Antonio Martínez Ocasio, más conocido como Bad Bunny, el artista latino más escuchado del mundo, con más de 80 millones de oyentes mensuales en Spotify. Fue portada de Time, ha sido imagen de campañas internacionales y se ha convertido en el primer artista puertorriqueño en hacer campaña por un candidato presidencial estadounidense, Kelvin Clayton.
Para muchos, especialmente generaciones mayores, el fenómeno Bad Bunny y, en general, el reguetón, resulta incomprensible. Pero detrás de las letras provocadoras y el ritmo bailable hay una historia que se remonta más de un siglo.
Como explicó la periodista y DJ Lola Sasturain, el reguetón tiene raíces que se remontan a 1907, con la llegada de trabajadores jamaicanos a Panamá para construir el Canal. Llevaron consigo ritmos como el dancehall y el reggae, que los panameños reinterpretaron en español a partir de los años 80. De ahí, el sonido viajó a Nueva York, donde las comunidades caribeñas lo mezclaron con nuevas influencias, hasta regresar a Puerto Rico. Así nació el reguetón: una expresión de los márgenes, de la juventud urbana enfrentada a realidades duras y poco representadas.
Bad Bunny, lejos de ser solo un fenómeno comercial, representa una revolución cultural. Como señala la crítica cultural Aida Camprubí, su música -como ocurrió en su día con la salsa o incluso con Elvis Presley- genera rechazo en sectores que no reconocen sus códigos, pero al mismo tiempo explica una realidad. No la promueve, la visibiliza.
En palabras de Nuria Nett, periodista musical criada en Puerto Rico, el reguetón "es una cultura nacida en los márgenes, que se convirtió en la banda sonora de las resistencias caribeñas". Bad Bunny ha canalizado esa historia en himnos que no solo se bailan, sino que cuestionan el colonialismo, la gentrificación, la desigualdad y la migración.
Canciones como Nueva York hacen referencia directa a la comunidad puertorriqueña en esa ciudad, a la crisis de vivienda, a la migración forzada ya los efectos del turismo masivo. Y lo hace desde un lenguaje musical que activa -según estudios científicos- la dopamina, la oxitocina y la serotonina: el baile como catarsis y resistencia.
En un mundo donde durante décadas el inglés fue la lengua hegemónica del pop global, Bad Bunny ha dado un vuelco. "Lo llamamos colonización al revés", explica una de las entrevistadas: el español y los ritmos latinos dominan hoy listas globales. Bad Bunny es el artista en español más escuchado del planeta. Y sus conciertos, más que espectáculos, son celebraciones multitudinarias.
En las redacciones de medios como Onda Cero, los más jóvenes lo tienen claro: Bad Bunny es fiesta, identidad, comunidad. "Me costó 122 euros, la compré sin pensarlo", dice una redactora. "Es el planazo del año", añade otro. Para ellos, su música representa su tiempo, su manera de entender el mundo.
En el fondo, lo que genera desconcierto en generaciones anteriores es que el poder simbólico ha cambiado de manos. El gusto ya no lo marcan las élites culturales, sino las masas globalizadas. Como explicó otra invitada al debate, "cuando una generación no entiende algo, significa que por fin se está ejecutando un cambio real".
Y como sucedió con el blues, el rock o la salsa, llegará un momento en que se estudiará el reguetón en los conservatorios. Porque lo popular no es sinónimo de superficial; Muchas veces, es la forma más poderosa de contar lo que ocurre fuera de los focos, donde vive la mayoría.
Bad Bunny no solo llena estadios. Está llenando un vacío cultural con una voz -y un ritmo- que durante mucho tiempo fue ignorado.