El truco de un cocinero para que los niños coman verduras: convertir cada color en un "superpoder"
El chef Víctor Comín revela en 'Más de uno' sus tácticas infalibles para que los pequeños disfruten comiendo sano, desde cambiar el nombre de los platos hasta involucrarlos en la cocina.
Madrid |
Lograr que los niños se coman un plato de verduras sin protestar es, a menudo, uno de los grandes retos diarios para cualquier padre o madre. El público infantil es el más exigente con diferencia para un cocinero.
Lo más fácil y rápido sería recurrir a darles nuggets de pollo, pero esta opción no parece la más acertada para mantener una alimentación equilibrada. Los verdaderos desafíos en la mesa comienzan en cuanto a los pequeños les empiezan a salir los dientes y arrancan con la ingesta habitual de comida.
Para afrontar esta etapa, el chef Víctor Comín ha compartido en el programa 'Más de uno' su experiencia personal con su hijo mayor, Ian.
El cocinero reconoce que palabras como acelgas, espinacas, espárragos o puerros no resultan nada atractivas para un niño. Si se comparan opciones, el sonido de la palabra "croquetitas" siempre ganará frente a un plato presentado como "crema de espárragos". Por ello, la solución radica en cambiar el enfoque y utilizar la fantasía a la hora de sentarse a comer.
El poder de la imaginación: colores y nombres mágicos
El gran secreto del chef consiste en asociar los distintos tipos de verduras con habilidades extraordinarias, creando un entretenido juego basado en los colores. En su casa, el color rojo otorgaba súper velocidad, de modo que cuanta más verdura roja comía el niño, más rápido se volvía.
Por su parte, el color verde proporcionaba súper fuerza para los brazos, como ocurre con las espinacas y el clásico personaje de Popeye. Si se combinaba el verde con el blanco, como en el caso de las acelgas, el niño obtenía fuerza tanto en los brazos como en las piernas, alcanzando las habilidades de un futbolista.
Además de los superpoderes, Comín aplicó con gran éxito la táctica de rebautizar los platos vinculándolos a recuerdos felices de sus vacaciones. Así, la temida crema de espárragos pasó a llamarse "crema de verdura de Mallorca", lo que generaba entusiasmo en el pequeño al recordar su lugar de veraneo. Del mismo modo, el hígado de ternera se transformó en la "vaquita asturiana", logrando una gran aceptación.
Con el paso del tiempo, estas historias se pueden ir retirando poco a poco, ya que el niño se acostumbra al sabor y acaba comiendo sin problema preparaciones llenas de color, como el pisto.
Involucrar a los pequeños y buscar el dulzor natural
Otra de las claves fundamentales para evitar el rechazo es hacer que los niños participen activamente en el proceso de elaboración de las comidas. Si los padres comparten esos minutos en la cocina con ellos, los pequeños pueden tocar y manipular los alimentos, lo que les genera mucha ilusión a la hora de probar lo que han hecho.
Como anécdota, el chef relató cómo su hijo le ayudó a preparar una ensalada cortando él mismo el pepino. Al sentarse a la mesa, el niño le preguntaba orgulloso a su madre si el pepino estaba rico, precisamente porque había sido él el encargado de cortarlo.
En cuanto a los sabores, el cocinero recomienda buscar ingredientes dulces pero que sean completamente naturales para hacer el plato más agradable al paladar infantil. Añadir un poco de maíz o de remolacha a una ensalada aporta un puntito dulce en cada bocado, lo que facilita enormemente que el niño se lo coma.
Comín se muestra totalmente contrario a utilizar azúcares añadidos y advierte sobre el peligro de la industria alimentaria. Considera increíble que no haya más mano dura con los productos que se presentan en supermercados y restaurantes de comida rápida con dibujos muy llamativos, ya que a la larga pueden suponer un serio problema.
Evitar los olores fuertes y el reto de las frutas
El sentido del olfato también juega un papel crucial en la aceptación o el rechazo de un plato. Existen verduras y productos que, durante su elaboración, desprenden un olor muy peculiar que puede no resultar atractivo, como es el caso de la coliflor al cocerse.
Para solventar este inconveniente, el truco del chef es contundente: evitar directamente que el niño esté presente por la zona durante ese proceso. Él mismo aplicaba esta técnica de evasión al blanquear casquería, como los callos, ya que huelen muy fuerte y prefería que su hijo no presenciara ese momento para evitar un futuro rechazo.
A pesar de que con estas creativas técnicas su hijo come prácticamente de todo, habiendo probado incluso sesos de cordero, el cocinero confiesa que su actual caballo de batalla es la fruta. El niño no muestra interés por este grupo de alimentos, aceptando únicamente pequeñas cantidades de fresa o sandía cuando están muy de temporada y tienen muy poco ácido. El chef sospecha que este rechazo particular se debe precisamente al problema con el grado de acidez.
Aun así, insiste en mantener los azúcares añadidos al mínimo, apostando por seguir educando el paladar desde la naturalidad y la paciencia.
El alarmante exceso de azúcares añadidos en la dieta infantil
Esta firme postura del chef contra los productos ultraprocesados cobra aún más sentido si nos fijamos en los datos científicos recientes.
Un informe elaborado por investigadores de la Universidad de Granada (UGR) alerta del grave problema que los azúcares añadidos suponen para los niños en la actualidad, revelando que los menores españoles consumen más del doble de la cantidad recomendada por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Esta alarmante cifra respalda la necesidad de apostar por alternativas dulces pero 100 % naturales en casa, educando el paladar de los más pequeños y evitando caer en la trampa de los productos industriales y los envoltorios llamativos que inundan los pasillos de los supermercados.