Ni gordas ni feas ni viejas ni pobres. O, al menos, no que lo parezcan. Todas estilosas y con el pelo divino. Mucha minifalda, mucho escote y bota alta. Siempre sonrisa. Hay un cierto revuelo estos días por la poca diversidad de la gente que aparece en la casita de los conciertos de Bad Bunny, el puertorriqueño de gira por España. Algunas famosas, todas bellísimas.
En los conciertos de Bad Bunny hay un grupo de ojeadores que va reclutando del público a chicas que encajen en este criterio muy exigente, muy homogéneo también, para que puedan subirse al escenario con forma de casita puertorriqueña y compartan escenario con el cantante del momento y, de paso, con los famosos VIP que le acompañan durante el concierto. En TikTok hay hasta tutoriales de cómo cumplir con la estética del Caribe para estar entre las elegidas. Es como la selectividad del reguetón.
En los conciertos de Madrid se han dejado ver bailando en la casita desde Marta Ortega, a Ana de Armas y Lamine Jamal. Como estrategia de marketing es muy resultona, pasa como con los confesionarios del concierto de Rosalía. Como en cada concierto hay gente nueva, así se viraliza todos los días a ver quiénes son los de la casita.
Pero también está costando críticas a Bad Bunny, porque el reguetonero lleva tiempo promoviendo valores de diversidad, liberación y apoyo a causas sociales, entre ellas los migrantes. Sin embargo, la selección de los fans que pueden subir al escenario con él solo reivindica un solo canon de belleza. El de mujeres delgadas, guapas y, a ser posible, ricas y famosas. Ni "body positive" ni leches. Que una cosa es reivindicar la dignidad de los pobres, del barrio, de los de abajo, y otra dejar que salgan en la foto, no sea que la estropeen. Mucho mejor los ricos, que mira qué dientes tan blancos tienen.
Se supone que la casita de Bad Bunny es un palco VIP muy VIP, pero tiene más pinta de Zoo.
Llena la casita de guapos, ricos y famosos
es como ir al zoo a ver a osos