Madrid |
La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia publica un comparador de ofertas de luz y gas que recoge las de todas las comercializadoras que operan en España. No vende nada ni percibe comisión por los contratos que se firmen a través de él.
Esa diferencia importa más de lo que parece. Buena parte de los comparadores que aparecen en publicidad se financian con una comisión de la compañía a la que dirigen al cliente, lo que condiciona qué ofertas se muestran primero y cuáles ni siquiera aparecen.
Antes de entrar conviene coger una factura reciente, porque el comparador pide tres datos que están en ella y que casi nadie sabe de memoria. El primero es el consumo anual estimado, en kilovatios hora. El segundo, la potencia contratada, que suele figurar en la primera página y que muchos hogares tienen sobredimensionada desde que se instaló el contador. Y el tercero, el código postal, porque hay ofertas que varían por zona.
Con eso, la herramienta devuelve primero una estimación de lo que costaría la factura con la tarifa regulada, el PVPC, y a continuación el listado de ofertas del mercado libre ordenadas de menor a mayor.
La comparación útil es entre esas cifras y lo que uno paga ahora, y conviene hacerla sobre el importe anual y no sobre el de un mes suelto: las facturas de invierno y las de verano no se parecen y comparar la de agosto con una estimación anual lleva a conclusiones equivocadas.
Hay una pregunta previa que mucha gente no sabe responder sobre su propio contrato: si está en la tarifa regulada o en el mercado libre. Son dos sistemas distintos, con precios que se fijan de forma diferente, y el comparador ayuda también a identificar en cuál se está.
La regulada tiene un precio que varía por horas según el mercado mayorista, con la ventaja de la transparencia y el inconveniente de la variabilidad. Las del mercado libre suelen ofrecer un precio fijo durante un periodo, lo que da estabilidad pero puede salir más caro o más barato según cómo evolucione el mercado.
No hay una respuesta buena para todo el mundo, y ahí está la trampa de los artículos que aseguran que una es siempre mejor. Depende del perfil de consumo del hogar, de si se puede desplazar el gasto a las horas baratas y de la tolerancia de cada uno a que la factura suba un mes.
En la práctica, quien hace este ejercicio se encuentra casi siempre con dos cosas. Una, servicios añadidos que se contrataron en su día y siguen facturándose: mantenimiento de la instalación, seguros de avería, protecciones varias. Conviene revisar si se usan.
Y dos, potencia contratada de más. Bajarla reduce el término fijo de la factura, ese que se paga aunque uno esté un mes entero fuera de casa, y es un trámite que se hace con la distribuidora.
Merece la pena repetir la comprobación una vez al año. Las ofertas caducan, los descuentos de bienvenida se agotan y la tarifa que era buena hace dos veranos puede haber dejado de serlo sin que nadie avise.