SUPERANCIANOS

Nuevas claves para entender por qué los cerebros de los superancianos no envejecen

Un reciente descubrimiento ha añadido nuevos detalles sobre la naturaleza excepcional de los cerebros de estos superdotados sénior, cuyas características han atraído la atención de los científicos desde hace décadas.

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The Conversation

Madrid |

Nuevas claves para entender por qué los cerebros de los superancianos no envejecen | Pexels

Mi abuela Leontina, con 100 años recién cumplidos, mantiene su autonomía y recuerda todos los cumpleaños de los vecinos de la aldea. Posee una salud envidiable y, sobre todo, una memoria increíble. Ella podría ser un ejemplo de lo que los científicos llaman superancianos: personas mayores de 80 años que conservan una memoria como la de alguien de 50.

Personas mayores con mentes lozanas

Con la edad, el cerebro va mostrando signos de desgaste. Las primeras señales pueden asomar a los 30 años y entre los 40 y los 50 se hacen evidentes. A esas alturas, nuestra corteza cerebral suele haberse reducido hasta un 5%. Aunque el deterioro avanza de manera gradual, a partir de los 70 se acelera, acentuándose en las regiones implicadas en la memoria. Sin embargo, algunas personas desafían todas las estadísticas del envejecimiento y parecen inmunes a ese proceso.

El término "superanciano" fue acuñado en los años 90. Nadie imaginaba lo que estaba a punto de revelarse cuando en la Universidad de Northwestern, en Chicago, realizaron pruebas de memoria a decenas de voluntarios. Un porcentaje muy reducido de personas era capaz de recordar listas de palabras, fechas y detalles de historias con la precisión de personas 30 o 40 años más jóvenes.

Más tarde, en 2013, las imágenes de sus cerebros mostraron algo inesperado: la corteza cerebral estaba increíblemente conservada y parecía resistente al daño. Además, una zona específica con forma de cinturón –la corteza cingulada, que participa en la memoria, la atención y la motivación– era mucho más gruesa que la de los adultos jóvenes. Su cerebro tenía, sin duda, una anatomía excepcional.

Los superancianos no son más inteligentes ni destacan en sus estudios. Lo que sí parece claro es que son personas enérgicas, con una mente curiosa que disfruta de los retos y un propósito de vida definido. Así mismo, comparten otras características singulares: son activos y se mueven con rapidez, gozan de buena salud mental y, sobre todo, mantienen relaciones sociales sólidas que los conectan con su entorno y les brindan apoyo y bienestar.

Pero todos conocemos a un abuelo que no perdona un cigarrillo, pasa los días en el sofá viendo el fútbol y, aun así, tiene una memoria envidiable. Y es que el estilo de vida no lo es todo: la genética también cuenta.

Superancianos y la clave contra el alzhéimer

El ejercicio físico y mental hace que el cerebro se mantenga activo. | Getty Images

Con el paso del tiempo, y de forma natural, algunas proteínas se enredan dentro de las neuronas, formando ovillos que las dañan y pueden provocar su muerte. Por eso lo que descubrieron los investigadores del Programa Superagers (Superancianos, en inglés) en el primer cerebro que examinaron en 2017 les dejó atónitos. Hallaron un solo ovillo en la corteza entorrinal, una zona esencial para la memoria. Además, sus neuronas eran más grandes y sanas. ¿Podría ser esa la clave? ¿El secreto de los superancianos consistiría, simplemente, en no formar ovillos?

La alegría duró poco. Al analizar más cerebros, descubrieron que algunos contenían tantos ovillos como los de las personas con alzhéimer, en los que su número se dispara. Sin embargo, su memoria estaba en plena forma. Entonces, ¿qué los estaba protegiendo?

Buscando más allá, pusieron el foco en la genética. En concreto, en el gen APOE, famoso por su relación con la enfermedad de Alzheimer. Y encontraron datos reveladores: los superancianos rara vez portan la variante APOE4, la misma que tiene el actor Chris Hemsworth, que eleva el riesgo de desarrollar la dolencia. En cambio, son muy propensos a portar APOE2, una variante asociada con la longevidad y que ofrece una protección natural frente al alzhéimer.

Si logramos comprender el secreto genético de los superancianos, quizás descubramos nuevas formas de cuidar el cerebro y mantener nuestra memoria joven por más tiempo.

El cerebro se renueva

Y solo hace unos días conocimos otro dato increíble: el cerebro de los superancianos no solo continúa generando neuronas, sino que produce más que el de otros de su edad y casi el doble que el de adultos mucho más jóvenes.

De acuerdo con esta nueva investigación, su hipocampo –una estructura con forma de caballito de mar esencial para la memoria y el aprendizaje– además de ser más grande cuenta con una red de conexiones más amplia y eficiente. Y es que en el cerebro el tamaño, por sí solo, no lo explica todo: lo verdaderamente determinante es la calidad y la organización de sus conexiones.

Santiago Ramón y Cajal, padre de la neurociencia moderna, afirmaba que el cerebro dejaba de formar neuronas después de la infancia. Nadie lo puso en duda hasta los años 90, cuando se descubrió que este órgano contiene células madre capaces de generar nuevas neuronas. Hoy, gracias a los análisis genéticos y de inteligencia artificial, contamos con datos concluyentes y los superancianos son prueba de ello.

También sabemos que las neuronas que nacen no son todas iguales. Cada una lleva marcas epigenéticas que funcionan como un manual de instrucciones para adaptarse a los cambios del entorno. En los superancianos, estas etiquetas son únicas y confieren a las células nerviosas una resistencia especial al paso del tiempo. El ejercicio, la dieta y la actividad mental influyen directamente sobre dichas señales, por lo que el estilo de vida puede ayudarnos a mantener el cerebro ágil, fuerte y sano.

Descubrir los secretos de los cerebros que parecen resistir el paso del tiempo podría ayudarnos a proteger nuestra memoria y con ayuda de la ciencia, disfrutar de la agudeza mental y la vitalidad de mi abuela Leontina cuando nos hagamos mayores.

Jannette Rodríguez Pallares, Profesora Titular de Anatomía y Embriología Humana, Universidade de Santiago de Compostela

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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