La amabilidad emerge como una herramienta poderosa respaldada por la neurociencia para fortalecer las relaciones humanas y promover una vida más plena. Estudios científicos destacan que esta cualidad no es un rasgo superficial, sino una estrategia evolutiva que ha impulsado la supervivencia de la especie al facilitar la convivencia en grupos. "La estrategia de la amabilidad, que por cierto no es una estrategia ñoña o una estrategia blanda, sino que es una estrategia evolutiva de primera magnitud que nos ha traído hasta aquí como especie", explica el neurocientífico Jonathan Benito, investigador y profesor titular de la Universidad Autónoma de Madrid, entrevistado en el programa Nits de Ràdio de Onda Cero Catalunya.
En el contexto evolutivo, los humanos hemos heredado mecanismos cerebrales que priorizan la aceptación social para evitar el aislamiento, que en épocas ancestrales equivalía a una sentencia de muerte. La prosociabilidad, que incluye la amabilidad y la colaboración, permitió a los sapiens superar a especies como los neandertales, más fuertes pero menos cooperativos. "Los neandertales viven en grupos pequeños, interaccionaban arísticamente unos con otros, lo cual eso nos generaba desde luego dinámicas positivas, y los sapiens no. Los sapiens sí que interaccionaban positivamente, sobre todo si tenían un objetivo común", detalla Benito.
Evitar estrategias como la agresividad y la hipercompetitividad es esencial, ya que estas responden a inseguridades profundas y generan dinámicas negativas en entornos modernos como el tráfico o las redes sociales. La empatía actúa como base para la amabilidad, permitiendo reconocer las necesidades ajenas y ajustarse a ellas en situaciones cotidianas. "Si tú no tienes un componente de empatía en esas circunstancias, pues directamente es que a lo mejor ni te das por olvidado que tienes que quitarte, con lo cual ya empezamos mal. Y luego lo que casi es peor, que si tienes empatía, si sabes que estás molestando, pero no te quitas", apunta el experto.
La queja constante se presenta como un obstáculo para la sociabilidad, ya que infunde energía negativa y aleja a los demás, convirtiendo a quien la practica en una figura tóxica. En cambio, limitar las quejas a momentos constructivos fomenta entornos positivos y mejora el posicionamiento social. "La queja cuando y ante las personas que tiene que ser, es oportuna. Pero estas personas que están quejándose todo el día absolutamente de todo, continuamente, al final crean dinámicas que son muy negativas para el grupo", advierte Benito.
El autocontrol emocional es clave para manejar el estrés crónico derivado de pensamientos negativos sobre eventos hipotéticos, un rasgo único en los humanos que puede minar la felicidad. Practicar la tolerancia y filtrar ideas destructivas permite transformar reacciones puntuales en actitudes resilientes. "El ser humano es el único animal que ante cosas que no han ocurrido y que probablemente no vayan a ocurrir jamás, ya por si acaso, pensando que puede ocurrir, se pilla un anticipo de estrés y de mal rollo", observa el neurobiólogo.
Finalmente, la neurociencia revela que la felicidad no depende de factores intuitivos como la riqueza excesiva, sino de prácticas prosociales que se pueden cultivar para modificar hasta el 40% del bienestar subjetivo. Enfrentar a personas tóxicas con herramientas como la indiferencia emocional protege el equilibrio personal. "Hoy en día se sabe que más o menos el 40% de nuestra felicidad la podemos modificar nosotros y no es que dedicamos mucho tiempo a hacer brazos, a hacer piernas, pues tenemos que dedicarle tiempo a la máquina", concluye el investigador, refiriéndose al cerebro como un músculo a entrenar.