Cadeiros
Las Palmas cae en Éibar y sale del playoff de ascenso
David Ojeda | Aleix Valero
Canarias |
Por Román Pérez González
Sixto Rodríguez era un dios en Sudáfrica y él no lo sabía. Era un mito, humo, un ser que creían escurridizo porque se había esfumado y, en realidad, ni él mismo estaba al tanto. Él seguía siendo un fulano anónimo, un nadie que diría Galeano, al que una vez estafaron desde una discográfica y que dedicaba sus días a sobrevivir para llegar a fin de mes.
Y, un día, de repente, pudo estar en el momento preciso con la palabra perfecta para darle la vuelta a su propio destino. Siempre sucede, ¿qué habría sido del Zaragoza sin la chilena imposible de Aythami y la cascada de desperfectos de ensueño para nosotros que llevaron a la UD a que Araujo, su mejor jugador aquel año, anotará el gol definitivo? ¿Qué habría sido de una UD en la que coincidieran Álvaro Valles en modo muralla y Fabio Silva en modo superhéroe? ¿Hasta dónde habría llegado la UD de Setién de no haber habido un choque de egos con Ramírez? ¿Hasta cuánto está preparado el ser humano para escuchar la historia de que cuando Miguel Ángel llegó no había agua caliente en las duchas?
A eso aspiran los equipos en Segunda, a ser ahora mismo los dueños de su propio engranaje, a dominar las piezas del puzzle, a rematar el esfuerzo de estos meses atrás. Por eso tantas veces sube el sexto: porque es el que llega envalentonado, con el tono idílico, con el genio a flor de piel.
Y, en realidad, Las Palmas hace meses que está sesteando. Ahora que va a pasar una semana (menos porque juega el jueves y el domingo) fuera de Playoffs es el momento de recapitular, el propio presidente dijo que estos tres partidos servirían de termómetro para saber a qué se va a aspirar: pues la primera en la frente.
Un día humano de Dinko Horkas ha traído lo que el croata bastante veces ha conseguido maquillar. El equipo ha hecho aguas, ha encajado tres que pudieron ser más. Otros días, con un partido suyo de negrita y cursiva lo mismo vuelves con un 0–1. Ya ha pasado. Pero, y esto es así, ya son bastantes las veces que escapas loco y va llegando el tramo esencial sin saber qué busca Luis García cada vez que se le mueve un poco el guion previsto durante la previa: es el entrenador de la UD al que he visto más dubitativo cada vez que un personaje de la obra de teatro se sale del guion, cada vez que alguien improvisa él entra en pánico y hasta que no ha pasado el maremoto no mueve un músculo.
No jugó Amatucci y se notó que era una autopista el centro del campo, por ejemplo, y no hubo ningún gesto que nos hiciera ver que él estaba disconforme con esto. Toda su carta de presentación era que Dinko fuera otra vez un personaje de Marvel y cazar una arriba. La de siempre, vamos, y no se dio. El equipo todavía tiene margen, claro que sí, pero cada vez ha ido dando un pasito atrás en una de las fortalezas de este juego efectivo y ramplón; cada vez es menos efectivo, cada vez va dando un pasito más hacia el abismo clasificatorio.
En Navidad, con el equipo líder empatado a puntos, la UD eras tú en Tamadaba feliz disfrutando del entorno sabedor de que el acantilado estaba al fondo, lejos, y el peligro era un rumor ajeno en la cabeza y ahora, en Semana Santa, ya estás derrapando con la tierra mojada por las lluvias y los caideros, qué palabra más bonita hemos recuperado esta semana, y claro que se puede volver a reconducir, pero con este piloto, con el arquitecto al mando que no quiso y quiso a Viera que contaba con la cantera y no iba a mirar el DNI y trajo quince fichajes y que cambió todo el frente de ataque en invierno y con el que manda en todo tras veinte años en el cargo contento con el Estadio y su explotación, el barrio amarillo, el chalet de Eufemiano y todo el tinglado, ya no nos vamos a sorprender por casi nada que suceda.