Magnus Blikstad estuvo en Gijón poco más de una década. De 1888 a 1899. Pero en ese tiempo se ganó el cariño de sus trabajadores (a los que llamaba por el nombre y a los que pagaba bien) y de la ciudad. Su relación con Gijón fue importante, y no dejó de visitarla cada año hasta poco antes de su muerte, en 1926.
Héctor nos cuenta que Magnus fue una persona brillante en todas sus facetas. Hizo una buena gestión de la compañía maderera. Fue vital para la consolidación del ateneo obrero. Ayudó a la cocina económica. Y fue el primer hijo adoptivo de la ciudad, muestra de que marcó una época. Además, una calle céntrica inmortalizó su nombre. Su presencia en Gijón se completa con el enterramiento de su hijo en el cementerio de El Sucu.
Respecto a su papel como benefactor del Ateneo Obrero (la segunda entidad cultural más importante de Asturias tras la Universidad de Oviedo) destaca la donación que hizo para adquirir la que fue su sede en la calle Ezcurdia. De su bolsillo puso 50.000 pesetas de la época, una cantidad que ni se creían desde el Ateneo porque era la mitad del precio total. Es un ejemplo de cómo Magnus Blikstad defendía una cultura "para todos y todas". Cosas como esta el noruego no era del todo bien visto por los empresarios locales. Muchos no entendían que ganase dinero y lo repartiese.