HOMENAJE

Paco Moncada, historia y alma de la radio en Almería

La Asociación de la Prensa de Almería recuerda al histórico radiofonista con un emotivo acto y un texto de José Luis Villalobos leído por Juan Antonio Manzano

Onda Cero Almería

Almería |

Paco Moncada, historia y alma de la radio en Almería | Asociación de la Prensa de Almería

El municipio de Félix acogió este domingo un acto cargado de emoción y memoria para conmemorar el Día Mundial de la Libertad de Expresión y el aniversario de la Asociación de la Prensa de Almería. La jornada estuvo dedicada a la figura de Paco Moncada, uno de los nombres más representativos de la historia de la radio en la provincia.

El homenaje, celebrado en un enclave especialmente vinculado al comunicador, dio cumplimiento al acuerdo adoptado por la Junta Directiva de la asociación, que decidió por unanimidad llevar esta celebración a distintos municipios con una relación especial con periodistas y profesionales de la comunicación.

Uno de los momentos más destacados fue la lectura del texto homenaje, una pieza literaria de gran profundidad escrita por José Luis Villalobos e interpretada por Juan Antonio Manzano, ambos miembros de Onda Cero Almería, cadena en la que desarrolló buena parte de su trayectoria Paco Moncada.

A continuación, se refleja íntegramente el texto que sirvió como eje emocional del homenaje:

Hay personas que no trabajan en la radio, viven dentro de ella. Porque la radio tiene ventanas que dan a todas las calles. Porque tiene balcones con vistas a todos los libros. La ciudad de Paco Moncada eran las palabras. Un paisaje repleto de páginas y transistores.

Cuando lo mirabas, veías a un hombre, incluso discretamente formal, pero bastaba escucharlo dos minutos para advertir que en su interior ocurría algo mágico: las palabras no salían de la boca, sino de una habitación más profunda. Como si antes de pronunciar una frase la hubiese dejado reposar en algún lugar del pecho donde las sílabas se afinaban, se peinaban y adquirían esa profundidad que solo es capaz de generar la memoria, la experiencia y la lectura.

Paco Moncada: se enamoró de la radio. Nos enamoró de la radio. Siempre tuvo una relación artesanal con la voz. Ponía una pausa aquí, otra un poco más allá, cuidaba la dicción como quien le quita polvo a una fotografía antigua, susurraba realidades, engolaba apenas el timbre, porque Paco jamás confundió la emoción con el exceso. Sabía que la radio, como las personas delicadas, no soportan que le griten.

A lo largo de nuestra relación tuvimos muchas conversaciones. Que iban amueblando mi conocimiento. Colocaba una idea por aquí, un eco de memoria por allá. E iba llenando mi sabiduría, un espacio amplio y vacío donde cantaba a pulmón con su voz magnética melodías de amor a la radio.

Un romántico de esta profesión. Un guerrillero del corazón, en esa guerra imposible contra los resultados y las cuentas. A la vida le pasa una cosa curiosa: uno cree que la elige y luego descubre que no, que es ella la que te va empujando hacia una esquina, hacia una pareja, hacia una ciudad, hacia una profesión, y allí te quedas, preguntándote cuándo ocurrió exactamente el secuestro.

A Paco lo secuestró la radio.

Y jamás hubo un síndrome de Estocolmo que generara tanta belleza. Entendió que había más humanidad en aquel pequeño cuarto oscuro lleno de papeles y aparatos que en los despachos más engalanados. Había más dignidad moral en aquella luz roja que abría una puerta que explicaba el mundo, que en la mejor de las cuentas de resultados. Entendió que su única patria sería para siempre la palabra. Y sus únicas fronteras las de la verdad.

Aquel estudio de dimensiones modestas podía ser de pronto una plaza de abastos, un teatro, un puerto, una manifestación o el salón de una casa donde alguien te escuchaba mientras cenaba solo.

Ese milagro: Agrandar lo diminuto. La verdadera especialidad de Paco Moncada.

Agrandar lo ínfimo hasta hacerlo catedral. Y desde ese lugar hizo algo maravilloso, en lugar de escribir un libro sobre sí mismo, lo escribió sobre los demás, que es la forma más elegante y profunda de hablar de uno mismo. Porque uno termina apareciendo con más nitidez en los homenajes que rinde que en las autobiografías que firma.

Paco huyó del libro sesudo, del volumen solemne que se tiene para rellenar estantería. No quiso redactar un mausoleo de fechas y nombres, ni una enciclopedia de saber esteril. Redactó una herramienta viva, un artefacto de memoria, un lugar al que acercarse para averiguar quién fue quién en la radio almeriense y, de paso, quiénes fuimos todos mientras aquellas voces sonaban.

Es un libro que tiene algo de álbum familiar y algo de archivo de urgencias sentimentales.

Más de setecientas fotografías.

Setecientas es una cifra deslumbrante incluso para la nostalgia.

En esas imágenes aparecen centenares de locutores, técnicos, realizadores, periodistas, colaboradores, gentes que pasaron media vida pendientes de un piloto luminoso, de una escaleta mal grapada o de una sintonía que entraba tarde. Mirarlos produce la impresión de que la radio no fue solo un medio de comunicación sino una república de luz en el imperio de la noche. Una sociedad secreta con sus propios ciudadanos.

Y Paco les dio la dignidad y la importancia que sólo otorgan las revoluciones. Eso fue el libro. La revolución de enarbolar la memoria de la radio como una bandera en tiempos de celeridad, tontería y mentiras en video. Esa obra terminó pareciéndose a esas cajas chinas que uno abre con cierta curiosidad infantil: dentro de una memoria aparece otra, dentro de una voz surge otra voz, dentro de una fotografía asoma una época entera, una Almería soterrada. Otra vida. Un Universo.

Paco Mocada, el artesano. Un alfarero de la palabra que modelaba frases como quien modela barro húmedo. Un paisaje en el que brota el amor, la sensibilidad, la lealtad, el cariño y la pasión.

Donde brota, sobre todo, humanidad, que es una sustancia cada vez más difícil de encontrar y que en el libro, aparece intacta, como si hubiera estado guardada al vacío.

Cuando celebramos el setenta y cinco aniversario de Radio Almería no podíamos pensar en otro como como presidente de honor.

La fórmula suena protocolaria, pero en realidad quería decir otra cosa: Sin radio no existiría Paco Moncada y Paco Moncada explica por si mismo la historia de la radio en Almería

Elevó aquel 75 aniversario a un lugar al que ninguno podíamos sospechar llegar. Paco tenía la rara virtud de hacer que el pasado no parezca un trastero sino una habitación todavía habitable. A la que apetece mudarse. Incluso entrar a vivir

Y luego está su vida, Paco nació en Sorbas, y eso figura en los registros con la contundencia administrativa con la que figuran las certezas que no admiten discusión, es irreprochable, pero insuficiente, porque nacer explica muy poco.

Uno nace donde le toca, del mismo modo que a uno le adjudican un número de portal o una vacuna. La verdadera geografía sentimental comienza después, cuando sin saber por qué un paisaje, unas calles, unas gentes le hacen a uno sitio en el alma.

Hay pueblos que se habitan y pueblos que, por alguna razón difícil de explicar, terminan habitándote ellos a ti. Félix debió de entrarle a Paco por la luz o por el silencio, quizá por esa manera que tienen sus calles de parecer pensadas para que la memoria no se escape. Allí Paco Moncada encontró una patria elegida, que es siempre más patria que la de origen porque no depende del azar sino del amor. Sorbas le dio el primer llanto; Félix le fue dando, con los años, unas fronteras para el sosiego.

Y es curioso cómo funcionan estas adopciones sentimentales: uno cree que elige un pueblo para descansar y acaba siendo el pueblo quien lo elige a uno para guardarlo. Paco, que ha pasado la vida enviando su voz a lugares remotos, encontró en Félix el raro privilegio de no tener que enviar nada, de ser feliz tan solo con estar. Como si después de tantos kilómetros de ondas necesitara un territorio calmo donde dejar reposar el eco de su voz. Aquí, entre la sierra y el aire limpio, entre la conversación cercana y la lentitud, Moncada dejó de ser solo un hombre de radio para convertirse también en un vecino, un felisario, que es una categoría civil mucho más exigente y bastante más hermosa. Una identidad para colgársela en la solapa y lucirla con orgullo.

Una vida con nombre propio de mujer:

Maruja, su compañera. Mercedes, su hija. Daci, su nieta

Tres nombres que explican una biografía.

Aunque habría que añadir una cuarta presencia, posesiva y absorbente, una amante correspondida a la que Paco jamás dejó de atender: la radio.

No debió de ser fácil convivir con una rival invisible que además hablaba las veinticuatro horas del día. Un amor que nunca callaba, ni desaparecía. Ni dejaba de llamar. Como todos los grandes amores: sentimentales y un poco tiránicos.

Los que lo conocimos en esa última etapa sabemos que Paco Moncada nunca salió del todo de la radio porque, en realidad, nunca quiso salir. Ni la radio lo dejó marcharse.

Y quizá hizo bien.

Porque hay profesiones que se abandonan al jubilarse. Uno se retira, se olvida, y pasea su hawaiana por Benidorm, luego está el periodismo, que se abandona también desde la cercanía y luego está la radio, que te acompaña para siempre. Que no te permite escuchar música sin ver una sintonía, hablar con alguien sin ver una historia. La radio engendra otro tipo de seres. Y Paco Moncada siempre petenecerá a esa especie.

La de aquellos que pudieron abandonar el micrófono, pero jamás abandonaron la radio. Porque tienen luz propia y botón de tos. Porque cuando algo acaba en la radio, lo hace subiendo sintonía. Porque los radiofonistas siempre nos vamos por todo lo alto. Celebrando la gran fiesta que ha sido vivir siendo Radio.