Un viaje por la historia de la jardinería
En Más de uno hemos querido conocer más de cerca este mundo de la mano de dos expertos: Esteban Hernández, autor del libro 'El Jardín del Edén' y María Belmonte, que ha escrito por su parte 'El murmullo del agua'.
Los jardines han acompañado a la humanidad desde tiempos remotos. No solo como espacios de belleza y recreación, sino también como lugares de refugio espiritual, de experimentación botánica y de expresión artística. A lo largo de la historia, se han convertido en un reflejo de las culturas que los han creado y en un testimonio vivo de nuestra relación con la naturaleza.
Para profundizar en este mundo en Más de uno hemos hablado con Esteban Hernández, autor del libro 'El Jardín del Edén' e ingeniero agrónomo. El jardín, recuerda el autor, nació con el sedentarismo neolítico. Primero fue refugio y cerca, espacio productivo de frutos, medicinas y flores. Desde Mesopotamia hasta Egipto, desde Grecia a Roma, los jardines fueron símbolos de fertilidad, espiritualidad y poder político.
Nabucodonosor elevó al cielo los legendarios Jardines Colgantes, mientras en Egipto los estanques rectangulares reflejaban el orden cósmico y el Nilo proporcionaba agua mediante el ingenioso shaduf. Grecia añadió filosofía al espacio natural y Roma sofisticó el arte con pérgolas, mosaicos y fuentes hidráulicas. Cada civilización dejó en el jardín una forma de entender el mundo.
La Edad Media europea convirtió al hortus conclusus en lugar de oración y estudio. En Al-Ándalus, los patios irrigados de Córdoba, Sevilla y Granada evocaban el paraíso coránico. En Oriente, Persia imaginó los chahar bagh como "alfombras vivas" que más tarde inspiraron a la India mogola y al esplendor otomano de los tulipanes. China buscó en sus jardines la armonía yin-yang, Japón recreó la contemplación en los paisajes zen y América prehispánica inventó chinampas flotantes, terrazas incas y jardines botánicos que eran a la vez espacios rituales. Cada cultura, en su diversidad, tradujo en formas vegetales y acuáticas su relación con lo divino, lo político o lo estético.
María Belmonte, en El murmullo del agua, prolonga esta lectura simbólica. Para ella, los jardines renacentistas fueron itinerarios espirituales donde el agua, las ninfas, las grutas y los autómatas hidráulicos invitaban al visitante a un viaje iniciático. El Hypnerotomachia Poliphili, con sus jardines oníricos, es ejemplo de esa visión: recorrer el espacio vegetal era a la vez recorrer el alma en busca de unión con lo divino. Así, el Renacimiento convirtió el jardín en un texto simbólico que unía mitología, filosofía y arte.
El epílogo de Esteban Hernández recuerda que todo jardín es un intento de recuperar el paraíso perdido. Desde las acequias andalusíes hasta las fuentes de la Villa d’Este, desde los patios romanos hasta los laberintos barrocos, el jardín es memoria de la creación y promesa de armonía. En esa aspiración eterna se cruzan historia, botánica y cultura: un espacio donde el hombre, al cultivar la tierra, busca también cultivarse a sí mismo.