OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Ministra desconocida naufraga sin remedio"

Carlos Alsina analiza en su monólogo la errática respuesta de la Ana Redondo a la polémica por los fallos en las pulseras antimaltrato además de la sorprendente relación que el ministro de sanidad de EEUU ha establecido entre el consumo del paracetamol y el autismo.

Carlos Alsina

Madrid |

Había una vez un joven abogado, tímido pero con gran carisma, a quien todos sus conocidos auguraban una prometedora carrera política… si alguna vez decidía meterse en política. Pertenecía a una dinastía que había hecho de la política una forma de vida. De vida, y de muerte, porque a su padre y a su tío los habían asesinado. El joven abogado, de nombre Bobby, se había especializado en derecho ambiental.

Y se había labrado una reputación notable como látigo de grandes compañías contaminantes. Era un convencido de los efectos perversos que, a largo plazo, tendrían los vertidos de sustancias nocivas a los ríos de Norteamérica. Y también, los vertidos de las macrogranjas que envenenaban el subsuelo de los pueblos en que se asentaban. Las causas que abanderaba -derechos de los indígenas, energías renovables- lo identificaban con la izquierda. Siempre fue del Partido Demócrata y, teniendo el apellido que tenía, siempre le sobrevolaron las especulaciones sobre su futuro político.

En 1995, la revista 'New York Magazine' le dedicó una portada elogiosa. La tituló 'El Kennedy que de verdad importa'. De él decían que era inteligente y comprometido, un líder nato, con personalidad de flautista, devoto de la naturaleza e interesado por la ciencia. 'Podemos gestionar el planeta como si fuera una empresa', decía, 'pero serán las generaciones futuras quienes pagarán por nuestro inmenso error'. A la pregunta de si acabaría postulándose para el Congreso o el Senado respondió que su prioridad era su familia. Cuando le hicieron este reportaje, Bobby Kennedy Jr llevaba dos años viviendo con su segunda esposa.

El tercero de sus hijos, Conor, acababa de cumplir un año. Los médicos le diagnosticarían una alergia alimentaria severa que llevaron al padre a interesarse por las causas de la anafilaxia. Acabaría convencido de que el origen eran las vacunas infantiles que habían empezado a aplicarse a finales de los ochenta.

Después ampliaría su tesis y atribuiría el trastorno de déficit de atención o los síndromes del espectro autista a las vacunas, los productos químicos del agua, las señales inalámbricas o el consumo de paracetamol. Hace veinte años ya sostenía que una conspiración en la que participaba el gobierno ocultaba a los estadounidenses el vínculo entre el mercurio presente en algunas vacunas y el autismo. Antes de que llegara la pandemia ya coqueteó con el primer gobierno Trump, receptivo a sus teorías.

Con la pandemia arreció en sus proclamas contra las vacunas hasta alcanzar un eco mayor que el que nunca antes habían tenido. Este Kennedy que siempre había militado en la izquierda y que llegó a postularse para la presidencia por el Partido Demócrata, en 2023, se convirtió a la religión de Donald Trump recientemente. Un buen día se puso a hablar con él de conjuras y supuestos remedios y surgió la chispa que unos meses después haría posible que el reelegido presidente le entregara, como regalo, el ministerio de Sanidad para que hiciera con él lo que quisiera.

Esta madrugada, el ministro de Salud de los Estados Unidos, abogado aficionado a la ciencia pero más aficionado aún a la conspiranoia, ha utilizado el formidable altavoz de la Casa Blanca para contar a sus gobernados que el autismo es consecuencia del consumo de un analgésico durante el embarazo. Su nombre comercial en Estados Unidos es Tylenol. O sea, el paracetamol.

Ni el laboratorio que comercializa el Tylenol ni la legión de médicos y científicos que han preguntado, perplejos, por el fundamento objetivo de esta proclama -de dónde se lo sacan- han obtenido respuesta. Porque a Trump le da un poco igual lo que digan los científicos que no le bailen el agua. Como los periodistas que no le bailen el agua. Como los actores, como los cómicos. Como los gobiernos extranjeros. Se trata de poner bajo sospecha, ahora, y también, a la ciencia.

A menudo los gobiernos se esfuerzan en extender su poder a otras instituciones del Estado y a ámbitos que deberían serles ajenos. Los tribunales, los órganos reguladores, los medios de comunicación, el cine, la industria del entretenimiento. El actual gobierno de los Estados Unidos ha invadido en un año todo lo que ha podido -colonizado, decimos aquí-; ahora trata de invadir, también, el terreno de los científicos. A lo que aspiran Trump y Kennedy es a ser ellos quienes anuncien supuestos descubrimientos científicos, a ser ellos quienes establezcan la causa de las enfermedades y a ser ellos quienes instruyan a la población sobre cómo tratarlas.

Una ministra desconocida

En julio preguntó Tezanos a los españoles por el grado de conocimiento que tienen de sus ministros -debe de ser el único dato que no sesga- y le salió que un setenta y tres por ciento de los ciudadanos, tres de cuatro, no tiene ni pajolera idea de quién diablos es Ana Redondo. Visto su desempeño de estos últimos cinco días, en la Moncloa deben de estar pensando que casi mejor que hubiera seguido siendo eternamente desconocida.

La ministra de Igualdad, por su falta de explicaciones inicial y por su clase de explicaciones de ayer, se consagra como una máquina de generar confusión -no premeditada, me temo, sino que le sale así- justo en un asunto en que la nitidez, la diligencia, la aptitud para hacerse entender, es prioritaria. Sostuvo primero la ministra, el viernes, despachando el interés de la prensa con media declaración en un pasillo, que el único problema que había habido con las pulseras era el de la migración de datos y ya había quedado resuelto.

Fue incapaz de informar de cuántos casos se habían producido de sobreseimiento o absolución por no poder probar que el agresor había violado una orden de alejamiento. Sobre el funcionamiento de las pulseras dijo que no habían fallado. El cambio de operadora había afectado a la migración de datos, no al funcionamiento de los dispositivos.

El viernes ya publicó la prensa, y se amplió el sábado, el testimonio de técnicos del centro Cometa que refutaban la contundencia declarativa de la ministra. Sí hay fallos en los dispositivos. Los había con la operadora anterior, en efecto, pero con el cambio se han multiplicado. Se ha publicado el relato de estos técnicos; se ha publicado el correo electrónico que envió de ellos al ministerio; se ha publicado el informe que cinco de ellos redactaron, y elevaron al ministerio, hace un año; se han publicado que el Consejo del Poder Judicial informó, al ministerio, de los errores en el sistema que trasladaban jueces de varias provincias. Pero todo lo que alcanzó a decir la ministra durante el fin de semana es que 'hay que ver cuánto daño hacen los bulos'.

Que haya algún bulo circulando no desmiente todo esto que los técnicos de Cometa, abogadas de mujeres y jueces de violencia de género ya han contado. Incurre en la misma táctica del bulo quien ignora los hechos que se han producido y los diluye en la denuncia de que hay gente que difunde bulos. Ayer hizo cuatro entrevistas en medios la ministra Redondo. En las cuatro sostuvo una cosa y su contraria. Que las pulseras han funcionado sin problemas y que se han producido problemas porque la tecnología es lo que tiene, que falla.

De los autores de la corrupción cero no existe y el apagón fue un orgullo de país, llega ahora 'la tecnología falla y no hay un sistema fetén'. La tecnología, en efecto, falla, pero conviene que falle lo menos posible. Y si hoy está fallando más que hace un año, lo que hay es o negligencia a la hora de resolverlo.

De los autores de la corrupción cero no existe y el apagón fue un orgullo de país, llega ahora 'la tecnología falla y no hay un sistema fetén'.

Las pulseras no habían fallado, pero la propia ministra le dice a Ferreras que han tomado nota de los problemas y las disfunciones que se han producido y por eso introducirán mejores en la nueva licitación del contrato, para el mes de mayo.

Entonces, ¿admite fallos la ministra? Parece que ahora sí. Anímese, hoy, a dar el siguiente paso. ¿Los fallos aumentaron con el cambio de operadora? Si así fue, ¿se ha establecido el por qué? Y, sobre todo, ¿está en condiciones de garantizar que los problemas ya se solventaron? Porque no es eso lo que hemos leído a los técnicos del centro Cometa. Ya que tiene los datos, ofrezca datos. Cuántas incidencias, de media, se producían antes del cambio de contrato y cuántas se producen hoy. ¿Qué número de fallos le parece al ministerio aceptable?

Todo eso sería más útil, también para defender su gestión como ministra, que esta frivolidad de atribuir el revuelo generado, y que la oposición le exiga explicaciones, al intento de crear una cortina de humo.

Los casos de corrupción, ¡del PP! Cortina de humo. Ya es casualidad que la ministra empate en esto con los de Feijóo. Para ellos cualquier cosa que haga o diga Sánchez siempre es una cortina de humo para que no se hable de Cerdán, de la esposa y del hermano. Incluida Palestina. El naufragio de una ministra mayormente desconocida le ha amargado a su jefe, el presidente, su semana grande en la Onu. Hay silencios ensordecedores. Y el del presidente sobre este asunto es uno de ellos.

Hay silencios ensordecedores. Y el del presidente sobre este asunto es uno de ellos.

Dos patinazos de Yolanda Díaz

Tampoco tuvo ayer su mejor día la vicepresidenta dos Yolanda Díaz. Dos patinazos. Primero, cuando sobre este asunto de las pulseras recomendó a Igualdad una investigación de los fallos, pero pequeña.

¿Y de asumir responsabilidades políticas, nada, vicepresidenta? Que se investigue pequeñamente y se aclare todo. Y se repare el daño. Ya, ¿y el Gobierno tiene alguna sanción que imponerse a sí mismo o eso de pagar por las negligencias sólo vale para los otros?

Digo que no tuvo un buen día porque luego, comentando la salud del gobierno, incurrió en este lapsus llamativo que alguien dirá que revela lo que realmente piensa.

En junio, muertos y ahora, mucho peor. ¿Qué viene después de la muerte política de un Gobierno? Algo peor, ¿qué es? ¿La descomposición del cuerpo gubernativo a la vista de todos? ¿Los ministros y ministras envueltos en sudarios?