EL MONÓLOGO DE CARLOS ALSINA

Monólogo de Alsina: "Esta noche soñé que despertaba, y tenía que ir al cole"

El director del tramo magazine de Más de uno expone esta experiencia onírica donde se enfrenta al inicio del nuevo curso escolar, como al que se enfrenta la princesa Leonor a su llegada a la universidad.

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Carlos Alsina

Madrid |

Esta noche soñé……que despertaba.

Y tenía que ir al cole. Y se me había olvidado forrar los libros. Me ponía a hacerlo a última hora pero no acertaba a encontrar el celo y desistía. Imaginaba a los niños burlándose de mí. No por el forro sino porque tengo cincuenta y seis años y aún no me dejan escribir a boli. ‘Aún te equivocas mucho’, oía decir al maestro, 'tu mejor amiga es la goma’. Decidí llevarles un bizcocho a mis nuevos compañeros para convidarles y ganarme, así, su amistad de por vida, como en ‘Stand by me’ pero sin cadáver.

La receta la tenia apuntada del New York Times, que es el único periódico que leo ahora y que, como es urbanita, se pirra por las cosas pijas. ‘Pastel de crema con mini chispas de chocolate’, quién no querría probarlo. Recomendaba el periódico empezar a calentar el horno tres meses antes porque la elaboración era muy enjundiosa, pero yo me atasqué a las primeras de cambio por culpa de los ingredientes.

Dos cucharadas de aceite de semilla de uva. ¿Perdón? Y una cucharada de sal kosher. Le pregunté a la inteligencia artificial en qué se diferencia la sal kosher de la sal gorda y me respondió en perfecto inglés que ya me vale. De las semillas de uva mejor no hablamos. Reconozco que ahí me rendí. Ya me veía comprando donuts camino del colegio y cayendo en que me había olvidado los libros. ‘¡Ahí va, la cartera!’

Pero, en eso, entró Leonor en la cocina para prepararse ella su fiambrera. Le hice una genuflexión, por supuesto, porque yo de mayor quiero ser cortesano. O sea, hacerle mucho la pelota, como tantos intentan con su padre y media España lo logró con su abuelo, que en Abu Dabi descanse.

Me pareció que Leonor también estaba nerviosa. No por verme a mi hablando de sal y de uvas con la IA sino porque para ella también era el primer día de colegio. ‘Quieto ahí parao’, me dijo, con su lenguaje llano, ‘quieto ahí parao que lo mío no es colegio sino universidad, mi hermana y yo nos hemos hecho mayores’. Asentí, agradeciendo la enmienda y animándole a corregir cualquier otra cosa que hubiera expresado malamente.

‘¿Cómo lo lleva su alteza?’, le pregunté en tercera persona, como si ella no fuera ella tal como exige el protocolo. ‘Emocionada y agradecida’, me dijo, poseída de pronto por la IA o por Lina Morgan, una de ambas. ‘Tiene fama de progre’, le dije. ‘Lo soy’, dijo ella. ‘No, digo la universidad’. ‘Ah’, y añadió bajando la voz: ‘En ocasiones, veo republicanos’. Le dio la risa.

En la radio explicaba un tertuliano al que apodan ‘el lince’ que Leonor no es como el resto de alumnos. Porque ella es princesa y los demás, no. Deseé que siguiera iluminando a la audiencia con su ciencia difusa pero luego pensé que tenía razón. Que hay muchas diferencias entre Leonor y sus compañeros. Ella podría llegar en paracaídas, por ejemplo, sabe tirarse. Y ellos, pues no. Ella podría entrar al aula desfilando, que también sabe. Ellos, pues no.

Volvió a hablar el tertuliano: ‘La princesa notará el cambio porque viene de formarse en el Ejército’. ‘Ya, y en Gales’, me salió a mí. Que a ver, notar el cambio lo notará porque los estudiantes ni van de uniforme ni pilotan cazas ni en caso de invasión tendrían que ir a defender España. Diferencias hay.

Entrevistaban al decano de la universidad que explicaba que tener de alumna a la princesa había provocado un efecto llamada. Él se refería a que muchos estudiantes se habían interesado por los títulos que ofertan pero Marcos de Quinto creyó que Getafe estaba siendo invadida por los marroquíes y se presentó allí con una flotilla de land rovers para rescatarla.

El malentendido fue tan enorme que el ministro Ángel Víctor Torres mandó trasladar a todos los alumnos al puerto. ‘¿Pero qué puerto, si esto es Getafe?’, alegó una consejera autonómica. Y con razón. En Madrid el único muelle conocido es el del estanque del Retiro. Y el de la Casa de Campo. Al de la Casa de Campo los madrileños le llaman lago como a Príncipe Pío le llaman montaña: por exagerar.

Cuando ya me volvía a la cama se me cruzó un historiador en el pasillo. ‘En tiempos de María Cristina’, me dijo, ‘quisieron llenar toda la Casa de Campo de casas. Por los pelos se salvó el parque’. ‘No sé’, le dije yo, ‘igual los pisos hoy serían más baratos’. Traté de conciliar el sueño pero una pregunta me taladraba la cabeza. La famosa pregunta-broca. ‘Más de uno, cuántos son’.

Me dijo Virginia el viernes: ‘Dos, en efecto, es más de uno. Como tres es más de dos y cuatro es más de tres. Pero Más de Uno es sólo uno, viva su singularidad’. Vaya lío, pensé. Y también que la culpa es mía, por haber elegido este título hace once años y pico.