Alsina da su último adiós a Raúl del Pozo: "Y ahora sí, cuando quieras y como quieras, Raúl, puedes colgar"
El director de Más de uno ha agradecido la carrera "inabarcable" del que fue reportero, columnista y cronista además de un colaborador del programa hasta el último momento.
Muere Raúl del Pozo a los 89 años, cronista de la Transición y referente del periodismo
Madrid |
Sí, claro que lo es, y eso ya no hay quien lo cambie, Raúl. Viva el vino será, para siempre, tuya. Un poco nuestra también, si nos dejas, de quienes cada viernes te esperábamos -a ver por dónde sale hoy- y cada viernes nos quedábamos con ganas de seguir escuchándote cuando colgabas ese teléfono fijo que hacíamos la broma de que había que reponerte de vez en cuando porque los destrozabas con el ímpetu de tu despedida festiva.
Nos colgaste el teléfono por última vez en vísperas de navidades y ninguno sabíamos -qué íbamos a saber- que sería la última. Si hasta te tocamos las narices anunciando que estabas a punto de cumplir 89 años.
Iba a colgar y colgó. Por si no se ha entendido, me dijo qué cabrón eres. No le gustaba que se hablara de su edad -decía que a los viejos los iban quitando de las tertulias-, no le gustaba que se hablara de salud, o de mala salud, de las averías que le fueron debilitando hasta privarnos, ya iniciado este año, de su viva el vino. Hasta el final quisimos pensar que volvería. Nunca dimos por terminada, en realidad, su sección. Quedó en el aire, suspendida. Y así se va quedar ya para siempre, suspendida en la memoria de quienes tuvimos ocasión de disfrutarla. Quienes tuvimos la suerte de poder disfrutar a Raúl.
No cabe engañarse: Raúl muy era coqueto. Salía de casa como un pincel. Gustaba de ser reconocido por las señoras (los señores, menos) cuando se sentaba a comer en el restaurante con los amigos. Bueno, a comer no, lo de comer daba un poco igual. A conversar. A pasar revista a la situación. A bromear sobre la profesión. A contar sucedidos pasados que riman con sucedidos presentes. A conspirar contra la seriedad importada, contra la petulancia, contra la solemnidad. Con Raúl se trataba, sobre todo, de reír. De celebrar el ingenio, el talento, la literatura, la gente, el oficio. Con Raúl se trataba de pasarlo bien.
Con Raúl se trataba, sobre todo, de reír
Habrían sido una pareja radiofónica imbatible si se hubieran dejado. Raúl y su vecino Vicent. Columnistas veteranos los dos. Chicos que llegaron de provincias a Madrid y se aventuraron en la trepidante vida de los periódicos en aquel tiempo en que España cambiaba la atadura por la libertad y el puritanismo por el amor libre.
Ha escrito Antonio Lucas, que es lo más parecido a un hijo que ha tenido Raúl, que cada primero de enero Vicent llamaba a su vecino para decirle: "De este año no pasa, uno de los dos palma. Se acerca el momento del gran disgusto". Bromear con la muerte no es más que bromear. Y la relación de estos dos lectores, escritores y comentaristas fue tejida, durante décadas, a base de bromas, mucho más que con disgustos.
Me recordó ayer José María García, hermano de Raúl del Pozo aun de madres y padres distintos, la mañana radiofónica en que juntamos aquí a Del Pozo y Vicent a hacer lo que ambos más disfrutaban después de escribir, que era conversar.
De García, al que Raúl llamaba por cualquiera de sus tres nombres, García, Jóse y Butano, nunca se cansó de decir que era el periodista de más impacto que había existido nunca, el que más narices le echó a todo, el más listo y el que más dinero ganó (valga la redundancia). Y también el que más regaló sin dejar que se supiera.
He aquí Raúl del Pozo, reportero, cronista y columnista, tres en uno. Hombre de radio que escribió pasajes memorables para ser interpretados por Jesús Quintero. Hombre de radio al que le costó pasar de escritor para otros a escritor de sí mismo, porque decía -ya ves tú- que con el micrófono delante él no leía bien.
Reportero, cronista y columnista, tres en uno
Hombre de radio que puso en apuros (unos cuantos) a Luis del Olmo. Digo que fueron unos cuantos porque esto de tirarse a los amigos no fue lo único que descolocó a Luis. He aquí Raúl del Pozo. El único hombre que se atrevió a hablar mal de Ava Gardner porque la vio orinar, una noche de farra, al lado de un seto en Madrid.
El enviado especial a Cabo Cañaveral, casi, casi a la luna, sin saber una palabra de inglés. El periodista de investigación que accedió, garganta de seda mediante, a los secretos de Bárcenas. El visitador asiduo del Prado, a donde iba de joven a usar el baño y ya casi se quedó a vivir.
El lector de autores clásicos capaz de colocarte a Cicerón y a Quevedo en el mismo párrafo. El demócrata de raigambre roja que frecuentó políticos de todos los colores. A su sección la llamamos ‘Viva el vino’ porque daba igual como la llamáramos. Y porque cuando aún no tenía nombre, el primer día, la remató así él mismo.
Así nació viva el vino. La palabra escrita para la radio. La radio que, teniendo a un Raúl, no envejecía.
Ochenta y nueve años, sí. Una carrera inabarcable, sí. Una vida entera con Natalia. Pero un niño. Nunca dejó de ser el niño que se alimenta de cariño, como dice Carmen Rigalt, puerto refugio, Carmen, como Antonio Casado y como Pilar Cernuda. Era el niño gamberro que hace estallar un petardo y te revienta, de risa, una tertulia.
He visto contertulios desconcertados al escucharle evocar que un artista de cine navegaba lo mismo a vela que a motor. O que Orson Welles le invitó a una copa y temió que intentara meterle mano. He visto a desahogados líderes políticos agradecerle a Raúl, creyendo haber recibido un elogio, la más letal de las estocadas.
En una de las primeras tertulias que hizo conmigo en la radio le soltó un rejonazo feroz a no recuerdo qué ministro. Yo fingí escándalo para reforzar el efecto dramático: ¡hombre, Raúl, ten un poco de piedad! Al terminar vino a preguntarme, preocupado: ¿no me habré pasado? Era frecuente que inquiriera si se pasó o se quedó corto, como si en el fragor de la conversación perdiera el sentido de la medida y agitara la mesa demasiado o demasiado poco. Una declaración política que los demás diseccionábamos con celo de entomólogo él la despachaba diciendo vaya gilipollez, para lamentarse luego por si pareció que nos había llamado gilipollas.
Fue el más joven de los opinadores que se asomó a este micrófono
El niño petardero detestaba por encima de cualquier otra cosa el aburrimiento. Y la reiteración. Y el servilismo. Y que le dijeran viejo. O maestro. Fue el más joven de los opinadores que se asomó a este micrófono. Un reportero con veinte siglos de lecturas a sus espaldas que seguía armando cada día un folio nuevo y aún era capaz de sorprendernos. Eso no era un columnista, era un milagro.
El milagro de la fiesta. Con Raúl del Pozo, que en paz descanse, llegaba cada semana a la radio la alegría. El disfrute de ver en acción a un hombre libre, curtido en la calle, en el barro y en la alcoba, curado de espanto, de pedantes y de bobadas. Y ahora sí, cuando quieras y como quieras, Raúl, puedes colgar.