Monólogo de Alsina

Alsina subraya el contraste entre los jueces Peinado y Calama: "Cada magistrado es un mundo y la conjura es una turra"

El director de Más de uno ha criticado la desproporción de las medidas cautelares que Peinado le ha impuesto a la mujer del presidente del Gobierno, Begoña Gómez, y que ha supuesto una reunión de urgencia del CGPJ.

Carlos Alsina

Madrid |

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. En Francia estaban ya calentando la revolución, abril de 1789, cuando el teniente Bligh, treinta y cinco años, mayormente calvo y ni remotamente parecido a Trevor Howard o a Anthony Hopkins, fue expulsado de su barco y abandonado en un bote a la deriva en medio del Pacífico.

El barco era el velero de la Armada británica Bounty, o sea, Generosidad, y el motivo de que la tripulación se deshiciera de su capitán fue su carácter autoritario y cruel, o esa conclusión transmitieron al público las tres películas que se han hecho sobre el episodio histórico.

Si pones de líder de los marineros amotinados a un Clark Gable treintañero, o a un Marlon Brando en su mejor momento, o a Mel Gibson con veintiocho, ya le estás diciendo al espectador que la razón estaba del lado del segundo del capitán Fletcher Christian, o sea, de los de los insubordinados.

La leyenda dice que la película del año 35 se estrenó en España cuando Franco ya había asaltado el poder y la censura prohibió que se empleara la palabra 'rebelión' en el título, por lo que habría quedado bautizada como 'La tragedia de la Bounty'. Pero lo cierto es que se estrenó en el cine Capitol de Madrid en abril del 36, meses antes del golpe, con el mismo título en español que su remake del 62, o sea, 'Rebelión a bordo', y con una expectación que la convirtió en un hito. De entonces a hoy, la expresión 'rebelión a bordo' ha servido a centenares de columnistas para describir amotinamientos internos en organizaciones políticas de todo signo. Hoy, también.

Porque hoy en el Reino Unido va a suceder algo que en España no podría suceder nunca. Hoy dejará de ser presidente del gobierno (o primer ministro) Keir Starmer, un político de izquierdas -como el de aquí-, que ganó las elecciones -a diferencia del de aquí-, que tiene mayoría absoluta en el Parlamento -jamás soñó con tenerla el nuestro de aquí- y que ha sido descabalgado por sus propios diputados, críticos con su labor de gobierno y su forma de encarar los escándalos, y organizados para forzarle a dimitir y dejar paso a un nuevo líder que remonte en los sondeos y le devuelva la popularidad al partido.

Hoy en el Reino Unido va a suceder algo que en España no podría suceder nunca

Tienen usos distintos en la política británica, es verdad. Allí la moción de censura la pueden presentar ochenta y un diputados del mismo partido que el presidente del gobierno. Es una moción de censura interna. Con ochenta y una firmas fuerzan una elección interna, un plebiscito entre el líder en ejercicio y un diputado que aspire a relevarle.

Si el líder pierde, deja de ser líder y deja de ser primer ministro. Keir Starmer, jefe del gobierno británico, dijo la semana pasada que daría la batalla. Pero este fin de semana se supo que se ha rendido. La prensa lo anticipó el domingo y lo confirmó -ya le vale- Donald Trump, el incómodo aliado americano.

No ha durado ni dos años el primer ministro de izquierdas. En julio de 2024 hizo historia con la victoria más abrumadora que jamás consiguieron los laboristas. Se dijo entonces que carecía de carisma. Pero que justo eso es lo que habían premiado los votantes. Eso, y el trabajo en la oposición para cambiar la imagen del partido.

Ahora es el partido el que se lo quita de en medio. Ha caído quince puntos en las encuestas desde que empezó a gobernar y ha encajado una derrota monumental en las elecciones municipales. Hoy es el populismo de extrema derecha, o sea, Farage, quien lidera los sondeos y gana las elecciones locales.

Para tumbar, desde dentro de su partido, al primer ministro ha habido que recurrir al truco de dejar un escaño vacante: un diputado dimite para que haya que elegir sustituto, no corriendo un puesto en la lista -que eso allí no existe- sino poniendo urnas en su circunscripción para que los votantes escojan. Y presentándose al escaño vacante quien hoy será proclamado nuevo líder del partido, el alcalde de Manchester Andy Burnham. Que, naturalmente, el viernes ganó el escaño e hizo un discurso más de oposición al primer ministro saliente que de prietas las filas.

Es comprensible que desde la óptica española, de nuestros partidos jerarquizados, nuestros hiperliderazgos, nuestras listas cerradas y nuestro prietas las filas, un acontecimiento como éste del Reino Unido cueste creerlo: el partido se deshace del presidente teniendo en el Congreso mayoría absoluta.

Un comité federal para que continúe lo de siempre

El sábado celebra el partido que gobierna España, PSOE, una cosa llamada comité federal. Que en las crónicas siempre va acompañado por la muletilla 'el máximo órgano entre congresos'. Que significa que es la representación máxima del partido, para debatir y tomar decisiones, solo por debajo de un congreso, que es el cónclave máximo.

En ausencia de corriente crítica digna de tal nombre en el PSOE, y con voces contadas que alcanzan a expresar no ya alguna crítica, sino alguna mínima discrepancia o alguna preocupación por las cuatro derrotas electorales ya encajadas en autonómicas y el pavoroso escenario que describen las encuestas para las municipales del año que viene, en ausencia de corriente crítica lo previsible es que del comité federal salga lo de siempre: un líder aclamado que ocho años después de asumir el poder ejecutivo en España aún gusta de presentarse como perseguido por las élites y víctima de la conjura universal de empresarios, jueces, medios, pseudomedios y Donald Trump.

El líder que escogió a José Luis Ábalos para llevar el partido, el líder que escogió a Santos Cerdán para llevar el partido, el líder que rescató a Zapatero para movilizar electoralmente al partido entonará por enésima vez el himno de la resistencia, de su capacidad para resistir pase lo que pase, incluso cuando lo que pasa es que brotan como una plaga los casos de comportamientos indeseables alrededor de su figura.

Figura providencial, como se ocupará de sugerir él mismo para que el comité le haga los coros: providencial y necesaria para que España avance y no caiga en manos de las derechas. Providencial rescatando a los españoles de sí mismos -ya dijo María Jesús Montero que ella iba a rescatar a los andaluces y encajó el peor resultado de su partido en cuarenta años-.

Un juez de nombre Juan Carlos Peinado ha logrado el hito de irritar a todo el mundo a la vez con su delirante decisión de retirarle el pasaporte a Begoña Gómez -a estas alturas- para evitar que se fugue con ayuda de sus escoltas. No es necesario saber leer los posos del café, o las entrañas de los animales sacrificados, para augurar que la Audiencia Provincial dejará sin efecto una medida cautelar tan poco cautelosa y que el Consejo del Poder Judicial hará hoy mismo lo que esté en su mano para sofocar la indignación que ha generado a los sindicatos policiales que un juez, sin base alguna y de manera frívola, atribuya a los escoltas la voluntad de colaborar en una fuga.

El juez Peinado irritó a las defensas, irritó al gobierno, irritó a la policía e irritó a quienes habiéndole perdonado ya tantos desatinos -o abusos de poder- en sus autos -llegó a atribuir a dos testigos afirmaciones contrarias a las que habían hecho-, quieren pensar que en el fondo del fondo del fondo del asunto ha sido capaz de reunir indicios de actuaciones delictivas que justifican el procesamiento de Begoña Gómez.

Incluso aquéllos -o algunos de aquéllos- que han dado aire al juez por errático y pésimo redactor de autos que fuera, se irritaron también el sábado al saber de sus medidas cautelares. Porque la desproporción abona el victimismo y es munición de primera para seguir predicando -lo hará Sánchez, quién lo duda- la persecución de la que se dice objeto su familia.

Ya subrayamos aquí, el día que el juez Calama renunció a imponer medidas cautelares a Zapatero por lo inimaginable que es que pudiera fugarse conociéndole todo el mundo, el contraste que se produciría si Peinado le retiraba el pasaporte a Begoña Gómez, también sobradamente conocida. El contraste llegó, en efecto, y es la prueba de que no existe ni concertación entre jueces malvados ni conjura. Cada magistrado es un mundo. Y la conjura es una turra.

No existe ni concertación entre jueces malvados ni conjura

Más confusión con las joyas

Sánchez, por cierto, se ató aún más el viernes a Zapatero añadiendo confusión al origen de las joyas con esta historia de que él mismo recibe regalos en sus viajes que no sabe ni lo que son.

¿Y? ¿Y eso qué tiene que ver con Zapatero? Si nunca ha dicho que las joyas se las dieran en viajes que hizo al extranjero. Y supiera o no supiera lo que le habían regalado, alguien tuvo que decidir que algunos de esos regalos salieran de la Moncloa y acabaran en la caja fuerte del despacho del ex presidente. ¿O llegaron solas?

Sánchez confía en Zapatero y en la honradez de Zapatero y en la palabra de Zapatero. En su derecho está. Ahora, si aspira el presidente a que le demos algún valor a su posición y su confianza debería comprometerse, al menos, y en el caso de que alguna vez se demuestre que Zapatero no está diciendo la verdad, debería comprometerse al menos a no volver a colocarnos el discurso del hombre abatido porque ha resultado engañado.

El 'ay que ver, yo le pregunté y no me dijo la verdad, el primer decepcionado soy yo'. Aunque sólo sea porque ha tenido ya experiencias suficientes como para escarmentar de andar dando la cara por sus hombres de máxima confianza. Para que la mano en el fuego tenga algún valor, hay que comprometerse a marcharse uno mismo en caso de resultar abrasado. Lo contrario no es más que hablar por hablar.