Monólogo de Alsina

Alsina señala cómo Trump se está quedando sin amigos en Europa: "Hasta Vox flaquea en su devoción por el emperador divinizado"

El presentador de Más de uno explica cómo la incertidumbre se ha instalado entre los países miembros de la UE ante un conflicto que no se sabe cuándo va a acabar y que desató el presidente de Estados Unidos.

Carlos Alsina

Madrid |

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán.

Le dijo el jefe al empleado:

- Vamos a ver, a partir del lunes un día a la semana tienes que teletrabajarlo, que no es cosa mía, eh, que lo ha dicho Úrsula.

El empleado, confundido, le dijo al jefe:

-Ya, pero es que yo… lo de teletrabajar… si fuera librar, pero teletrabajar… es que no lo veo. En casa no tengo herramientas para poder hacer mi trabajo’.

-¿Cómo que no tienes herramientas? -dijo el jefe- ¿no tienes internet, fibra óptica?

-Sí claro, internet sí que tengo, lo que no tengo es desmontadora de ruedas, gato hidráulico, borriquetas, alineadora y medidor de emisiones. ¡Y foso, jefe! Sobre todo lo que no tengo es foso.

-Coño, es verdad -dijo el jefe- si esto es un taller de reparación de automóviles. (Pausa) Mira, vamos a hacer una cosa: ¿tú tienes una biblioteca pública cerca de casa?

-Claro, a cinco minutos caminando.

-Pues un día a la semana, en lugar de venir aquí te vas a la biblioteca y te pones a leer libros. ¡Tsch, libros de coches, eh, que se note que te dedicas a esto!

Preguntó el empleado:

-¿Eso se considera teletrabajo?

Y respondió el jefe:

-Hombre, en Koldolandia, sí.

En marzo de 2022, hace ya cuatro años, un altísimo cargo de la administración europea subió a la tribuna del Parlamento de Estrasburgo para pedir a los ciudadanos de los veintisiete países de la Unión que bajáramos un grado la calefacción de nuestros hogares. Acababa de empezar la guerra en Ucrania -Putin, invadiendo lo que no es suyo- y el mensaje que transmitían los gobernantes era que consumir gas contribuía a que Rusia hiciera caja y financiara con ello la destrucción de los ucranianos.

"Asumamos un compromiso colectivo", dijo aquel alto cargo (español para más señas y Borrell de apellido), "despertad, europeos, del sueño de bienestar y, tal como recortamos el consumo de agua cuando hay sequía o nos ponemos mascarillas para combatir un virus, bajemos un grado la calefacción de casa para depender menos del gas ruso".

El discurso estaba muy bien trabado pero todo lo que consiguió Borrell en casa, o sea, en España, es que le llovieran piedras por su falta de empatía con los hogares vulnerables donde no hay manera de bajar un grado porque la calefacción apenas se enciende. Un clamor dirigido y soterrado decía: ¡bajéselo usted!

Cuatro años después, de crisis en crisis y vaya tiempos nos tocan, la Comisión Europea se autoimpuso la tarea de pensar formas de consumir menos petróleo y menos electricidad ante el encarecimiento provocado por la guerra de Irán y el estrangulamiento del estrecho de Ormuz -no ganamos, este siglo, para sobresaltos-.

A primeros de marzo anunció Úrsula von der Leyen que en breve tendría listo un kit de soluciones que proponer a los gobernantes europeos. Estamos a mediados de abril y será la semana que viene cuando la presidenta someta sus recetas a la consideración de sus colegas.

Ayer adelantó El País que en el recetario se incluye, además de la rebaja de impuestos a colectivos específicos o la gratuidad del transporte público, que las empresas obliguen a sus trabajadores a teletrabajar un día a la semana. Las que puedan, se entiende, porque si eres un taller de automóviles, una flota de camiones, el mercado central de abastos o el servicio de mantenimiento de vías férreas, difícilmente vas a poder teletrabajar.

En España el teletrabajo es más de autónomos que de asalariados y solo teletrabajan de vez en cuando siete de cada cien trabajadores. Es probable que la receta de la comisión corra la misma suerte que la calefacción de Borrell o el kit de supervivencia aquel con hornillo y radio de pilas (salvo en Ineco y Logirail, donde no ir a trabajar se valora mucho), pero da idea de la dimensión que Bruselas atribuye a la crisis energética (y de precios) que empezó el mes pasado y sobre la que se cierne la incertidumbre total: cuánto durará y hasta dónde llegará. El Fondo Monetario Internacional, que está en Washington pintando de negro el futuro económico, urge (para que no se diga que no avisó) a que los gobiernos nacionales preparen planes para amortiguar el efecto de la crisis.

Trump se queda sin amigos en Europa

Cuánto durará la guerra es la pregunta sin respuesta. Si no se sabe cuánto aguantará el alto el fuego -con las negociaciones aún suspendidas-, como para saber si llegará pronto el final. Trump no deja pasar una madrugada sin proclamas que esto ya está hecho, que el régimen se pliega, que le suplican un acuerdo, pero la palabra del presidente estadounidense hace tiempo que está devaluada (es lo que tienen los cambios permanentes de opinión).

Cuánto durará la guerra es la pregunta sin respuesta

Y al estrangulamiento del estrecho de Ormuz añade ahora el régimen iraní la amenaza de bloquear también el mar Rojo, al otro lado del mapa. ¿Cómo, si el mar rojo le pilla a Irán bastante lejos? Pues recurriendo a su franquicia en Yemen, los hutíes, que ya liaron alguna buena atacando barcos. Dominan la parte de la costa que da al paso entre el mar Rojo y el golfo de Adén y utilizan esa baza, tan criminal como bombardear Teherán, para poner en más aprietos al emperador de los Estados Unidos.

Trump se queda sin amigos en Europa, decíamos ayer, a cuento de desmarque de Meloni y la arremetida del sheriff jactancioso contra la primera ministra italiana. Se habrá enterado ya Trump de que su pupilo Obescal le ha dado un pellizco de monja. Bueno, él no, su portavoz parlamentaria Millán, a la que preguntó Raúl Marqueta por lo que había dicho Trump sobre Meloni y el Papa y respondió como si no supiera de qué le hablaban.

Falta de comprensión de Vox hacia su profeta planetario. Hasta Vox flaquea en su devoción por el emperador divinizado. ¿Qué será lo siguiente? ¿Qué se atreva a disentir de su palabra revelada Mark Rutte, secretario general de la OTAN, holandés y faldero?

Bien mandada y bien obediente

Isabel Pardo de Vera era una mandada. Bien mandada y bien obediente, porque siendo presidenta de Adif su interlocutor no era el ministro, ni el jefe de gabinete del ministro, ni el secretario de Estado Saura (luego recolocado en Paradores, luego recolocado en Correos). Su interlocutor era Koldo, el asesorísimo que lo mismo paseaba por el ministerio del brazo de Víctor de Aldama que enviaba a su señora a recoger el dinero en efectivo a Ferraz que bajaba a la farmacia a por aspirinas para Jose, el señor ministro.

Isabel Pardo de Vera, ascendida a secretaria de Estado, tras caer Ábalos, por la nueva ministra Raquel Sánchez (de la que nadie se acuerda, hoy recolocada en Paradores, este gobierno es LinkedIn), declaró ayer en el juicio del caso mascarillas. Y confirmó que Aldama estaba un día sí y otro también en la zona del ministerio reservada al ministro y sus asesores.

Y que a ella, claro, le chocó. Hoy ya no le habría chocado porque hoy todos sabemos de la íntima relación comercial que mantuvieron los tres (Ábalos, Koldo y Aldama) dentro y fuera del ministerio. Cómo llegó a ser de estrecha esa relación, que la señora Pardo de Vera ya los confunde. Y esto fue el vacile, supongo, que Ábalos se permitió con su leal subordinada. Que siguió despachando con Koldo y manteniendo con él una relación de WhatsApp desinhibida. Enchufe de Jéssica incluido.

El juicio del caso mascarillas. Escaparate nacional, estos días, de chanchullos, enchufes, tratos de favor y demás corruptelas que contaron con la colaboración, a base de hacer la vista gorda amparándose en la obediencia debida, de cargos intermedios, subordinados y testigos mudos.