Monólogo de Alsina

Alsina explica cómo Trump se escaqueó de ir a la guerra: "Por sus espolones nunca conoció Vietnam"

El director de Más de uno ha contado como un médico amigo de la familia del multimillonario amañó un diagnóstico para que el ahora presidente de Estados Unidos no fuera llamado a filas.

Carlos Alsina

Madrid |

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Un joven de veintiocho años recibe una orden. Ha de reunirse con mandos militares para estudiar el despliegue de Estados Unidos en una región del mundo donde apenas tiene presencia armada. La región se llama Golfo Pérsico y el año es 1979.

Acaba de caer el Sha, Jomeini lidera la revolución iraní y la Unión Soviética, que la apadrina, ve en Irán la puerta de entrada para dominar esta zona estratégica. En Estados Unidos gobierna Ronald Reagan y la primera preocupación es la guerra fría.

El joven, que trabaja de asesor, o analista, en el Departamento de Estado, da por hecho que su reunión con los mandos militares será en el Pentágono. Se equivoca. Le comunican que su destino es Tampa, en Florida. Una pista de aviones de combate al final de la cual adivina un grupo de autocaravanas en torno a las cuales hay levantada una alambrada.

Aún queda una sorpresa más: el general que le espera, como el resto de sus hombres, viste uniforme de camuflaje. En Florida. Nuestro joven se atreve a preguntar el motivo. Y el general le responde: "Nuestra unidad se llama Grupo de Despliegue Rápido". ¿Y? "Quiero que parezca que podemos plantarnos en el Golfo Pérsico en un periquete". ¿Y de verdad pueden? "En absoluto. Eso es lo que les corresponde hacer a ustedes: consigan que los países que hay allí, y que no son Irán, nos permitan tener bases militares".

El joven se volvió para Washington habiendo aprendido dos cosas: el apodo que en el Ejército tenía aquel general, Bob el de las alambradas, y el peso que en adelante tendría el Golfo, y las alianzas con gobiernos locales de todo pelaje, en la disputa por la hegemonía mundial entre estadounidenses y rusos. Richard se llamaba el veinteañero. Aquel fue su debut en la administración americana. Fue ascendiendo y asumiendo más responsabilidades.

Sirvió bajo la presidencia de Reagan, de Bush padre y de Bill Clinton. En 1998, Clinton lo nombró coordinador nacional de la lucha contra el terrorismo. Los medios le acortaron el nombre al cargo: le llamaron zar antiterrorista. En ese cargo seguía cuando en 2001 Bin Laden derribó las Torres Gemelas y Bush hijo armó una coalición internacional para combatir a Al Qaeda en Afganistán.

Le llamaron zar antiterrorista

En marzo de 2003, dos semanas antes de que Estados Unidos invadiera Iraq, Richard Alan Clarke dimitió como zar antiterrorista. No explicó el motivo, aunque dentro del gobierno era cualquier cosa menos un secreto. Un año después lo contó todo en un libro que fue lo más parecido a un terremoto en Washington: 'Contra todos los enemigos', la enmienda a la totalidad del primer mando de la lucha antiterrorista al presidente de los Estados Unidos por desatender los peligros reales y embarcar a su país en una guerra sin sentido.

Cuando presentó el libro en Madrid, con Sadam Hussein ya capturado, le preguntó un periodista: "¿Ha funcionado entonces la invasión?" Respondió: "En absoluto. Iraq no suponía una amenaza para nuestro país, el presidente quiso hacérselo creer a los ciudadanos, pero el motivo no era ése, el motivo era colocar en Bagdad un gobierno tutelado por la Casa Blanca en la idea de que cambiaría por completo el paisaje de Oriente Medio generando un efecto dominó". Y remató su respuesta: "Habría estado bien si hubiera funcionado, pero ni está funcionando ni va a funcionar".

Veintitrés años después de que el zar antiterrorista renunciara en desacuerdo con la campaña iniciada por su presidente en Iraq, el director de la lucha antiterrorista de Estados Unidos ha renunciado en desacuerdo con la campaña militar iniciada por su presidente en Irán.

Dicen que la Historia, a veces, rima. Este director de ahora se llamaba Joe Kent y era trumpista de primera hora. En su carta de dimisión le dice al presidente: "Irán no suponía una amenaza para nuestro país, te han hecho creer que lograrías una victoria rápida pero no va a ser así; no podemos cometer este error otra vez, no puedes enviar a nuestros jóvenes a morir en una guerra que no está justificada".

Donald Trump, presidente infalible por la gracia de dios, ha despachado la dimisión de su zar antiterrorista llamándolo flojo y desnortado. El coro de congresistas que secunda todo lo que haga el presidente se ha lanzado a despedazar al dimisionario usando la misma coartada que usa Netanyahu para despachar las críticas a sus decisiones militares: si Joe Kent alega que Trump se ha dejado arrastrar a la guerra por el gobierno de Israel, entonces es que Kent es antisemita. No hay más preguntas, señoría. Ni más preguntas, ni más matices, ni más debate.

La guerra de Vietnam de la que Trump se escaqueó

La guerra se alarga, como acostumbra a suceder con las guerras. Cada día sin poder acreditar la victoria alimenta la sospecha de que Trump podría dar el paso final, que es enviar tropas a Irán para tomar el país palmo a palmo. Taking Iran, que diría, con su adicción al eslogan, el hombre del pelo naranja.

El régimen iraní, que reparte su tiempo entre lanzar misiles, ocultar a su nuevo líder supremo, desmentir que le hayan asesinado a más altos cargos y reprimir a su población -no vaya a venirse arriba el pueblo exigiendo una vida digna, o una vida en libertad, o cualquiera de esas intoxicaciones occidentales-, el régimen iraní ha desafiado a Trump a enviar soldados. "Ven e invádenos". El presidente ha respondido con su frivolidad habitual y ha asegurado que no le da miedo otro Vietnam. A él no, a las familias de los militares no les va a preguntar.

Donald Trump tenía dieciocho años cuando el incidente del Golfo de Tonkín. Disfrutó de cinco prórrogas de estudios para poder aplazar su incorporación a filas. Cuando, por fin, se graduó fue declarado no apto por un espolón calcáreo que le impedía apoyar correctamente el talón. Por sus espolones, Donald Trump nunca conoció Vietnam.

El New York Times investigó cincuenta años después su dolorosa afección y dio con la hija del podólogo que firmó el informe: su padre tenía la consulta en un local propiedad de la familia Trump, ayudó a Donaldito a escaquearse para hacerle un favor a su arrendador.

En una rueda de prensa le preguntaron a Trump en cuál de los dos talones sufría el espolón y alegó que no lo podía recordar. Su equipo dijo entonces que fue en los dos. Trump alegó que aquella fue una lesión temporal y que el motivo final de que nunca fuera reclutado es que le tocó un número muy alto en el sorteo de los quintos. Los registros oficiales confirmaron que no era verdad.

Más de cincuenta mil soldados estadounidenses murieron en Vietnam. Más de un millón de vietnamitas murieron en Vietnam. Trescientos mil soldados estadounidenses resultaron heridos. La mitad de ellos arrastraron secuelas de por vida. La guerra generó un desgarro social lo bastante hondo, y lo bastante amargo, como para que nadie en los Estados Unidos se tome a la ligera lo que ocurrió, mucho menos frivolice con la idea de que vuelva a ocurrir. Nadie, salvo el presidente de la nación. El de los espolones. Que es un boceras.

Donald Trump tiene dicho que le habría gustado servir en el Ejército, claro que sí. Que en espíritu siempre estuvo con los soldados que combatían en Vietnam porque para algo estudió en la Academia Militar de Nueva York, que no es West Point sino un internado privado cuyos estudiantes van de uniforme.

No, de camuflaje no. Eso es Bob el de las alambradas en su cámping de autocaravanas de Tampa. El código de conducta de la academia en la que se formó little Donald establece que un buen cadete nunca hace trampas. Y, por supuesto, nunca miente.