Rafa Latorre recibe en La Brújula a Carlota García Encina para examinar el primer año del segundo mandato de Donald Trump, marcado por episodios como la bronca con Zelenski en la Casa Blanca y amenazas sobre Groenlandia. La experta del Real Instituto Elcano rechaza hablar de caos en su política exterior y detecta hilos de continuidad con el primer mandato, desde aranceles transaccionales hasta un uso instrumental de la fuerza militar que evita "botas en el terreno".
Aunque reconoce que no existe una "estrategia clásica", García Encina insiste en que "hay unos elementos de continuidad" con el primer mandato, como el uso de aranceles y medidas coercitivas económicas, visibles ahora en Oriente Medio o el acuerdo transaccional con europeos.
"No creo que haya una sucesión caótica de operaciones", matiza la investigadora, que describe una política "menos declarativa y más performativa", definida por hechos consumados más que por documentos como la Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre, que apenas menciona Groenlandia o Irán pese a su relevancia reciente.
Frente a la imagen de Trump como aislacionista en su primer mandato, la experta puntualiza que aunque "ha criticado siempre esas guerras eternas como Irak o Afganistán" y no inició nuevas, ahora sube el umbral del uso de la fuerza con operaciones "muy eficaces y contenidas", sin botas sobre el terreno.
En el caso de Venezuela, lo presenta como "extensión del derecho interno", apoyado por el Departamento de Justicia para que no parezca una intervención normalizada, sino una excepción legal. "En Estados Unidos dice que le gusta usar la fuerza, e invertí. Y eso es precisamente lo que está haciendo", resume García Encina.
Sobre las amenazas a Groenlandia, surgidas tras el "éxito" en Venezuela, la investigadora ve una geopolítica clásica de control de territorios y recursos, pero descarta una invasión militar. Argumenta que EE.UU. carece de capacidades específicas como rompehielos o fuerzas entrenadas en el Ártico –donde tropas americanas aprenden aún de estonios, finlandeses o noruegos–, lo que resta credibilidad a las bravatas.
"Vamos a pasar de Groenlandia a Canadá, el estado 51, y esas narrativas irán creciendo", prevé, aunque insiste en que solo estiran la cuerda transatlántica sin consecuencias reales.