Marta García Aller señala la técnica de 'gashlighting' del Gobierno en su polémica con la Casa Real: "En Moncloa afirman que no ha habido veto"
La periodista de Onda Cero ha puesto en evidencia la cortina de humo que Pedro Sánchez ha creado al señalar que Felipe VI nunca ha visitado la ciudad autónoma en todos sus años de reinado.
Déjame que te cuente lo que Ingrid Bergman puede ayudarnos a entender de la crisis de Ceuta.
A lo mejor lo recuerdas. Ingrid Bergman ganó un Óscar interpretando a aquella mujer de familia bien en la Inglaterra victoriana que se casa con un pianista. Y tan pronto vuelven de la luna de miel, empiezan a pasar cosas extrañas. La joven empieza a oír ruidos, le desaparecen cuadros y joyas y la luz de casa baja de intensidad sin explicación alguna. Su marido insiste en que la luz, luz de gas, brilla tanto como siempre, que todo está en su cabeza. Ella poco a poco empieza a dudar de su percepción y cree que se está volviendo loca.
Al final era el marido el que bajaba la luz y cambiaba cosas de sitio para confundirla. No sé si cuenta como spoiler, porque es una película de 1944. Luz que agoniza, se tituló en español. 'Gaslight' era el título original. La película de George Cukor tuvo tanto éxito que acuñó un término que se utiliza en psicología para retratar la técnica de manipulación emocional, por la que una persona intenta que otra dude de sus percepciones y cuestione su propia realidad.
La clave del 'gashlighting', o de la luz de gas, es hacer al otro dudar de su propia percepción. Sembrar la duda interior de si algo realmente se ha dicho o no se ha dicho. A veces es un simple gesto cotidiano, como decir algo y luego negarlo.
Los efectos, según los psicólogos, del 'gashlighting' a medio y largo plazo es hacer dudar a la otra persona de su propio criterio para tomar decisiones por sí misma. Los psicólogos lo aplican al ámbito de la pareja. No he encontrado ningún estudio que lo analice entre un presidente de Gobierno y un jefe de Estado. Sobre todo porque, en este caso, es el primero quien tiene poder de decisión sobre los viajes que hace o deja de hacer este último.
El efecto del gashlighting real sería un desgaste institucional agudo y, como efectos secundarios, los síntomas se parecen mucho a los de una fugaz cortina de humo. Claro, que por luz de gas se entiende una técnica de manipulación sutil. Y que el presidente reproche al rey que no haya hecho un viaje que necesariamente ha tenido antes que autorizar él mismo, muy sutil, muy sutil, no parece.
Tiempo tenemos esta tarde para hablar de mucho más que de política, pero déjame que me detenga un poco en esto.
En que ayer el presidente del Gobierno presumiera de que él ha ido a Ceuta muchas más veces que el rey en sus años de reinado, en que Moncloa niegue ahora que se estén comparando con el monarca y siga sin precisar cuándo se va a producir ese viaje de Felipe VI a la ciudad autónoma.
Según el presidente, hay argumentos y razones suficientes para que el rey haga por fin una visita oficial a Ceuta. En Moncloa añaden que no ha habido ningún veto y que no hay ninguna complicación en esa visita. Es como si bajaran un poco la intensidad de la luz. Aunque alguna complicación sí que debe de haber porque Marruecos recuerda por lo bajini que lo viviría como una provocación. Para ser un socio leal, como dice el Gobierno, parece que al vecino le molesta cualquier recordatorio de la españolidad de Ceuta y Melilla.
Según el presidente, hay argumentos y razones suficientes para que el rey haga por fin una visita oficial a Ceuta
Inflada aposta o sin querer, el caso es que este pique de quita y pon entre Gobierno y Casa Real es uno de los muchos ejemplos de luz de gas que estamos viendo últimamente. Escuchamos distintas versiones entre ministros sobre qué causó la llegada masiva a Ceuta, pero el presidente niega contradicciones.
El Gobierno no se pone de acuerdo en las cifras de cuántos migrantes hay, pero no hay descoordinación. Son imaginaciones. Tardan un mes en llegar las ayudas, pero todo se está haciendo con la máxima urgencia. Marruecos es un socio leal, pero recordarle lo obvio, que Ceuta y Melilla son españolas, es provocar. De resultar convincente, sí que merecería un Óscar.