De Elefsina a Delfos siguiendo la mitología griega
Mayo es un mes de festivales en Grecia. Viajamos a lugares vinculados a los mitos, los héroes y los dioses de la Grecia clásica. Es una ruta muy interesante para los viajeros atraídos por la Grecia clásica, una ruta en torno al golfo de Corinto, con Atenas como lugar de partida y de regreso.
Madrid |
Este viaje puede llevarnos cuatro noches y cinco días y sugiero alojarse en Nauplia, Kalamata, Olimpia y Delfos. En Atenas, tomamos un coche alquilado e iniciamos el viaje hacia el oeste por la carretera que lleva al istmo de Corinto. Antes de llegar a Corinto nos detenemos, a 20 kilómetros de Atenas, en Elefsina, la antigua Eleusis. Está situada junto al mar, frente a la isla de Salamina.
Fundada hace más de 3.000 años, Eleusis fue durante siglos uno de los centros religiosos más importantes de la Antigua Grecia. Su santuario, dedicado a Deméter, diosa de la agricultura, y a su hija Perséfone, atraía miles de peregrinos de toda Grecia cuando se celebraban los llamados misterios de Eleusis, ritos secretos de iniciación asociados a la regeneración de la naturaleza y de la vida. Podemos visitar el museo que se encuentra en el yacimiento arqueológico a los pies de la antigua acrópolis.
Siguiente parada: el istmo de Corinto.
El istmo de Corinto es una estrecha franja de tierra que conecta la Grecia continental con la península del Peloponeso. En esta franja se encuentra la moderna ciudad de Corinto, al lado de las ruinas de la antigua Corinto, que fue, por su situación, un importante centro comercial. Una de las primeras ciudades en acuñar moneda. Dio nombre a un estilo artístico, el orden corintio, y fue sede de uno de los cuatro grandes juegos deportivos que reunían a los atletas y a los notables de toda Grecia. Los otros tres se celebraban en Nemea, en Olimpia -los más famosos- y en Delfos. En el siglo XIX se creó un canal que cruza el istmo de lado a lado y conecta el Golfo de Corinto, el Mar Jónico, con el Mar Egeo. Hay varios miradores, que dan al canal y a los dos mares. Preciosas vistas, justifican una breve parada, en nuestro camino al Peloponeso.
Dormir en Nauplia, una de las ciudades griegas mas bonitas
El primer lugar para alojarnos, para pasar la noche, en esta ruta, sería Nauplia. Al sur de Corinto, ya en la península del Peloponeso. Fue capital de Grecia en la segunda década del siglo XX, al final de la guerra contra el imperio turco. Debe su nombre a un hijo del dios Poseidón, Nauplio, padre, según el mito, del inventor del ajedrez y de los dados, el héroe Palamedes. No tiene restos de su más antiguo pasado, pero es un buen lugar para alojarse porque se encuentra en el corazón mitológico de Grecia, cerca de Nemea, Argos y Micenas, a mitad de camino entre Atenas y Esparta, y junto a una bellísima bahía.
Nauplia tiene hoteles pequeños, encantadores, y quizá las mejores tabernas del Peloponeso, tabernas que no te muestran la carta sino una bandeja con el pescado del día. Antes de llegar a Nauplia, desde Corinto, podemos detenernos en el sitio arqueológico de la antigua Micenas, que conserva la entrada principal a la ciudadela en la Edad del Bronce, la llamada puerta de los leones, y la tumba abovedada del rey Agamenón, que comandó a los griegos en la guerra de Troya. Y si aún nos quedan horas en el día, podemos acercarnos a Epidauro, que está cerca, para ver su teatro, el más famoso de Grecia por su extraordinaria acústica.
Kalamata y Olimpia, paradas obligadas cruzando el Peloponeso
Para los siguientes días, vamos a cruzar la península del Peloponeso. Primero, de norte a sur, de Nauplia a Kalamata, la capital hoy del sur de la península, tiene un precioso puerto turístico, es famosa en el mundo por sus aceitunas, y nos va a permitir explorar el sitio arqueológico de la antigua Esparta, que está al lado. Pasamos la noche en Kalamata y a la mañana partimos hacia Olimpia, al este del Peloponeso, con una parada a mitad de camino para ver el templo de Apolo Epicúreo, creado por Ictino, uno de los arquitectos del Partenón. Es una joya, poco visitada, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. De ahí, a Olimpia. A estirar las piernas en la misma pista en la que corrieron los atletas hace más de 2.000 años. El sitio arqueológico conserva los restos del estadio, el gimnasio, la palestra y varios templos. Junto al recinto hay cuatro museos: uno de los juegos antiguos, otro de los modernos, otro dedicado a la historia de las excavaciones y un museo arqueológico, imprescindible, porque aloja una de las grandes obras maestras del mundo antiguo: la estatua en mármol del dios Hermes realizada por Praxíteles, el más importante escultor griego del siglo posterior al de Fidias.
Conocerse a sí mismo en el santuario de Delfos
Nos queda la última parte del viaje. Regreso a Atenas, pasando por otro centro mítico de Grecia el santuario de Delfos. Es el lugar donde se concentran todos los mitos de la Grecia clásica. Hace más de 6.000 años en este lugar se rendía culto a la madre Tierra. Luego, intervinieron los dioses griegos. Según el mito, el dios Zeus soltó dos águilas en los extremos del mundo que terminaron por encontrarse en Delfos, donde vivía un dragón. Zeus envió a su hijo Apolo, que derrotó al dragón y se instaló en Delfos, donde se señaló con una gran piedra ovalada el lugar donde estaba el centro del mundo, su ombligo, en griego ónfalos. Desde su santuario en Delfos, en la ladera del monte Parnaso, Apolo se comunicaba con los mortales a través de una sacerdotisa. Los consultantes hacían sus preguntas en forma alternativa: qué era mejor esto o lo otro. La sacerdotisa daba la respuesta tirando habas blancas y negras, el color dominante comunicaba la decisión del dios. Los consejos de Apolo orientaban a los humanos en el camino del saber, la armonía y el respeto a la ley y el orden. Su primera lección se expresaba en el lema de Delfos: Conócete a ti mismo. En Delfos, hoy, se pueden visitar las ruinas de su antiguo teatro y de su estadio, el templo de Apolo, los tesoros aportados por los atenienses y sus vecinos y el museo arqueológico en el que brilla, por su belleza, una escultura de bronce de tamaño natural de un auriga que en su día tiraba de un carro de cuatro caballos. Es un lugar excepcional. Final de la ruta, a menos de dos horas en coche de Atenas.