No parece buena idea darle un ultimátum a quien ya no tiene mucho que perder. Y el régimen iraní, por no tener, no tiene ni un líder claro. Y ya ves tú lo que le importa a los ayatolás de repuesto su propio pueblo. Así que cuando este fin de semana Trump le dio un ultimátum de 48 horas a Irán para reabrir el estrecho de Ormuz y, si no, arrasaba sus plantas de energía y los dejaba a oscuras, los iraníes subieron la apuesta y amenazaron con bombardear el Golfo.
¿Y qué ha pasado? Pues que ante el alza del petróleo y el batacazo de las bolsas, Trump pospuso su propio ultimátum. Dijo que estaba en conversaciones productivas con Irán y que van tan bien que da otros cinco días de plazo.
El desconcierto total llegó después, cuando los iraníes, como decepcionados por el fin del ultimátum, por no poder ponerse a destruirlo todo, dicen que no, que esas negociaciones no existen, que es un truco de Trump para ganar tiempo y especular con el precio del petróleo.
Y el presidente Trump, a punto de subir a su avión en Palm Beach, porque él la guerra la dirige a ratos desde Florida jugando al golf, no concreta ni qué es lo que están negociando: "muchos, como 15 puntos", dice. Ni con quién.
Según Trump, no fue él el que les llamó: "Llamaron ellos". Sería interesante saber quiénes son ellos, porque hace unos días presumía de que no quedaba en Irán nadie al frente, que los habían matado a todos. Ahora dice que es “alguien muy importante", pero que no va a decir quién "para que no lo maten".
No está claro todavía si ese alguien con quien negocia Trump es real o imaginario, o si está queriendo sembrar división interna entre ayatolás de repuesto; si está ganando tiempo mientras llegan más marines al Golfo o si busca una salida rápida a una guerra que no está saliendo como esperaba.
Entre tanto, ha pospuesto el ultimátum hasta el viernes, cuando volverá a Florida a seguir jugando al golf. Y a la guerra.
Más que las negociaciones,
avanzan las contradicciones