EDUCACIÓN

Educación internacional en Asturias, lo que debemos mirar antes de matricular a nuestros hijos

Un referente en el Principado es el Colegio internacional en Oviedo que nos ayuda a comprender que distingue realmente a un centro de estas características y a este tipo de proyectos.

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Elegir colegio es una de esas tareas que puede quitar el sueño a más de un padre o una madre, ya que no consiste solo en encontrar el centro educativo más cercano a casa sino en decidir qué clase de persona queremos que sea nuestro hijo o hija dentro de quince años.

En Asturias, cada vez más familias miran hacia los centros de perfil internacional, atraídas por el peso del inglés, por la apertura al mundo y por una idea de educación algo distinta a la que ellas mismas recibieron. Por ello, antes de dejarse llevar por un folleto bonito, conviene saber qué preguntas hacerse.

Qué significa "internacional" y que no

La etiqueta "internacional" se ha vuelto tan común que ha perdido parte de su significado. En rigor, no basta con dar muchas horas en inglés ni con colgar banderas en la entrada. Un colegio internacional de verdad trabaja con un currículo reconocido fueras de nuestras fronteras, normalmente el del Bachillerato Internacional (IB), y somete su enseñanza a auditorías externas. Por eso, la acreditación oficial es el dato que primero se debería comprobar.

En el caso asturiano, por ejemplo, solo un centro privado está reconocido por la Organización del Bachillerato Internacional, según la propia información del colegio. La diferencia entre presumir de internacional y estarlo se mide en esa homologación, no en el marketing.

El idioma es la puerta y no el destino

Muchas familias llegan buscando que sus hijos "salgan hablando inglés". Es un objetivo legítimo, aunque incompleto. En estos centros, el idioma no es una asignatura más, sino el vehículo con el que se aprenden ciencias, historia o arte. De hecho, algunos proyectos suman también el francés y presumen de superar la media regional en competencia lingüística, un dato que, conviene recordarlo, procede de las propias escuelas y que merece contrastarse con las certificaciones oficiales que obtienen los alumnos.

Dicho esto, lo interesante no es cuántas horas de idioma figuran en el horario, sino si el niño termina usándolo con naturalidad para pensar y expresarse. Un buen indicador es escuchar a los propios alumnos: cuando cambian de idioma sin darse cuenta durante una conversación cualquiera, algo se está haciendo bien.