El Mundial que rompe fronteras
Tres países, 48 selecciones y un modelo que redefine una Copa del Mundo que sigue rompiendo sus propios límites y dando forma al mapa futbolístico internacional.
Madrid |
El Mundial de la FIFA 2026 marcará un punto de inflexión en la historia del fútbol. Por primera vez, tres países —Estados Unidos, México y Canadá— compartirán la organización de una Copa del Mundo. No es solo una cuestión de geografía, sino el reflejo de cómo el torneo ha ido creciendo hasta convertirse en un fenómeno global que ya no entiende de límites tradicionales.
Este salto histórico no surge de la nada. Desde sus inicios, el Mundial ha sido un espejo de su tiempo. El de Uruguay 1930, el primero de la historia, reunió únicamente a 13 selecciones. Aquel torneo fue casi una aventura: equipos que cruzaban el océano en barco y una competición mucho más reducida, tanto en participantes como en impacto global. Hoy, casi un siglo después, el contraste es enorme: el Mundial de 2026 contará con 48 selecciones, reflejo de la expansión imparable del fútbol.
De un país a un modelo global
Durante muchos años, la organización del Mundial estuvo ligada a un único país, que proyectaba su identidad al mundo durante unas semanas. Sin embargo, el crecimiento del torneo —en número de equipos, audiencias y exigencias logísticas— ha ido cambiando esa realidad.
Cada vez resulta más difícil que una sola nación asuma el reto en solitario. En un fútbol cada vez más global y exigente, da la sensación de que solo las grandes potencias económicas pueden permitirse ese lujo. En ese contexto, compartir sedes ha pasado de ser una excepción a convertirse en una solución natural.
El primer gran paso fue el Mundial de Corea-Japón 2002, que rompió la tradición al ser organizado por dos países. Más adelante, Rusia 2018 aportó otra novedad al disputarse entre dos continentes, reforzando la idea de un torneo cada vez más diverso.
Tres países, una sola competición
El caso de 2026 va un paso más allá. No se trata solo de compartir la organización, sino de integrar tres realidades muy distintas. Estados Unidos representa una potencia económica donde el fútbol sigue creciendo como espectáculo; México aporta una tradición profundamente arraigada; y Canadá simboliza la expansión del deporte en nuevos territorios.
Juntas, estas tres visiones configuran un Mundial tan diverso como ambicioso. Sin embargo, este modelo también plantea interrogantes. Compartir un torneo no implica necesariamente compartir una misma visión.
Como señaló Jorge Valdano, el fútbol es "lo más importante de las cosas menos importantes", y precisamente por eso tiene la capacidad de reflejar tanto lo que une como lo que separa. Un Mundial repartido multiplica esa complejidad: ya no hay una sola identidad anfitriona, sino varias narrativas conviviendo al mismo tiempo.
El reto de unir culturas
La clave estará en cómo se viva esa convivencia. Más allá de la organización, el verdadero éxito dependerá de si se logra generar una experiencia común o si el torneo se queda en una suma de sedes desconectadas.
Los datos medirán audiencias, ingresos o asistencia, pero habrá algo más difícil de cuantificar: si el fútbol logra acercar a las personas y crear un sentimiento compartido entre países distintos.
La Copa del Mundo de 2030 irá aún más lejos, conectando tres continentes en una misma cita con un relato histórico que unirá Uruguay, Argentina, Paraguay, España, Portugal y Marruecos. Sin embargo, esta tendencia no será lineal, ya que la FIFA planea volver al formato de sede única en 2034.
Así, el reto del Mundial moderno no es solo crecer, sino hacerlo sin perder su esencia. Porque un torneo que se juega en varios países puede ser un éxito organizativo, pero solo será verdaderamente histórico si logra algo más difícil: convertir la diversidad en una oportunidad para unir culturas.