Helena Jubany, 24 años de espera para hacer justicia
Manu Marlasca y Luis Rendueles han comenzado esta semana en Más de uno hablando de la historia de Helena Jubany, que empezó hace más de 24 años y aún no tiene final.
La historia empieza el 2 de diciembre de 2001. Ese domingo, un fuerte golpe procedente del patio interior del número 48 de la calle Calvet d' Estrella de Sabadell alarmó a los vecinos. El ruido correspondía a la caída de un cuerpo desde la azotea del edificio. El cadáver estaba completamente desnudo y solo se podía apreciar que era de una mujer, porque el impacto contra el suelo había desfigurado su rostro por completo.
Apenas unas horas después del hallazgo se pudo identificar el cadáver. Un hombre acudió a la comisaría de la Policía Nacional en Sabadell y denunció la desaparición de su hija, Helena Jubany, una bibliotecaria de veintisiete años, de la que no sabía nada desde dos días atrás. El hombre aportó una foto de su hija y en ella la mujer vestía unos pantalones que la Policía reconoció inmediatamente y que relacionó con el cuerpo precipitado.
En la inspección del lugar, la Policía halló varias cosas significativas: en la azotea desde donde presumiblemente se precipitó la mujer había dos cerillas, una usada y otra sin prender, pero rota. En la terraza contigua estaba la ropa de la mujer: los zapatos, un suéter blanco y un pantalón marrón oscuro con flores, todo cuidadosamente doblado. Esos mismos pantalones eran los que llevaba Helena Jubany en la fotografía que su padre entregó a la Policía.
La del suicidio fue la hipótesis principal hasta que llegaron los análisis toxicológicos que revelaron que el cuerpo de Helena tenía benzodiacepinas en una dosis más de treinta veces superior a la recetada. Antes de morir por el impacto de la caída se encontraba sumida en un sueño muy profundo o incluso en coma. O sea que nunca podría haber accedido a la terraza por su propio pie.
Por esa razón, las investigaciones apuntaron rápidamente al edificio en el que había muerto Helena. Concretamente a una vecina del inmueble y a unos mensajes anónimos de los que la víctima había hablado a sus allegados. Voy por partes: la vecina era una mujer llamada Montserrat Careta y que formaba parte de la Unión Excursionista de Sabadell, un grupo en el que también pertenecía la víctima. Parecía demasiada casualidad. Pero, además, Helena recibía desde septiembre de 2001 unos extraños menajes anónimos, acompañados de bebidas, que presumiblemente procedían de ese mismo grupo excursionista.
La primera nota la encontró Helena al salir de su casa. En el pomo de la puerta había una bolsa que contenía un bote de horchata, unas pastas y una nota que decía así: "Helena, sorpresa. Pasábamos por aquí y hemos dicho: A ver Helena qué se cuenta. A comérselo todo". Tres semanas después, Helena encontró otro de estos extraños regalos en la puerta de su domicilio: una nota y un bote de zumo de melocotón.
En este caso, además, no había duda de su procedencia, porque la nota decía, entre otras cosas: "Helena, ante todo esperamos que te tomes esto con el mismo sentido del humor que nosotros. A la tercera revelaremos el misterio. Muy seguro te echarás unas risas. Nos gustaría mucho volver a coincidir en una excursión de la Unión Excursionista de Sabadell. ¡Ya lo hablaremos! ¡Ah, buen provecho, no nos hagas un feo, ¿eh?!En la tercera ya nos invitarás tú, sin duda. Besos".
Helena se llevó el zumo de melocotón a la biblioteca donde trabajaba y se lo tomó allí. Y poco después comenzó a encontrarse mal, tanto que no pudo conducir de regreso a Sabadell y se quedó a dormir en casa de unos amigos. Al día siguiente, no recordaba nada de la tarde anterior. Su hermana encargó a un laboratorio un análisis del resto de zumo que quedaba en el bote y la muestra dio positivo en benzodiacepina.
Ése es el mismo fármaco que tenía el cuerpo de la mujer, en dosis muy altas. Por eso el foco apuntó inmediatamente a Montse Careta, la vecina del inmueble. La reconstrucción de los últimos pasos de la víctima apuntó también hacia ella.
El coche de Helena estaba en las inmediaciones de la casa de Montse y ésta la había llamado la noche antes de su desaparición. Además, la tarde en la que ocurrió todo Montse faltó a su puesto como profesora en un colegio, llamó aduciendo un asunto familiar en Manresa. Luego cambió la versión, unos días después rectificó y le dijo al director del centro que en realidad había sufrido dolores menstruales.
Montse y su pareja, Santi Laiglesia, también de la Unión Excursionista, cayeron en contradicciones en sus declaraciones. Montse aseguró que la noche de la desaparición, tras asistir con su Santi a un partido de fútbol durmió en la casa de él, mientras que el novio dijo que cada cual pernoctó en la suya. Pero, además, los resultados del estudio caligráfico de los anónimos acabaron de acorralar a la sospechosa. El peritaje concluyó que la primera nota coincidía con la letra de Montse y que también había escrito parte de la segunda.
El 12 de febrero de 2002 Careta fue detenida. En su casa, la Policía halló una caja de cerillas vacía que coincidía con las recogidas de la terraza. En la mesilla guardaba dos cajas de Noctamid, una marca de benzodiacepinas, una de ellas vacía. Montse fue enviada a prisión y allí se suicidó cuatro meses después. Dejó nueve notas a familiares, amigos y al juez del caso. En una de ellas decía: "Soy inocente porque no he causado la muerte de Helena y, para ser homicida, hay que ser ejecutor de una muerte".
El caso debió de quedar en vía muerta. Y su nota tampoco es precisamente una exculpación demasiado explícita. La familia de Montse siempre proclamó su inocencia y apuntó al que en ese momento era su novio, a Santi Laiglesia. Se agarraron a un informe forense que sostenía que era muy poco probable que una persona sola y de la complexión de Montse -poco más de 1,50 de estatura y cincuenta kilos de peso- pudiera llevar por sí misma hasta la azotea el cuerpo inerte de Helana y arrojarlo al vacío, porque había que subir un tramo de diecisiete escalones. Además, dijeron que Santi tenía las llaves de la casa de Montse y que su madre tomaba habitualmente Noctamid para dormir, el mismo fármaco que tenía el organismo de Helena.
El caso permaneció vivo durante tres años, hasta que en 2005 se archivó.Quince años después, el espacio de TV3 Crims hizo reactivar las investigaciones. Un policía nacional, responsable de las pesquisas, señaló a Santiago Laiglesia como autor del crimen. La revelación permitió la reapertura durante un tiempo, hasta marzo de 2021, fecha en la que se cerró de nuevo. Pero la familia de Helena logró reabrirlo.
La última reapertura se produjo después de que la familia de Helena encargase un peritaje del ordenador de la fallecida. Allí encontraron un correo electrónico en el que se hablaba de realizar alguna excursión y de mejorar el nivel de inglés, lo mismo que decía uno de los anónimos. Se lo enviaba a Helena otro miembro del grupo, un joven llamado Xavi Jiménez y que era pretendiente de Helena. Además, un nuevo estudio caligráfico apuntó a Xavi como autor de parte de los anónimos.
Y los avances de la biología forense en el tiempo transcurrido dieron un empujón definitivo al caso a finales del año pasado. La policía científica determinó que había restos de ADN de Laiglesia en la ropa que llevaba puesta Helena Jubany el día que murió. Laiglesia aseguró siempre que no residía de forma habitual en el piso de su novia, Montse Careta, y que no estuvo en contacto con Helena en los días y semanas previos al crimen, algo que ese análisis de ADN echa por tierra. Además, varios testigos apuntaron que Montse y él residían juntos de manera habitual en el inmueble donde fue asesinada Helena.
Con estos indicios, el juez mandó a la cárcel a Santi Laiglesia el pasado 28 de noviembre, veinticuatro años después de la muerte de Helena, algo insólito. El instructor razonaba en su auto que los avances en la investigación ponían a Laiglesia en una situación complicada, que podía hacerle pensar en una fuga. Mes y medio después, la Audiencia revocó la decisión y ahora Santiago Laiglesia está en libertad, aunque con medidas cautelares, como la retirada del pasaporte y la obligación de comparecer en el juzgado una vez al mes.