La Selección repele todos los abucheos y sigue siendo, a día de hoy, un paraíso de adhesiones firmes y unánimes. Los futboleros solemos tirar de sentimiento exacerbado, pero en este caso, hay materia argumental suficiente: somos muy buenos y lo hacemos muy bien.
Estamos al borde de la clasificación tempranera y sin renunciar a nuestras señas identitarias: trato exquisito de balón, iniciativa constante, equilibrio de líneas, el equipo mejora al individuo y los egos resultan astifinos e inanes cuando se viste uno de rojo. ¿Qué más se le puede pedir al combinado nacional?
Poca cosa, la verdad. Los periodistas que genéticamente buscan la polémica y el "gorigori" para ejercer, se las ven y se las desean con esta España. Hubo un conato de pique entre nuestro seleccionador y el entrenador del Barça a cuenta de Lamine (se difuminó en nada) y algo más de entretenimiento nos han dado las gafas amarillas para interior de Marcos Llorente.
El personalísimo jugador del Atleti tiene una muy particular visión del mundo: su dieta paleo con sus viandas silvestres como el bacon crujiente… sus paseos madrugadores sin camiseta dejando que el fresquete le despierte mientras hace 'grounding' (que es ir descalzo pisando la hierba o la tierra)… sus ayunos y horarios como lo de cenar siempre antes de que anochezca…
Aunque lo que más agita a los plumillas ávidos de chicha y a las insaciables redes es su postura anticientífica sobre el sol y las cremas solares o eso de escrutar las estelas celestiales y concluir que nos están fumigando con fines poco claros. Respeto al que afirma que los iconos se han de comportar. Respeto más al que venera la libertad de expresión, aunque lo expresado no tenga fundamento, que diría Arguiñano.