Qué maravillosa coincidencia el encontrarme con la página en blanco el día en que nos toca ejercer. Y sigo contaminado por el clima positivo y equilibrado que reina en nuestra concentración. Una España, no varias, y bien avenida.
Si fuera londinense o bonaerense o de Berna, confieso que cogería algo de tirria al combinado español, tan perfectito, tan armónicos, tan de buen rollito. Imagino que algún pique se ha de dar en la cola del bufé del desayuno si se acaban los gofres o a la hora de hacer el mejor chiste con el nuevo bolso de Lamine y los adornos con los que lo ha personalizado. (Qué sentirá un ser humano si se te destinta un boli en un complemento de más de 10 mil "lereles", investigaré, diario).
Como afición, estamos más confiantes que ante Portugal, vemos más encogidos a los belgas y es verdad que no hay argumentos de peso que nos rebatan la sensación, pero los compañeros de Courtois no se han colado en esta ronda, han pasado por derecho y pelearán todo por hacer trizas los pronósticos. Ese baile a lo Trump en el vestuario, les da toque, hay personalidad bajo esas camisetas imponibles del cuadro de René Magritte.
Me noto en semis, diario, en un supermartes ante Francia que puede de verdad romper los audímetros por esa locura que los nuestros despiertan. Locura mesurada, aunque suene a oxímoron cutre, que eso de celebrar una alegría descomunal rompiendo un escaparate o quemando un contenedor, no le pillo yo el tranquillo, llámame sosaina.
Un pelucón, una cara pintada o algún tatuaje de esos que pedimos impetuosos sin pensar en el mañana: que te pones el trofeo rutilante en el gemelo a los 20 años… y cuando acabas de pagar la hipoteca, tienes dibujada una barca hinchable sin aire. Envejecen tan mal los tatus… como los chistes de Arévalo.