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El sueño de Alsina: "Tenía más patrimonio que Zapatero"

El director del tramo magazine de Más de uno expone esta experiencia onírica donde sin saberlo poseía más riquezas que las del expresidente socialista.

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Carlos Alsina

Madrid |

Esta noche soñé……que despertaba.

Sobresaltado, porque en sueños había recordado algo. Salté de la cama y me fui directo al armario empotrado donde guardo la tabla de la plancha. "No puede ser", me decía, "no puede ser". Pero sí que podía. La pared del fondo era falsa y, al empujarla, daba acceso a una sala secreta de la que yo, te lo digo de verdad, me había olvidado. Acerté a encender la luz no sé ni cómo. Vi que había una estantería enorme de caoba llena de cajas etiquetadas.

Reconocí la primera de ellas: "Albacete, 2006". Dentro había treinta navajas hechas a mano con empuñadura de oro y acero valyrio que me habían regalado la primera vez que hicimos allí La Brújula. Al lado, y en otra caja, había treinta monedas de plata que me regaló Rufián cuando aún repudiaba la corbata y que yo, te lo digo de verdad, tenía olvidadas.

Tampoco recordaba los bonos alemanes que me envió Merkel unas navidades —al peso, medio millón de marcos—. Ni los títulos de propiedad de siete apartamentos en Vera que, ahora que caigo, puso a mi nombre un oyente agradecido.

Enfrente de la estantería, en una vitrina, relucían varias diademas de diamantes, un collar de perlas de la reina de Inglaterra y veinte o treinta Rolex que yo tenía olvidados. Al lado descubrí que tenía aparcado un Jaguar del que, por supuesto, no me acordaba. Hice memoria y recordé que fue un regalo del concesionario por haber mencionado en antena el buen servicio que prestaban. Y que, como el color no me convencía, me regalaron otros dos en distintos tonos. Yo, qué quieres, los dejé aparcados en el armario y no volví a caer en la cuenta de que los tenía. Como me pasó con el Rolls. Otro regalo. Este debió de ser de Elton John.

Me llevé las manos primero a los bolsillos y luego a la cabeza. ¡Pero qué de cosas tengo a las que nunca había echado cuenta! Eché la cuenta rápida y me salía que tenía más patrimonio que Zapatero. Se me apareció el espíritu de España. No la nación de naciones, sino el ministro de Hacienda. "Juro que no me fijé", me excusaba yo. Y él: "No es disculpa, no es disculpa".

Me castigó a escribir cien veces en la pizarra: "El buen contribuyente siempre sabe lo que tiene y cuánto vale". Es lo que yo le dije: "No la pague conmigo, que Zapatero es de los suyos". Él puso cara de contrición y me aumentó el castigo: además de la pizarra, una paralela.

Conseguí el teléfono del abogado de Zapatero y le envié un whatsapp , por si pudiera ocuparse también de lo mío. Se excusó: "Sólo defiendo a consultores de Análisis Relevante". "Pero qué consultores", le dije yo, "si ZP era el dueño". Me puso el emoticono de una caca y una manita diciendo adiós.

Luego supe que Zapatero, a esas horas, había salido en peregrinación a La Meca con Sonsoles. Y con sus hijas. Y con Gertru. Peregrinación rogatoria, lo llamaban en la televisión, porque Zapatero iba a rogar a la dictadura saudí que le regalara una coartada. Pensé que los reyes autoritarios salen cada vez más en el telediario. Imaginé a Zapatero con la ouija invocando a Abdalá de Arabia Saudí y a Mohamed VI, el de Marruecos, dando de comer a Abascal en Ceuta. Santi se le estaba poniendo a Mohamed bien gordito. Y Feijoo, a su lado, era una sílfide.

En la radio, Marta saltaba de los pimientos de Almería a la pimienta del Congreso con una facilidad que ni Pablo y Soledad en Onda Agraria. Ana Vázquez se enfrentaba a cargos criminales en el Tribunal de Orden Público y Francina, para entonces, ya había ordenado evacuar los aseos, el Hemiciclo, la biblioteca, los despachos de los grupos, el garaje y las cabinas de la prensa. Sólo se salvó la cafetería, donde se amontonaron sus señorías haciendo bromas sobre las pimientas de destrucción masiva. Me pareció que el clima era de un choteo inadmisible. Fui a chivarme a Francina pero me dijo: "Con estos bueyes he de arar". Y, dicho y hecho, se calzó un yugo de madera y se puso a hacer surcos en el Hemiciclo. "¿Va a hacer siembra?", me salió preguntarle como si yo aún fuera periodista. "No son surcos", me dijo, "son trincheras".

De regreso a la cama me pareció que en los medios se respiraba una cierta decepción porque había terminado el día D y nadie había vuelto a asaltar Ceuta.

Soñé, entonces, que tenía ochenta y siete años y me desahuciaban del piso que había habitado toda la vida. Y yo también maldije a todos los comentaristas que, fingiéndose exquisitos, trataban fríamente de justificarlo.