El sueño de Alsina: "A mí tampoco me habían dado el Planeta"
Alsina sueña con el Premio Planeta, otorgado a Isabel Allende, además de una casa repleta de libros y el próximo capítulo de La Cultureta.
Isabel Allende, Premio Planeta 2026: una vida escrita entre la memoria y la imaginación
Madrid |
Esta noche soñé que despertaba.
Y tampoco a mí me habían dado el Planeta. Me dolí, como cada año, por la legión de escritoras y escritores que acuden a Barcelona cruzando los dedos y rezando a Santa Teresa y al fin al de la gala comprueban que no han sido galardonados. El buen perder es un arte, cada vez más apreciado. Me refiero a que ahora todo se transmite en streaming y es un fastidio que se note tu mala cara.
En mi sueño tenía la casa llena de libros religiosamente desordenados. Los iba dejando uno sobre otro después de catarlos y ellos solos iban formando una suerte de columnas salomónicas, en espiral, o estalagmitas desafiando la ley del equilibrio. A veces un libro de los de abajo flaqueaba, la columna colapsaba y me ponía el suelo perdido de literatura. No hay por qué negar que algunos libros son un ladrillo. Como otros son una bendición. Otros, una revelación. Y otros, un respiro.
Leyendo te enteras de cosa. Yo le he leído hace poco a Fesser que una vez conoció a un tipo maravillado por la precisión cronológica de los evangelistas. Estaba convencido de que ‘Juan 8:32’ significa que ésa es la hora exacta, ocho y treinta y dos, en Juan le escuchó a Jesús predicar que la verdad nos hará libres. Y que Juan 9:06 significa que a las nueve y seis estaba Cristo escupiendo en la tierra y haciendo lodo con saliva para untar los ojos de un ciego. No dirás que a Jesús no le cundían las horas el día que se ponía.
Patrick Ourednik, que es checo y escribió el libro que Zúmer ha puesto de deberes esta semana a los culturetas, cuenta que en la primera guerra mundial los soldados, a veces, dejaban de dispararse y hacían como si ni hubiera contienda. Los alemanes preguntaban a los franceses si era verdad que comían ancas de rana. Y los franceses preguntaban a los alemanes si la cerveza hacía crecer la barba. No es mal aperitivo para La Cultureta de esta noche, que por una vez va a ser mejor que la mañanera, que no se entere Amón que lo he admitido. Porque esta noche hablarán de Rafael Azcona, que nació hace cien años en Logroño y ojalá volviera a nacer cada mañana donde él quisiera. Por su ingenio, por su oficio, por su humor y porque era un señor agradecido a quienes le habían ido abriendo puertas. Un guionista de cine capaz de proclamar que si la película está bien hecha, en el guión no debe reparar nadie, asimilado, absorbido, invisible gracias a la interpretación y el saber hacer de quien dirige.
Mucho se habla del comienzo de ‘Cien años de soledad’, pero qué me dices de éste: ‘Don Fabián Bígaro Perlé estaba convencido de que morirse en primavera era un despropósito; sólo a un anarquista se le podía ocurrir fallecer cuando la tierra renace pudiendo hacerlo en noviembre’. Qué buena madrugada de radio pasaremos con Azcona.
A mí me es que con la radio me pasa lo que a los viejos de hace cien años, que pensaban que era como el teléfono: unos señores te llamaban a casa para contarte sus cosas. Los señores se llamaban locutores y entre las cosas que te contaban estaba el mundo. O sea, cómo era la vida en la ciudad. O cómo iba la guerra. Cuando en la radio alguien dice ‘¿qué cree usted que pasó?’ yo respondo ‘dígamelo usted, que es el periodista’. Y cuando alguien dice ‘pues a ver qué tiempo tenemos mañana’ yo digo ‘a ver, sí, que ya hace falta que llueva’.
Hablar con la radio es lo normal, porque los locutores siempre que dicen que ellos escuchan a los oyentes. Con la tele no, porque ahí sabes que no te están viendo. Hacen ver que sí, mirando a una cámara que tienen delante, pero todo el mundo sabe que no ven nada. Susanna me contó una vez que ella imagina que, en lugar de una cámara, lo que tiene enfrente es una cara conocida. Y Roberto conoció a un presentador debutante que, para hacerse mejor a la idea, pegó la foto recortada de su novia en la lente y volvió loco al realizador, que no entendía porque no se veía una castaña.
Ya me volvía a dormir cuando escuché a Marta contar que Isabel Allende se había llevado el Planeta. Y que su novela tiene título de último rato previo a la amanecida. Nunca es tarde si la secuela es buena.