El sueño de Alsina: "El rey de Marruecos ya estaba en Ceuta"
El director del tramo magazine de Más de uno expone en su monólogo esta experiencia onírica donde Mohamed VI llega a la ciudad autonómica a bordo del buque de su Armada y con su "ministro de exteriores", José Manuel Albares.
Madrid |
Esta noche soñé que despertaba.
Y ya estaba el rey en Ceuta. El rey de Marruecos, no el nuestro. Mohamed VI llegó a bordo de un buque de su Armada, con el ministro de Exteriores marroquí, Albares, al mando de la nave, ascendido al rango de almirante: almirante de la Mar Estrecha, conde de El Tarajal y marqués del Trampolín.
Su meteórica carrera en Rabat, a los pies del alauí, levantó ampollas entre los cortesanos del rey Mohamed, tan nostálgicos como los de don Juan Carlos, aunque menos burdos; es decir, más taimados.
El buque de guerra recibió el nombre de Annual, bautizado así por el propio rey con recochineo. Ya a finales de julio había metido la proa en aguas españolas para tomarnos la medida, según una información que el Gobierno nunca compartió con el Parlamento, pero que acabó en la primera página de El País.
Escuché en la radio que la fragata llegó hasta el mismo puerto de Ceuta sin que nadie le saliera al paso el 12 de octubre, aprovechando que España estaba de fiesta y todos sus próceres se encontraban en Madrid. Allí debatían si los abucheos al presidente habían sido todavía más groseros que el año anterior o si todo seguía más o menos como siempre. También discutían si Díaz Ayuso sabía ponerse firme o le costaba, algo que Feijóo tenía claro que ocurría con lo segundo. Es decir, si resultaba vergonzoso especular con la situación personal de una señora solo cuando era de izquierdas, porque, si era de derechas, entonces había barra libre.
Respetando la más honda tradición española, de la recepción celebrada en el Palacio Real, que reunió a casi toda la clase política, a casi todo el poder judicial y a una escogida selección de lo más granado de la sociedad civil, prensa incluida, no salió nada mínimamente aprovechable.
El Supremo, que nunca descansaba, aprovechó la Fiesta Nacional para poner en su sitio a ese grupito de españoles que se creía con derecho a votar solo por ser español. Ya ves tú: si nunca hubo once mil vírgenes, cómo iba a haber cien mil nietos. Ni que hubiera habido tantos abuelos españoles, por Dios. Los españoles de verdad no se reproducían tanto y mucho menos en el extranjero.
Un juez de guardia de los que tenían en televisión, siempre dispuesto a opinar desde el plató, aunque no desde el juzgado, explicó que el ponente del auto rendía homenaje a Jardiel Poncela. Leyó un pasaje para demostrarlo:
"Querría escribir en serio sobre las cosas graves y desentrañar con serenidad y buen juicio los problemas de la vida pero qué quieren, no me sale".
Después le preguntaron a López Miras, presidente de Murcia, si podrían votar los dos mil habitantes de Los Nietos, una localidad costera bien coqueta. Tras pensarlo un momento, respondió:
"Lo que diga Vox".
Terminada la recepción en Oriente, al rey Felipe se le ocurrió que sería bonito viajar hasta Ceuta como la gente corriente: en tren hasta Algeciras y, después, en ferry.
El gesto recibió de inmediato los aplausos del sindicato de maquinistas y de dos señoras que hacían ganchillo en un andén de Chamartín, a las que un reportero preguntó por tener algo con lo que elaborar una pieza. Sin embargo, Renfe anunció que había incorporado al convoy un coche cama especial para la familia real y comenzó de nuevo el debate sobre los privilegios.
Para más inri, Ansón recordó que aquel coche era el mismo que había utilizado Victoria Eugenia para abandonar España en 1931, con el príncipe de Asturias hecho unos zorros.
Al final, el tren de los Reyes salió de Atocha y, al llegar a Consuegra, ya se había quedado tirado. La compañía prometió devolverles el dinero y ponerles un autobús para llegar a Ceuta. Pero Vivas lo resumió con una advertencia:
"O se apuran, o nos conquista el vecino de abajo".
Todavía estaba terminando la frase cuando Pepe Olmedo, el periodista con más ojo de toda la España africana y director de Onda Cero Ceuta, avistó la fragata Annual.
En medio de tanto lío, alguien cayó en la cuenta de que España tenía un presidente del Gobierno que se llamaba, ¿Cómo era?, Pedro… Eso, Pedro Sánchez.
Fueron a buscarlo a la Moncloa, pero allí no estaba. Fueron a La Mareta y tampoco. Fueron a Ferraz y allí no quedaba ni Perry.
El misterio se extendió por todo el país: ¿Dónde estaba Pedro?
En las tertulias comenzaron las especulaciones.
—En la cárcel —decían los tertulianos antisanchistas.
—En nuestros corazones —respondían los sanchistas irredentos.
Había tertulianos que no eran ni una cosa ni la otra, pero ya casi no aparecían en los programas porque los tibios no daban audiencia.
¿Dónde estaba Pedro? ¿Dónde estás, Pedro?
Justo cuando estaba a punto de desvelarse el misterio, sonó el despertador y, de golpe, se me acabó el sueño.