Madrid |
Esta noche soñé…que despertaba.
Y se había muerto una oyente del programa. Mujer, ochenta y siete años, sin hijos, sin pareja, sin nadie más en casa. No tengo la menor idea de si Mari Carmen Abascal era oyente de radio. Ni si, en caso de serlo, sintonizaba esta emisora u otra.
Pero cada uno tiene sus hábitos. Y el mío, cuando una persona desconocida, corriente, alcanza notoriedad por que le sucede una desgracia, es imaginar que es oyente nuestra. Lo hago porque eso la mantiene cerca. Me la mantiene cerca y me la mantiene no humanizada sino humana.
Una mujer de ochenta y siete años a la que se le viene el mundo encima no es ‘un caso’, es una mujer de ochenta y siete años, setenta de ellos vividos en un piso cerca del Retiro del que la sacó la policía en cumplimiento de un lanzamiento, nombre preciso (y cruel) que da el procedimiento judicial a un desahucio, sea de quien sea y sea por la razón que sea. Nombre preciso, lanzamiento, para un cruel desahucio.
Una mujer de ochenta y siete años a la que se le viene el mundo encima no es una maniobra, ni una excusa, ni una coartada. Es una mujer de ochenta y siete años. Cuya situación podrá ser utilizada, o aprovechada, por quienes respiran batallando o intentando abortar batallas, pero que, al menos, encontró quien le echara una mano cuando se vio ahogada. Y desesperada. Y desahuciada.
Soñé que despertaba y, en la radio, una locutora contaba que la conspiranoia cabalga ya desbocada porque se ha muerto Mari Carmen. Que el más listo ya ha diseñado una estrategia y el más tonto ya ha publicado un tuit. Que piden que se respete su memoria quienes no han respetado su historia. Y que quien escarba en la desgracia siempre es el otro.
Me puse en la piel de esos vecinos que habían aparecido en los medios días atrás para ponerla a caldo, por su talante, decían, y porque frecuentaba el bingo, qué delito, y me entró tal cargo de conciencia que se me puso del revés el estómago.
Pensé en la cantidad de cosas que nunca llegamos a saber de Mari Carmen. Si era oyente de radio, por ejemplo. Qué programas le gustaban. Qué sintió el día que escuchó su propia historia contada en la radio. Qué le pareció que se sacaran tantas conclusiones sobre ella en las tertulias sin haberla conocido nunca y, mucho menos, tratado. Qué le pareció que tanta gente diera por hecho que votaba a unos cuando igual votó toda la vida a los otros. Qué sabe nadie. Qué sabe nadie y por qué tanta gente actúa como si se lo supiera todo.
Apurando el café lamenté que hubiera comentaristas, sueltos de verbo y sueltos de vientre, que incluso después de muerta se exhibieran incapaces de abordar la historia de Mari Carmen como si fuera una mujer mayor a la que se le vino el mundo encima, o sea, con una sensibilidad mínima. Me pareció que hay personas que, incluso sin pretenderlo, exudan cada minuto aversión a todo aquello que no encaja en sus gélidos esquemas.