El sueño de Alsina: "Me había acampado Ada Colau en casa"
El director del tramo magazine de Más de uno expone esta experiencia onírica donde la exalcaldesa de Barcelona protesta sobre la vivienda en su propio domicilio.
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Madrid |
Esta noche soñé que despertaba. Y me había acampado Ada Colau en casa. Al principio no la reconocí porque había llegado sin flotilla y con chanclas, pero le di los buenos días y empezó a contarme su vida.
—Tú eres Colau —le dije.
Ella asintió conmovida.
—¿Te gustaría votarme? —me preguntó con un nudo en la garganta.
—A ver, lo que me gustaría es que hubieras llamado al telefonillo, que me costó cien euros repararlo.
—Podrás votarme —siguió ella— si esta ruina que son las polimarcas de izquierdas me escogen como su nueva Juana de Arco.
—Nueva, nueva tampoco eres —le objeté yo, que recordaba vagamente que había gobernado una capital de provincias, ¿podría ser Barcelona?, nada menos que ocho años.
Pero ella dijo:
—Me he renovado, soy la Ada Colau del futuro.
Y, en efecto, me mostró unas imágenes suyas, futuristas, hechas con inteligencia artificial y en las que aparecía redecorando la Moncloa a la moda de 2030.
En una se la veía cruzando el umbral del palacio mientras hacía el signo de la victoria y decía: «¡Ya tengo casa!». En otra salía cambiando el colchón por un futón y el somier por un tatami. Y en las siguientes aparecía acompañada de otros jóvenes rebeldes con toda la vida política por delante, como Pablo Iglesias, Mónica Oltra, Jaume Asens y Pisarello, que es de mi quinta, o sea, nada nuevo.
Creí reconocer en una imagen a Jorge Verstrynge, pero quizá era Nicolás Sartorius porque, con la edad, van siendo físicamente intercambiables. El himno de campaña, según el book futurista, se lo habían encargado a un cantautor de izquierdas retirado que pasó a mejor vida antes de celebrar el primer mitin.
—¿Qué te parece? —me preguntó Ada—. ¿Crees que podré ser la primera presidenta del Gobierno de España?
Confieso que me hice un poco el loco porque no quería disgustarla.
—No sé —le dije—. También Yolanda pareció que prometía y fíjate, acabó enviando su currículum a la OIT.
—¿Crees que Ana Botella podría hacerme sombra?
¿Ana Botella, candidata de la izquierda a la izquierda de según se entra a la izquierda?
—No —rió Ada—. Ana Botella como candidata del PP. Está moviendo su candidatura el sector nostálgico del partido.
¿Acaso hay un sector que no lo sea?
Le pedí amablemente a Colau que levantara la acampada porque me estaba entorpeciendo la libre circulación por el pasillo y tampoco era cuestión de privarme yo de ir al baño para que ella pudiera hacer campaña de sí misma.
Por eso, y porque descubrí que se había equivocado de dirección y ella a donde quería ir era a la Puerta del Sol.
Allí estaban acampados desde hacía un año ciudadanos en general e indignados con el precio de los pisos en particular, y los expertos en protestas y politólogos aún trataban de aclarar si era una concentración contra Sánchez, contra Ayuso, contra Feijóo, contra Isabel Rodríguez, contra Sumar o, resumiendo mucho —y como dijo Simón—, contra la madre que los parió.
Como todos llevaban años y años gestionando el tema y la vivienda seguía siendo prohibitiva, todos querían ponerle puertas al Sol.
—A ver si es antipolítica —sugirió un comentarista extraviado que había confundido la acampada con la manifestación semanal de Vox.
Sus colegas le explicaron que la forma de distinguir una acampada popular de la congregación dominical de Abascal es que en la primera nadie reza. Ni siquiera para pedir a Dios que se lleve de una vez a Pedro Sánchez al infierno.
Las televisiones seguían emitiendo entrevistas cortas a jóvenes acampados que mostraban su tienda de campaña y decían:
—Es la primera vez que tengo una residencia para mí solo.
A mí llamarle residencia a un trozo de tela y cuatro palos me parecía exagerado incluso para un sueño, pero como dijo un señor mayor que había alquilado por horas su autocaravana de los años ochenta para que los chicos pudieran ducharse:
—El hogar no se mide en metros sino en afectos.
Su frase fue muy celebrada al principio, pero un estudioso de Laclau la examinó con el microscopio y descubrió que venía a justificar los minipisos y a los caseros paternalistas.
El giro permitió que se acuñara un nuevo lema:
—O caen el paternalismo o cae el ayuso-sanchismo.
El lema anterior también había sido controvertido, porque Tellado escuchó "ni una Mari Carmen más" y pensó que querían prohibir que las mujeres se llamaran Mari Carmen.
Me pareció que había seguido poco el caso y opinaba a boleo, como había hecho siempre.
Para entonces, Sánchez ya se estaba postulando para alcalde de Nueva York y Puigdemont se dejaba ver todos los días en El Prat en la confianza de que alguien le hiciera caso, porque había regresado ya cuarenta y nueve veces a España y no se había enterado ni Miriam Nogueras.