El sueño de Alsina: "A Feijóo, que llevaba tres años pidiendo elecciones, se le había puesto cara de 'Ay, mi madre, que ahora no tengo excusa'"
El director del tramo magazine de Más de uno expone esta experiencia onírica donde un pájaro llamado Joselito conversa con él sobre las elecciones y el candidato del Partido Popular.
Esta noche soñé, que despertaba.
Porque sonaba el teléfono de casa insistentemente y me extrañó porque hace quince años que no tengo teléfono fijo.
El timbre era inconfundible: teléfono de rosca, de los de meter el dedo para marcar el número. El problema es que yo no sabía dónde estaba.
Así que me comí todos los muebles entre la habitación y el cuarto de estar.
La linterna del móvil no se encendía. Y, aparte de teléfono fijo, tampoco tengo luz fija.
Aversión a los cables, lo llama mi terapeuta.
En el último tropiezo, con una mesa camilla, verdaderamente doloroso, conseguí descolgarlo, no sin antes dolerme por haberme astillado una pierna.
"Dígame", dije, a la vieja usanza, todavía somnoliento y con la boca seca.
"Dígame" es una forma extraña de atender el teléfono, si lo piensas. En los textos lo ponen entre interrogantes, como si estuvieras haciéndole una pregunta al que llama.
Versión larga: "¿Me dice qué es lo que quiere, si es tan amable?"
Versión de prisa: "¿Dígame?"
Pero en la vida real suena a lo que es: una orden encubierta.
"¡Dígame, venga, qué quiere, no me entretenga!"
Al otro lado de la línea escuché cantar a un pajarillo.
"Dicen que si un perseguío / que anda escondío / la viene a ver".
"¿Oiga?", dije yo, molesto porque me habían sacado en balde de la cama y porque sentía que se me estaba inflamando la pierna.
El pajarillo se aclaró la voz.
Y me soltó, a bocajarro:
"Soy Joselito".
"¡El torero!", dije yo.
"¡Qué torero, el ruiseñor!"
Se me vino el mundo encima.
El día anterior había estado haciendo los deberes de biología y sabía que un ruiseñor vivía de media entre cinco y siete años en libertad.
Y a Joselito, que salía en las películas de Sesión de tarde cuando yo era chico, le echaba no menos de ochenta.
"¿Cómo está?", quise saber. O fingí querer saber.
"Pues disgustado", me dijo.
"¿Disgustado?"
"Disgustado con usted."
Ahí ya lo vi venir.
"No hay derecho", siguió, "a lo que hizo el año pasado con mi campanera. Hombre, por Dios. Qué tendrá que ver la sentina con el badajo y la campana con el desagüadero".
Mis peores temores se cumplieron.
Siempre sospeché que a Joselito la broma de cambiar su "Ay, campanera" por "Ay, fontanera" le había hecho menos gracia incluso que a Leire.
Así que asumí que lo tenía merecido y le dejé completar el chorreo.
Que si Leire no era ni alondra ni valiente.
Que nada tenía de lirio ni de azucena.
Que Dios no la hizo su pregonera.
Yo, de vez en cuando, decía:
"No, si tiene usted razón."
Y él seguía.
Me contó que la canción era del maestro Monreal y que ponía finos a quienes esparcían rumores sobre una mujer honrada y noble.
Una mujer estigmatizada por hacer una tarea inusual: tocar las campanas de la iglesia.
Y señalada por mantener relaciones con un hombre.
"No, si tiene usted razón."
Joselito, ya desahogado, me impuso una penitencia:
dedicar un programa de radio a las campanas, los campaneros y las campaneras.
A mí no me pareció mala idea.
Pero el país estaba como estaba.
"Sánchez ha convocado elecciones", le dije. "La gente lo que quiere es gresca."
"Olvide el púlpito", me respondió. "Olvide el púlpito y súbase a un campanario. Defienda el buen nombre de las campaneras."
Total, que le dije que sí.
Y le pedí al equipo que buscara un campanario.
De catedral, a ser posible.
Ya que nos poníamos.
Para hacer, por fin, una emisión de verdadera altura.
Imaginé que desde arriba sería más fácil tomarse la actualidad con distancia y perspectiva.
Y que, con suerte, no llegaría tan alto el eco de la tabarra que ya andaban dando los partidos.
A Feijóo, que llevaba tres años pidiendo elecciones, se le había puesto cara de "Ay, mi madre, que ahora ya no tengo excusa".
Y Rufián se había hecho un samaniego en vista de que no cabía en el Frente Amplio.
De pronto, volvía a ser independentista.
Yo seguía hecho un lío.
Me había tragado la arenga del presidente y todavía no sabía si Junts estaba en el lado bueno de la historia o en el lado ultra.
Ni si el PNV servía a las élites y los oligarcas o solamente le había servido a Sánchez como mozo de espadas.
Envidié la autoestima del presidente.
Esa capacidad de examinarse a sí mismo y ponerse sobresaliente en todo.
Hasta en Ábalos y Koldo.
Pero temí que acabara pasándole lo de aquella viñeta de Hermano Lobo.
"Españoles, ¿qué preferís? ¿El fascismo o yo?"
"¡El fascismo, el fascismo!"
Y me lo imaginé en la noche electoral.
Incrédulo.
Contrariado.
"Pues nada. Vosotros os lo habéis buscado. Que os aproveche el fascismo".
Entonces le pregunté a Joselito qué canción podía ponerle.
Y Joselito me respondió:
La del pío pío.
"Pío, pío, que yo no he sido."