El sueño de Alsina: "Me desperté y me encontré a Gonzalo Suárez tumbado a mi lado"
El director del tramo magazine de Más de uno expone esta experiencia onírica donde conversa con el fallecido director de cine.
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Madrid |
Esta noche soñé que despertaba sintiéndome extraño porque juraría que tenía un señor tumbado a mi lado. Antes de encender la luz hice una comprobación palpando el, me perdone, y en vista de que era lo que parecía un cuerpo completo, pues ya prendí la candela.
"Buenas noches", dijo el hombre como si me estuviera esperando. Buenas noches dije yo, ya levantado del todo y en justa correspondencia. Se produjo entonces un silencio incómodo para mí, al menos que a él pareció que le agradaba.
"No se lo va a creer", le dije yo por liberar la tensión. "No se lo va a creer, pero me recuerda usted mucho a Gonzalo Suárez".
"Es natural", dijo él. "Soy Gonzalo Suárez".
Digo, perdóneme, pero no sea Gonzalo Suárez. No puede ser, porque es que se murió justo ayer.
"Soy lo que queda de él", me corrigió. O sea, su recuerdo.
"Si tú mismo lo has dicho, que te recuerdo a él".
Y ahora fue él quien se incorporó de la cama y se encendió un candelabro entre nosotros.
A mí la situación se me hacía imposible porque ni en sueños he sido capaz nunca de hablar con los muertos.
"Te entiendo", dijo él, adivinando. "Te entiendo, pero siempre hay una primera vez".
Ya, ya. Pero nunca es tarde para aprender.
"Chico, actualízate", me dijo que la vida es aprender y hay que...
"Sí, renovarse o morir".
"Así de hombre, Gonzalo. Renovarse o morir".
Pero más con la muerte recién muerto. Pues no sé si corresponde.
"El humor es mi única fe", sentenció él y me sentenció.
O esa impresión tuve, empeñado yo en parecer más mortecino que él y en corregir a un difunto.
Entrevistaba que, en lugar de engarzar al vuelo un par de preguntas brillantes, prefiero entrevistar a que me entrevistan, dijo, confirmando que quien pasa a mejor vida puede leer el pensamiento de aquellos que seguimos en este valle de los mortales.
Me dijo:
"Los mortales es lo que somos los mortales, que sabiéndonos mortales anda que no nos enfocamos cuando alguien como yo y se muere".
Yo seguía intentando dar con alguna pregunta brillante, pero desde que dejé el periodismo de opinión solo se me ocurren afirmaciones.
"Uno no deja de ser periodista. Nunca", me dijo Suárez.
"Te lo digo yo, que me hizo novelista y guionista y cineasta para dejar sin tiempo al periodista que siempre he sido".
Entendí que su cabeza, aún siendo solo un recuerdo, seguía yendo más deprisa que la cabeza de cualquier otro ser vivo.
¿Para qué iba yo a intentar seguirle el ritmo?
"No hay periodismo sin literatura", siguió Gonzalo.
"No hay cine sin literatura".
"No hay historias en literatura, aunque sí haya libros en los que no hay ni rastro de literatura".
Ya te digo, me salía a decir amigas y como acto reflejo se editan tantos que es natural que algunos lleguen al lector sin una sola frase aprovechable.
"Piensa en deportes", siguió Gonzalo. "De quien piensa una crónica de deportes sin literatura. No es más que datos, números, estadísticas".
"El verbo aporta la emoción, tal como el cineasta aporta la mirada".
Me pareció que al decirlo cerraba un poco los ojos, como si él también soñara.
"¿Y la realidad?", le pregunté yo. "¿Hay realidad sin literatura?"
"Claro que la hay", preguntaría Maricarmen, pero sin literatura no habría manera de entender nada.
Nadie podría contárnoslo tal como está la realidad.
"Igual sería un descanso", murmuré.
"Y así, para descanso eterno", dijo él, haciendo de nuevo una broma sobre sí mismo.
Yo de la realidad estaba bastante escarmentado porque por puro vicio me había leído los decretos de vivienda que había por el Gobierno y sus 215 borradores previos y estaba más perdido que Isabel Rodríguez.
Me pareció, por cierto, cruel, que enviaran a la ministra a explicarle a la prensa un carajal de papeles sin haberle dejado entrenar antes con actores.
Los periodistas, cuando huelen la sangre, entran a matar y de ahí ya no salen.
"El periodismo es una tribu compuesta de un solo indio", dije en voz alta.
Y me dijo Gonzalo:
"Eso no es mío, es de Eduardo Mendoza en el prólogo a La suela de mis zapatos".
Que es uno de sus libros, me contó César.
Por cierto, que encima yo, el niño Jesús, se ausenta a veces de su hornacina, pero a nadie le extraña porque saben que sale a visitar a los amigos y que luego vuelve.
Y tanto entra y sale el niño Jesús, que se le gastan las suelas y hay que ponerle cada Navidad zapatos nuevos.
Pensaba yo en eso, en un bebé con zapatos.
Cuando Gonzalo Suárez me pidió permiso para retirarse, me dijo:
"Recuérdame en otro momento, porque yo ahora tengo que irme".
"Pero ¿adónde te vas a ir?"
"¿Cómo que a dónde vas? Al tanatorio, a que me despidan".
Y caí en la cuenta de que en el tanatorio es donde mejor se entiende la vida, aunque sea a posteriori.
"Al final, el cine de soñar despierto"
"Al final, el cine de soñar despierto", me dijo antes de volverse a dormir.
Ya para siempre.
"Al final es cine soñar despierto, ¿no te parece?"
Y ahí le tuve que decir que no estaba del todo de acuerdo.
Digo, digo, no solo soñar despiertos es también lo que hacemos cada día a esta hora, aquí en la radio, remando al viento y tratando de entender a Frankenstein.