Opinión

Alsina, ante la reunión de Junts en Perpiñán: "Este Puigdemont es el líder menguante al que el Gobierno ha toreado con mano izquierda"

Carlos Alsina hace un análisis del encuentro en que el partido independentista decidirá si rompe su relación con el Gobierno de España, para el que su apoyo es fundamental.

Puigdemont tensa la legislatura: Junts decide este lunes en Perpiñán si rompe con Sánchez

Carlos Alsina

Madrid |

Sucedió no hace tanto tiempo. Froilán tenía nueve años. Froilán… Felipe Juan Froilán, el sobrino mayor del rey Felipe. Los empleados del museo de Cera de Madrid recibieron la instrucción de cambiar de sala una de las figuras allí expuestas. Del salón dedicado a la familia real debía ser trasladado al salón del ruedo y colocada discretamente detrás de un burladero, como si estuviera viendo una corrida pero para que no pudiera vérsela en compañía de los reyes y las infantas de cera al haber sido corrida en la jerarquía de la regia familia. Comparadas con las personas de carne y hueso, según tiene comprobado el personal del museo, la ventaja de las figuras de cera es que puedes degradarlas y relegarlas sin que tuerzan el gesto ni emitan una sola palabra de protesta.

Un día antes de aquella postergación de cera había llegado a los teléfonos móviles de unos cuantos periodistas un SMS cuyo remitente era la oficina de prensa de la Zarzuela. SMS, aún no había WhatsApp. Decía así: 'Los duques de Lugo, doña Elena de Borbón y don Jaime de Marichalar, han acordado el cese temporal de su convivencia'. Ciento dieciséis caracteres contando espacios. Aún habrían cabido otros cuarenta y cuatro por el mismo precio (quince céntimos de euro en 2007), pero para qué más.

Se hizo, así, noticia lo que hasta ese momento era rumor. Muy extendido rumor, porque el duque estaba yendo solo a los desfiles de moda y la infanta estaba yendo sola a las celebraciones familiares. Pronto se supo que la Zarzuela había querido evitar la palabra separación porque le parecía demasiado taxativa. Eligió 'cese temporal de convivencia' y le alegró la vida a los humoristas de todo el país, convertida la muy precisa expresión en sinónimo de eufemismo pueril, disimulo o camuflaje.

Carles Puigdemont i Casamajó muy monárquico no ha sido nunca, pero aún está a tiempo de pactar con Zapatero, o con Galindo, el verificador salvadoreño, o con Santos Cerdán (haciéndole una llamada a la cárcel), el envío de un SMS que anuncie el cese temporal de su convivencia con el hombre que lo amnistió, o sea, Pedro Sánchez. El hombre que lo amnistió a cambio de seguir siendo presidente.

A Puigdemont -no es un secreto- le gusta ser el novio en la boda, el niño en el bautizo y el presidente de una república abortada que sale pitando camino de Bruselas. Hoy amanece en Perpiñán, añorando aquel mítin multitudinario de hace cinco años, con la pandemia llamando ya a la puerta, en el que predicó contra el entendimiento con el PSOE (o sea, contra Esquerra Republicana), porque el diálogo era dejarse embaucar, porque el único camino era la confrontación, porque había que doblegar al estado represor (y tal y cual). En Perpiñán, hace cinco años, tuvo a su vera Puigdemont a Toni Comín -qué tiempos, Toni- y a Clara Ponsatí -qué fue de ella-. Ahí también hubo cese temporal de convivencia.

Este Puigdemont de cinco años después, es el líder menguante al que el gobierno ha toreado con mano izquierda (y derecha, con las dos manos) haciéndole creer que él se encargaba, Pumpido mediante, de que pudiera retomar su vida en Girona este mismo año. Y haciéndole creer que obtendría cesiones suficientes en materias diversas -que si la inmigración, que si el catalán en Europa, que si el lawfare- como para comerle la merienda a Esquerra y emerger como la nueva Convergencia, perdón, como la vieja Convergencia o el PNV de siempre, partidos conseguidores en Madrid.

La cosecha le ha salido regulera. Y aunque el gran persuasor, Rodríguez Zapatero, se deshaga en mensajes y en propuestas; y aunque el presidente Sánchez, manso-manso, se deshaga en gestiones alemanas para obtener algo nuevo con que apaciguarle; y aunque el coro de ministros activistas ya le advierta de solo hay un lado bueno de la historia, de cualquier historia, y es el sanchista, Puigdemont ha llegado a la conclusión de que, como dicen los modernos, no le renta.

Puigdemont ha llegado a la conclusión de que, como dicen los modernos, no le renta

Ha diseñado su enésima puesta en escena, en Perpiñán, para hacer saber hoy que hasta aquí llegó la convivencia. Siempre, claro, que su militancia se lo bendiga. Y siempre, claro, que todo el mundo entienda que esto no significa que vaya a derribar a Sánchez sumándose a una moción de censura se llama instrumental, táctica o como sea. Modere la derecha nacional este estado de excitación que Puigdemont -quién lo iba a decir- le produce ahora. Qué no, que Sánchez no va a caer por una moción de censura.

Qué no, que Sánchez no va a caer por una moción de censura

Si hoy la tropa puigdemónica lo tiene a bien, además de dolerse por lo trilero que es Sánchez y lo engañados -criaturitas- que los ha tenido, podían detallar en qué consiste la ruptura. Si consiste, por ejemplo, en que no apoyarán los Presupuestos que nadie ha presentado y que dijeron que no iban a apoyar. Si consiste, por ejemplo, en que votarán en contra de propuestas del Gobierno, como ya han hecho, y a favor de propuestas del PP, como también han hecho. Y si consiste, en fin, en que desempolvarán la añagaza aquella de la cuestión de confianza a la que iban a obligar a someterse a Sánchez y que Sánchez esquivó regalándole a Junts una vez más los oídos.

En Perpiñán, hace cinco años, Puigdemont aún exigía que se diera por bueno el referéndum del primero de octubre y Cataluña fuera un estado independiente. Hoy exige que se le acepta una consulta a sus bases para independizarse él del bloque de investidura. Sí que han cambiado las cosas, sí. Sobre todo, para él.

Jaime de Marichalar, por cierto, fue evacuado del museo de cera tres años después de su cese temporal, cuando se dictó sentencia de divorcio y la dirección entendió que ya no era nadie. Entre cámaras, flashes y fotógrafos, dos operarios del museo agarraron la carretilla de mover muebles, subieron al duque y se lo bajaron al almacén de personalidades devaluadas.

La leyenda madrileña dice que él, y Sadam Hussein, fueron reconducidos más tarde al Museo del Ferrocarril para encarnar, cambiándoles de atuendo, a esforzados ferroviarios. Pero es leyenda. Marichalar sigue encerrado, bajo siete llaves, en el desván de la plaza de Colón. Con Sadam. Y con alguno más.

El PP espera vivir una semana de gloria

El PP confía en vivir una semana de gloria entre divorcios puigdemónicas e interrogatorios a Sánchez en el Senado. Pero la semana ha empezado, para el PP, con clamores populares en contra de dos de sus gobiernos autonómicos. En Sevilla, por el cribado. En Valencia, por la riada. Juanma Moreno podrá alegar que ocho mil manifestantes -dato del gobierno central- para la dimensión que ha alcanzado la polémica es una cantidad apreciable pero muy inferior a lo que sus promotores esperaban y el gobierno autonómico se temía. En abril hubo una manifestación en San Telmo contra la política sanitaria del PP y la delegación del gobierno calculó tres veces más.

En Valencia, por el contrario, Carlos Mazón ha podido comprobar que la movilización popular no remite. Que, transcurrido ya un año desde la riada y habiéndose celebrado ya once manifestaciones, salgan a la calle cincuenta mil personas a exigir la cabeza de Mazón revela la hondura del malestar -o la indignación, o la aversión- que en buena parte de la sociedad valenciana anidó hace un año y en modo alguno se ha amainado.

Carlos Mazón ha podido comprobar que la movilización popular no remite

La encuesta publicada este fin de semana en Las Provincias y ABC -no son periódicos peligrosamente izquierdistas- es contundente: la abrumadora mayoría de los encuestados suspende la gestión de Mazón y le atribuye la responsabilidad principal por las negligencias acumuladas en los días de la riada. No solo a él, pero sobre todo a él. Si el PP creía que el paso del tiempo, y la reconstrucción, rehabilitaría a Mazón como posible candidato, a la vista tiene que no ha sido así.

Este último episodio del relato cambiante sobre dónde estuvo o dejó de estar la tarde de la riada, confirmando ahora que Vilaplana y él no se despidieron, como habían dicho, en el restaurante sino que fueron juntos hasta el parking, retrasando aún más la llegada de Mazón a su despacho cuando ya estaban sus altos cargos llamándole para advertirle de la gravedad de la situación que encaraban, enmaraña de nuevo su versión de aquel día y realimenta la impresión de que ni fue diligente aquel día ni después ha sido claro.

El miércoles se oficiará en la Ciudad de las Artes el funeral de Estado. Un año ha tardado el Gobierno central en hacerlo posible. Mazón asistirá porque, por contestado que esté, sigue siendo el presidente de la Comunidad Valenciana y solo en su mano está no personarse. Hay familias de víctimas que prefieren que no vaya. Hay otras que no se han pronunciado. Ya se celebró un funeral en diciembre a iniciativa no del Gobierno sino del obispado.

Ya hubo un funeral por las víctimas y no quiso estar presente en él Pedro Sánchez. Nunca dio una explicación convincente del porqué. Evitó el presidente pisar Valencia tras el episodio de un mes antes en Paiporta, cuyas calles abandonó ante el riesgo de resultar agredido mientras los reyes escogían quedarse. Sánchez y Mazón no se han visto en un año. Lo harán el miércoles en el funeral. El acto en el que el protagonismo no corresponde a ninguno de los dos. Protagonistas son las víctimas y sus familias. Y en nombre del Estado quien hablará será el rey. Que ha pisado más la Huerta Sur que Mazón y que Sánchez.