La dolorosa reflexión de Alsina ante la tragedia de Adamuz: "Qué injusta, qué maldita y qué cabrona es la muerte"
El director de Más de uno ha resaltado la crudeza del final con el que se han encontrado de improviso más de 40 personas en el accidente entre dos trenes en la provincia de Córdoba.
Madrid |
Es la expresión en sus rostros. La mirada. "Las personas que han perdido a un ser amado parecen desnudas. Lo parecen porque se sienten invisibles. La suya es la expresión de la vulnerabilidad extrema, de la indefensión, de la fragilidad, la flaqueza".
Esto lo escribió Joan Didion después de enterrar a su marido. Y antes de tener que enterrar a su hija. "Sé que la muerte se convertirá en algo que pasó, que cada vez me resultará más remota, desdibujada. Sé que intentaré mantener con vida a mis muertos para tenerlos más tiempo conmigo. Y que llegará el momento en que tenga que dejarlos ir, dejar que se los lleve el agua y los diluya el tiempo".
Pero el momento no ha llegado. No quiero que llegue aún ese momento. Quiero más noches de recuerdos y de suspiros. No quiero reconocerme en la palabra viuda. No es así como me siento. Desnuda, sí. Indefensa, sí. Frágil, ya lo creo. Es esta expresión, en el rostro, en la mirada, la que tal vez solo pueden reconocer quienes la han visto antes (y la han sufrido) dibujada en sus propios rostros. "La muerte no escribe a lápiz". No se puede borrar. El trazo de la muerte es indeleble. La ausencia es irreversible. La mancha que deja (que te deja) es imborrable.
Joan Didion, obviamente, no estuvo ayer a las puertas del centro cívico de Córdoba que ha sido habilitado como sala de espera (desolada sala de espera) para familiares en busca de seres amados, pero hace veinte años ya dejó escrita la descripción más fiel y más precisa de los rostros y de las miradas que allí se han reunido en estas últimas veinticuatro horas. Reconociéndose unos en la mirada perdida de los otros.
La muerte nos iguala, escribió Carlos Fuentes. "La muerte espera lo mismo al más valiente que al más cobarde, al más bello que al más feo de los hombres. Un día -lo sabemos- la muerte vendrá por nosotros, pero mientras ese día llega, nos va arrebatando a las personas a las que amamos". Sin explicación, y sin motivo y, a menudo, sin dar aviso.
Puede que la frase más certera que se haya pronunciado nunca sea esta de Carlos Fuentes que ahora hago mía: "Qué injusta, que maldita y qué cabrona es la muerte".
Buenos días, por cierto, desde Onda Cero. Y bienvenidos a una nueva mañana de radio. Martes, 20 de enero de 2026.
España, en duelo
España, en duelo. España, en el primero de los tres días de luto que ha decretado el Gobierno. El trabajo de los bomberos continúa en el lugar donde se salieron de la vía, consecuencia del impacto del Iryo, los dos vagones del Alvia que han quedado destruidos. El trabajo de sacar esos restos del talud para poder examinarlos y poder recuperar los tres cadáveres que se encuentran aún allí dentro.
La descripción que ayer nos fueron haciendo los bomberos de la dificultad de abrirse paso entre los hierros retorcidos preservando, a la vez, la integridad de los cadáveres y la seguridad de los propios bomberos explica que esos trabajos se prolonguen durante horas. Los cadáveres trasladados al instituto de medicina legal de Córdoba son 37. Uno más ha sido encontrado ahora en el Iryo. Son cuarenta y uno los muertos, por tanto. Se ha completado ya la mayoría de las identificaciones.
El desgarro de los familiares, de los que anoche era testigo Rafa Latorre, con nuestro equipo de periodistas desplazados a Córdoba, es lo más amargo que se sigue produciendo. En el centro de información del que muchos de ellos han salido hasta ahora sin las respuestas que buscaban. Otros ya vieron confirmadas sus peores sospechas al ser informados de que, en efecto, el familiar (o los familiares) a los que buscaban no sobrevivieron al siniestro.
Cada fallecido es la historia de una vida segada; cada superviviente es la historia de una vida reiniciada. Queda una niña de seis años, única superviviente de su familia, huérfana de padres, habiendo perdido a su hermano y a un primo, como encarnación de la quiebra irreparable que el accidente de Adamuz trajo consigo.
Cada fallecido es la historia de una vida segada; cada superviviente es la historia de una vida reiniciada
A la vez, sigue el trabajo de quienes habrán de aportar al juzgado los elementos necesarios para establecer la causa probable del accidente y las posibles responsabilidades. Y ahí estamos aún en una etapa incipiente y, por ello, no concluyente. Es cierto que la investigación se ha iniciado por donde cabía esperar: el estado de la vía. Dado que el Iryo pasó su última revisión, favorable, la semana pasada, es la vía la primera causa posible.
Un defecto hasta ahora no detectado o un obstáculo no conocido. Está también confirmado que la guardia civil ha constado la rotura de un fragmento de la vía, allí donde había una soldadura, pero como ha dicho el ministro Puente es prematuro establecer si la rotura fue la causa o la rotura fue consecuencia del impacto y el descarrilamiento.
En La Sexta reclamó el ministro mesura porque los investigadores están aún en la fase de recabar indicios y elementos: dijo que no es posible afirmar que una soldadura defectuosa fuera el motivo del descarrilamiento. Le incomodará al ministro comprobar cómo algunos diarios dan por hecho ya que esa fue la causa y la vinculan con una negligencia en la modernización de la vía el año pasado. El Gobierno dice garantizar que la verdad será conocida, aun añadiendo que hará falta bastante tiempo para poder establecerla.
Es llamativo que todos los medios subrayen como hecho inusual que Gobierno central, gobierno autonómico y diputación provincial hayan coordinado sus tareas, sus mensajes y sus comparecencias ante la opinión pública. Inusual, en efecto, es. Extraño, por lo infrecuente. Y perfectamente racional porque lo llamativo debería ser lo contrario.
Pero, a la vez, no hay comentarista que no dé por hecho que esto durará un suspiro y que, en breve, tendremos intentos de sacudirse responsabilidades, de achacárselas al adversario, de sacar conclusiones precipitadas, de demorar las posibles conclusiones y, por supuesto, de crear alguna comisión de investigación. Y entretanto, le tocará a un juzgado hacer la investigación más rigurosa posible y atender las demandas que, sin duda, van a presentar los damnificados. Que son muchos.
Los afectados, por cierto, pueden decir lo que quieran porque están desahogando lo que sienten. A quien ha perdido, de golpe, a una persona amada en un accidente de tren, nadie le va a pedir que distinga con serenidad entre el fallo de una catenaria que obliga a suspender el servicio y el descarrilamiento mortal de tres vagones que mata a cuarenta personas. Al resto, sí. Se le puede y se le debe exigir.
Si la construcción defectuosa de una vía férrea ha sido la causa, habrá responsables. Pero mezclarlo ahora todo juntando los retrasos o las incidencias por fallos menores con este accidente cuando no hay elemento alguno que permita relacionar un hecho con los otros lo que busca no es ni esclarecer ni hacer justicia, lo que busca es enmerdar. Dolerse de la politización mientras uno mismo politiza. El viejo truco de fingirse apaciguador y prudente mientras se siembra la insidia y se alimenta gratuitamente la sospecha.