Alsina, tajante sobre el juicio a Begoña Gómez: "No es un comité de ética pública, es la interpretación y aplicación de la ley"
El director de Más de uno ha diferenciado entre la ética en las actuaciones de la mujer del presidente del Gobierno y su posible responsabilidad jurídica en los cuatro delitos de los que le acusa el juez Peinado.
Madrid |
La culpa la tuvo Pulcro. Luego ya César lo usó como coartada y Cicerón le remató la faena. Fue Pulcro, Publio Clodio Pulcro -pocos nombres con tantas eles-, joven patricio imprudente y descarado, quien se coló en la fiesta a la que no estaba invitado. Esto se lo he leído a Jorge Freire, nuestro filósofo, en el ensayo que publicó sobre el honor y la palabra.
La historia es la siguiente: Pompeya, la esposa de Julio César, asistía a la fiesta en honor de la diosa de la fertilidad, diosa y fiesta exclusiva para mujeres donde los hombres estaban proscritos. O en palabras de Freire, "donde los hombres tenían menos cabida que un futbolista sin tatuajes en un vestuario de primera (división)".
Pero ocurrió que el descarado Pulcro se disfrazó de mujer y se coló en la fiesta. Fue interceptado, y neutralizado, a las primeras de cambio, pero eso no evitó que echaran a rodar los rumores. Dijeron los propagadores del bulo que el Pulcro travestido había entrado allí para deshonrar a Pompeya y que ésta se había dejado querer por el imberbe. Falso de toda falsedad. Conmoción en la urbe.
A Pulcro lo sientan en el banquillo acusado de allanamiento (de morada, no de Pompeya) y sale absuelto porque no siempre los procesados son encontrados culpables. De Pompeya ni se ocupa el tribunal porque no hay el menor indicio de que ella colaborara o supiera de los planes del infiltrado.
Pero es su esposo, el líder máximo, quien repudia entonces a su señora con el novedoso argumento de que la esposa de César debe estar por encima de toda sospecha. ¿Sospecha de quién? Da lo mismo. Al marido le venía bien e hizo pasar su conveniencia personal por conveniencia de Roma. Cicerón remató la jugada redondeando la frase, que quedó así ya para siempre: "La esposa del césar no sólo debe ser honrada, también debe parecerlo".
La frase hizo tal fortuna que aún hoy asoma en alguna columna de prensa no menos de una o dos veces por semana. Se cita como escuela de ejemplaridad y de la difusa línea que separa la legalidad de la estética (ni siquiera de la ética). En rigor, es una de las manipulaciones más groseras que un gobernante hizo nunca en beneficio propio. Para deshacerse de la mujer, afirmar su honradez a la vez que proclama que ésta no es suficiente.
Si aun siendo honrada hay quien lo duda, acabemos con ella. ¡Y viva César! Cito de nuevo a Freire: "Quien maneja la diferencia entre verdad y apariencia tiene media partida ganada allí donde el oficio de impostor es la más lucrativa de las carreras. El íntegro no necesita doble fondo porque se enfrenta a la vida con la misma verdad con que un arado se hunde en la tierra".
Entre abril de 2024 y abril de 2026, un juez de instrucción, de un juzgado ordinario de Madrid, ha investigado a la mujer del césar. Perdón, a Begoña Gómez. Por haber aprovechado, supuestamente, su íntima relación con el presidente del gobierno, que es quien ejerce el poder, para beneficiar a un empresario afín, de apellido Barrabés, y beneficiarse ella misma con el aliento económico de este empresario a su cátedra en la universidad Complutense.
Fruto de sus dos años de investigación, salpicada de cambios de rumbo, correcciones del órgano superior (que es la Audiencia Provincial), errores en la interpretación del testimonio de algunos testigos (Güemes o el ministro Bolaños) y el intento reincidente de hacer que el caso alcanzara al rescate de Air Europa (atajado por la Audiencia de Madrid), el juez Peinado da por rematada su investigación y expone los indicios que le llevan a considerar delincuentes (presuntamente) a tres personas: Barrabés, Begoña Gómez y la asistente de ésta, y empleada en la Moncloa, Cristina Álvarez.
Álvarez está acusada de colaborar, a conciencia de que era ilícito, en la utilización de su cargo, pagado con dinero público, para actividades propias de la actividad particular de Begoña. En calificación del juez, malversación. La utilización de una empleada de Moncloa y de dependencias de presidencia del gobierno para actividades particulares, y remuneradas, constituye, a decir de Peinado, indicio suficiente de abuso de posición, o traducido, que usó recursos públicos para su aprovechamiento privado sólo por ser quien era, la mujer de Pedro Sánchez.
Fue muy celebrada, en su día, una intervención parlamentaria de Aitor Esteban -hoy presidente del PNV en relevo de Ortúzar, el de Movistar- en la que reprochó al presidente Sánchez que hubiera mirado para otro lado ante un caso, si no ilegal, sí inmoral.
Como lo decía el fidelísimo socio del PNV, nunca incluido por el PSOE en el fabuloso mundo de la fachosfera, los bulos y los pseudomedios, el bocinazo tuvo repercusión. Aunque todo lo que hizo aquel día el celebrado Esteban fue reverdecer a Cicerón y a César con el estribillo recurrente de que la esposa ha de parecer honrada además de serlo.
Las apariencias no forman parte de este juicio (no deberían formar parte de ninguno). No se trata de si resulta feo que la esposa de un presidente, sabiendo el efecto que su condición produce en rectores o ejecutivos de empresas dispuestos siempre a agradar a quien maneja el BOE, hace saber lo bien que le vendría un software para su cátedra o financiación para sus proyectos. No se trata de establecer si eso resulta feo porque sobre eso, quizá, ya no existe duda.
El tribunal, o jurado, que juzgará a la esposa del presidente tiene como único cometido establecer si Gómez incumplió la ley o no lo hizo. Punto. No es un comité de ética pública (la moral va por barrios) y mucho menos el jurado de un concurso de estética. Es la interpretación y aplicación de la ley. Solo eso y nada menos que eso. Quien ha cumplido en todo momento la ley no está obligado a parecer honrado. Basta con que no pueda demostrarse que incumplió la ley.
Es decir, y en este caso, basta con que no pueda acreditarse que la esposa de un presidente se aprovechó de su condición para traficar con favores e influencias, apropiarse de un material académico que no era suyo, utilizar la sede de la Presidencia del Gobierno para sus reuniones laborales y ocupar a la asistente que le puso Moncloa para su actividad protocolaria en asuntos que nada tienen que ver con el protocolo y sí con el negocio.
Si no puede demostrarse que Begoña Gómez hizo nada de eso, será declarada inocente. Y no tendrá obligación de parecer nada distinto a eso. Una esposa de presidente acusada en falso. Por la misma razón, si al final del proceso judicial resultara probado que Begoña Gómez incurrió en alguno de los comportamientos que la ley sanciona -tráfico de influencias, corrupción en los negocios, apropiación indebida, malversación-, entonces será declarada culpable.
Y dará igual que parezca una cosa o parezca otra porque no se juzgan las apariencias sino los hechos. En ese caso, la situación de Sánchez sería imposible porque un tráfico de influencias que quedara probado le interpelaría personalmente: qué influencia habría sido traficada sino la influencia sobre su persona. De su esposa sobre él y sus decisiones sobre empresas que contratan con la administración.
Una concesión populista de juez
El juez Peinado se permite este escarceo histórico, ventajista, de decir que no hay jurisprudencia sobre un tráfico de influencias de estas características porque conductas como éstas en palacios presidenciales no se recuerdan desde Fernando VII. Propias de regímenes absolutistas. Concesión populista del juez al público más cafetero que ve en Sánchez a un felón, que diría Pablo Casado.
La mujer del césar ha de ser honrada como el resto de los ciudadanos. Ya está. Y a las acusaciones les corresponde probar que lo que a ellas les parece que es, en efecto, es. Lo que diga el coro de ministros opinadores y profetas, comentaristas del minuto a minuto del procedimiento, censurando al instructor, aventurando pronósticos, habrá de ser irrelevante para el jurado.
La mujer del césar ha de ser honrada como el resto de los ciudadanos
Basta con hacerse cargo de que los ministros son todos subordinados del marido de la procesada y actúan preventivamente para ahorrarse la bronca de su jefe por no significarse con vehemencia en favor de su señora, es decir, en favor de él mismo (que es el jefe). El de Begoña Gómez siempre fue un asunto personal, de ella, no del gobierno de España al que no pertenece.
Fue el gobierno quien asumió el caso como propio para no disgustar a su presidente y al precio de quemarse y quemarse y seguir quemándose. Hoy estarán felices los ministros porque hasta aquí llegó Peinado. En adelante ya no es él quien decide. En rigor, tampoco lo fue hasta ahora: la mayoría de sus decisiones fueron avaladas por los jueces (varios y diversos) del órgano superior. No ha sido sólo cosa de Peinado. Aunque en el relato del Gobierno ese pequeño detalle siempre estorbe.
Isadora Duncan (en modo mangoneo)
La mujer del César tiene que ser honrada, no parecerlo. Y la ex mujer de Koldo lo que no puede parecer es Isadora Duncan (en modo mangoneo). Esto de que testigos comunes y corrientes de casos de corrupción, no acusados de nada pero vinculados afectivamente a los presuntos corruptos, vayan a declarar con el rostro cubierto y apariencia falsa (la peluca roja de Patricia Úriz) añade un barniz carnavalero que genera perplejidad.
Si esta señora sostiene que nunca hizo nada ilícito, al revés, que sólo ejercía de contable oficiosa de los ingresos y gastos (legales todos) de su honrado marido y el jefe de su marido (tan honrado como el primero), ¿qué necesidad tiene de ocultarse? ¡Proclame la verdad a cara descubierta, como prueba de que duerme a pierna suelta!
¡Cómo se va a reconocer, con esa peluca y esas gafas! (Y ese pañuelo a modo de mascarilla en homenaje al punto de partida de todo el lío: las Soluciones de Gestión o cómo engrasar la maquinaria para que el ministerio le compara las mascarillas al apadrinado de Koldo, Víctor de Aldama, de colega a colega entre chistorras, lechugas y folios).
No se reconoce en las chistorras. No recuerda que llamara así a nada que no fuera una chistorra de verdad. Sí recuerda que iba a comprar regalos para las amigas del ministro, porque para eso estaban Koldo y ella, para solucionarle la vida a un hombre adulto incapaz de hacer nada él solo.
El señor ministro o el señor Ábalos, porque los guardeses de la finca, Koldo y ella, eran exquisitos, escrupulosos a la hora de separar los gastos de ministro de los gastos de adúltero enamorado. Y el dinero en efectivo que manejaban era, naturalmente, el de los gastos que reembolsaba el PSOE por comidas y viajes y esas cosas.
Todo con tíques por delante, solo faltaba. El partido le entregaba los sobres a ella, o al cuñado, o a quien fuera en nombre de Koldo, qué más daba. Y la contable Patricia lo guardaba, lo administraba y de vez en cuando, iba al cajero a ingresar tanto efectivo en una cuenta, pero sólo cuando tenía ya tantos billetes en casa que temía que se los robaran.
Todo, como se ve, pura normalidad en un matrimonio común y corriente que pasa tíques, recibe sobres con billetes en Ferraz y se los administra al señor ministro y al señor Ábalos. Lo único extraño en el comportamiento de esta pareja, señoría, es que él, de pronto, haya echado pelo y ella le haya cogido gusto a la peluca.