MONÓLOGO DE ALSINA

Alsina resalta la ceguera "fingida" de Pedro Sánchez ante el hundimiento del PSOE en Aragón: "Hay huelga de cabezas pensantes"

El director de Más de uno ha destacado la falta de autocrítica del Partido Socialista ante su bajada en las votaciones y las encuestas y la contraria subida de la ultraderecha.

Carlos Alsina

Madrid |

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Joe Luria era un policía de mentira al que un delincuente llamado 'Baby shoes' estuvo a punto de matar. Lo sabrás si viste el capítulo veinte de la segunda temporada de 'House', la serie del doctor Casa (veinte años han pasado). A Joe Luria, policía, le dispara Baby shoes cuando está deteniéndole.

Pero la bala da en un bolígrafo metálico que lleva Joe en el bolsillo de la camisa, se rompe y dos esquirlas le alcanzan la cabeza. Se ríe tanto cuando resulta herido que los espectadores ya nos olemos que algo raro le pasa. Se confirma cuando Foreman le está haciendo unas pruebas de visión y aunque el paciente dice que está bien, resulta que no lo está.

Este es el caso clínico: un tipo que afirma ver perfectamente, pero que, en realidad, no ve nada. Ha dejado de ver, pero no es consciente de ello. Dos capítulos le llevó al doctor House dar con la solución al misterio y a punto estuvo de palmarla el pobre Foreman.

Lo que padecía el policía era el síndrome de Anton-Babinski, que consiste en que una lesión en el cerebro impide que este procese la información que le envían sus ojos. La persona afectada no ve lo que hay a su alrededor, pero dice que sí, describe lo que hay como si lo estuviera viendo y se mueve simulando que sabe dónde están las cosas, de modo que tropieza una y otra vez con los muebles. Y con la gente. Y con la realidad.

Podría parecer que el secretario general del Partido Socialista Obrero Español padece el síndrome de Anton-Babinski, que dice ver lo que ocurre en su país, pero, en realidad, se lo inventa. Pero es al revés. Lo que padece es el síndrome de Anton-Babinski al revés: ve perfectamente lo que hay, entiende exactamente lo que sucede, pero finge que tiene alguna suerte de distorsión cognitiva que le impide procesar lo que para cualquiera es una evidencia. Y es que, llegado su octavo año al frente del Gobierno de España, la sociedad se derechiza, su partido encadena fracasos electorales y la extrema derecha supera el 18% del voto estimado.

Pedro Sánchez ni es corto de vista ni tiene disonancias cognitivas. Solo finge que el hundimiento de su marca en Extremadura, el hundimiento de su marca en Aragón y la imposibilidad, que hoy reflejan las encuestas, de volver a gobernar las regiones de las que fue descabalgado hace dos años y medio, ni le preocupan ni le ocupan. En campaña se harta de dar mítines proclamando que el PSOE ganará, que el PSOE gobernará, que el PSOE salvará a los ciudadanos de las garras de las derechas. Luego llegan las urnas, se pega el batacazo padre y ya no dice ni pío porque todo lo que diga, es verdad, podrá ser utilizado en su contra.

Matizo: en público no dice ni pío. En privado, sí. En la intimidad del pensamiento único que adorna a su ejecutiva. Si cuando Extremadura diagnosticó un caso puntual, achacable al candidato y a la guerra sucia contra su hermano el músico, si prescribió más movilización de la izquierda para sanar Aragón con su extraordinaria candidata Alegría, ahora que el PSOE ha encajado otro pésimo resultado en Aragón todo lo que fue capaz de decir Sánchez, y hacer decir a su voluntariosa portavoz Mínguez (qué papelón el de Montse) es que la culpa es de quien convocó elecciones a destiempo.

¿Autocrítica, dice usted? Por supuesto, la autocrítica de siempre, que consiste en hacérsela al prójimo. La campaña socialista fue tan extraordinaria que Alegría no ganó porque le faltó tiempo. No concreta cuánto tiempo, si dos semanas más, dos meses o veinte años.

Su partido ha perdido cinco escaños de veintitrés y vuelve a perder las elecciones, solo que esta vez el PP le saca diez puntos de ventaja, pero el problema, dice el doctor Sánchez, lo tiene el PP. Que convoca elecciones para perder escaños y engordar a Vox. Acabáramos: el problema es poner las urnas y dejar que la gente vote.

Sin ánimo de incomodar a los acreditados politólogos que, sin duda, trabajan para el PSOE, quienes engordan a Vox cada vez que hay urnas son los votantes. Lo engordan quienes dejan de votar a otras opciones y se pasan a la iglesia de Abascal. Votantes que abandonan al PP y votantes que abandonan al PSOE.

Con una diferencia poco sutil: que el PP sigue ganando elecciones y en condiciones de gobernar, pasando por el aro de Vox, ciertamente, mientras que el PSOE sigue perdiéndolas y carece de opciones para gobernar: ni aunque estuviera dispuesto a pasar por el aro de sus posibles socios -y otra cosa no, pero al PSOE lo hemos visto pasar ya por todos los aros posibles-, no tiene con quién sentarse a negociar concesiones.

Le pasó en Extremadura, le ha pasado en Aragón, si nada cambia le pasará en Castilla y León y le pasará en Andalucía. La izquierda no suma. Es verdad: si Azcón no hubiera convocado en Aragón, Vox seguiría teniendo siete y el PSOE, veintitrés. Pero eso solo significa que la representación parlamentaria que salió de 2023 no coincide con las afinidades políticas de 2026.

Si no pones las urnas no lo vas a poder comprobar papeleta a papeleta, pero que no lo quieras ver no significa que no esté ahí. No es que Vox engorde porque hay elecciones, es que Vox ya engordó. Y cuando hay elecciones, se manifiesta. La solución no parece que sea huir de las urnas o prohibir que se deje votar a la gente antes de que pasen cuatro años. La solución es evitar que tus antiguos votantes se pasen al partido de enfrente.

No es que Vox engorde porque hay elecciones, es que Vox ya engordó

Si todo lo que es capaz de decir hoy la dirección del PSOE es que Aragón no tiene nada que ver con Andalucía y que Montero no correrá la misma suerte que Alegría, es que en Ferraz alguien debería revisarse la vista. Si todo lo que tiene que decir hoy la dirección del PSOE es esta infantilidad de que la ultraderecha son los gremlins… es que la avería en Ferraz es gorda. Hay huelga de cabezas pensantes.

La avería en Ferraz es gorda

De nuevo, quien se moja en las urnas es el electorado; los votantes no son una plaga que se expande por causas ficticias, son los votantes, personas reales que en otros tiempos votaron, por ejemplo, al PSOE. Vox, por cierto, se multiplicó en 2019, gobernando ya Sánchez.

De cero diputados pasó a 24. Sánchez repitió elecciones para no compartir gobierno con Podemos y Vox pasó de 24 a 52. El PP de Pablo Casado no llegaba en aquel momento a noventa escaños. Hoy tiene 137. Por si la señora Mínguez quiere darle una vuelta a esto de cuándo, y gobernando quién, se han multiplicado los gremlins.

Si todo lo que es capaz de decir, en fin, el secretario general del segundo partido de España, siete años y ocho meses gobernando el país, es que hay que ver, a quién se le ocurre convocar elecciones antes de tiempo sabiendo que Vox sacará más diputados que los que tiene, es que la avería del PSOE es astronómica.

A Rufián se le pasa el fervor por la República catalana

El síndrome al revés. De sobra ve Sánchez lo que hay. De sobra sabe que, como ayer decía El País, ser ministro de Sánchez hoy no es un activo electoral sino al contrario. La excepción es Cataluña. Pero es eso, una excepción. Y ahora que al independentismo ya no le resulta urgente, ni imprescindible, ni prioritario sacar Cataluña de España, un fiasco como el de Cercanías puede transformar al activo en una clase pasiva.

Porque a Rufián se le pasó el fervor por la autodeterminación, el referéndum y la proclamación de la república catalana -las 155 monedas- y hoy lo que verdad le pone es salvar a España de la ultraderecha, bendito sea. Al rebufo del fracaso de la izquierda en Aragón asomó la cabeza Rufián para abogar por el frente popular de las izquierdas estatales, nacionalistas, independentistas y lo que haga falta y ha sido acogida la propuesta, en las izquierdas, con tan escaso entusiasmo que para qué dices nada.

Esto ha dicho Maíllo, coordinador de IU, y sobradamente consciente de que Sumar está amortizado y que Rufián como líder de una izquierda española y andaluza igual no cuela. Que también, para qué se mete en este lío Rufián. Pudiendo exigirle a Sánchez, ¿cómo era?, que ponga la urnas para que los catalanes puedan votar en referéndum. Ponga las urnas. Anda que no ha cambiado este cuento. Ahora no se quieren urnas ni en Cataluña ni en el resto de España. No ponga urnas, que nos arrollan las derechas.

Azcón a expensas de Vox

Azcón no se da por arrollado porque de derechas es él. Solo se hace a la idea de que, visto lo visto, va a ser Vox quien escoja qué consejerías le apetecen más, es decir, cuáles permiten rentabilizar mejor la gestión. Las que solo traen problemas que se las quede el PP. Y Feijóo también se ha hecho a la idea de que habrá de pasar por el aro de Abascal en Extremadura y en Aragón. Sólo le queda calibrar el diámetro del aro. Ayer combinó Feijóo la extrema amabilidad a su compadre de extrema derecha con esta suerte de aviso sobre las siete plagas que se le vendrían encima si obstaculizara los gobiernos del PP.

No sea que castiguen a quien no deje gobernar. Pues no parece. Quien dejó tirado al PP saliéndose del gobierno fue Vox. Quien generó toda la inestabilidad que pudo al gobierno de Azcón fue Vox. Quien despreció su popuesta de Presupuestos califándola de power point fue Vox.

Y a quien han premiado los votantes aragoneses, con el doble de diputados que tenía, es a Vox. Mucho voto de castigo no parece que haya habido. Quien ha encajado un toque de atención es el PP. Y esto, Feijóo no ha podido o no ha querido explicárselo. Verlo, claro que lo ve, él tampoco sufre el síndrome de Anton-Babinsky. Solo finge que no ha pasado.