Alsina, sobre el juicio del caso Mascarillas: "El Ábalos que en 2018 predicó contra la corrupción es quien mejor retrata al Ábalos actual"
El director de Más de uno ha recuperado unas declaraciones en el Congreso del exministro de Transportes, en el que realizó un emotivo discurso a favor de la limpieza pública, ocho años después se sentará en el banquillo de los acusados.
Madrid |
Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Años después de que Fernando Colomo filmara para 'La vida alegre' la famosa escena del zapato en la que Resines se deshace del mismo creyendo que lo ha olvidado allí su amante cuando, en realidad, es de la jefa de su mujer, que tiene por costumbre quitarse los zapatos en el coche, contó el director que la escena emulaba un episodio real que le había contado Ana Obregón, famosa -famosísima- por vivir todo tipo de aventuras, algunas de ellas incluso reales.
Treinta años después de 'La vida alegre' y ocho años antes de que Almodóvar promocionara su última criatura, 'Amarga navidad', proclamando a los cuatro vientos que la historia era su propia historia, que Leonardo Sbaraglia es él mismo, que la crisis del cineasta atascado, reiterativo y sin gracia es su propia crisis, un autor de historias increíbles, menos reputado que Obregón y Almodóvar pero, a estas alturas, igual de conocido, declamó ante el público atento del Palacio de las Cortes un poema dramático sobre las tentaciones humanas, los pecados, los vicios y la sanción que la indecencia merece que solo mucho después se supo que estaba inspirada en su propia naturaleza y sus propios instintos.
Como ocurre con las películas que apetece volver a ver cuando ya se conoce el desenlace para detectar la cantidad de pistas que pasaron inadvertidas, con el relato oral que hizo en 2018 este contador de historias ocurre que solo al escucharlo de nuevo uno cae en la cuenta de que, apretándole ya el zapato, estaba desvelándonos el futuro, adelantándose a los hechos, hablando todo el tiempo de sí mismo.
El uso del poder para generar corrupción, encubrirla con tretas y denigrar las investigaciones judiciales. El emotivo discurso sobre la limpieza pública como gran coartada -gran impostura- para camuflar el anhelo de hacerse un patrimonio abusando del poder que el jefe te ha atribuido.
El uso del poder para generar corrupción
Así como el Sánchez de antes de llegar al poder es quien mejor refuta al Sánchez que luego gobernó, el Ábalos que subió en 2018 a la tribuna del Congreso a predicar contra la corrupción es quien mejor retrata al Ábalos que ocho años después se sienta, hoy, por primera vez en el banquillo acusado de corrupción.
O de corrupciones, porque esto que hoy se inicia es un rosario de juicios sobre corrupciones en todas sus modalidades posibles: del trapicheo con los contratos de las mascarillas durante los peores días de la pandemia, a las mordidas por adjudicaciones de obra pública antes, durante y después de la pandemia, pasando por la utilización de las empresas públicas como abrevadero salarial de amigas y conocidas y el uso de dinero en efectivo sin control real alguno para justificar sobre con billetes en el partido.
El Partido Socialista. Del que fue capataz, por expreso deseo de su compañero, líder y amigo Pedro Sánchez cuatro años. Todo lo que Ábalos exigió a Rajoy aquel día de autobiografía visionaria en el Congreso es lo que Ábalos se ha negado a hacer desde que en 2024 fue detenido Koldo García, su Koldo, su hombre para todo, su asesorísimo, y el mundo a su alrededor empezó a resquebrajarse.
Ni él asumió responsabilidad política alguna -se la hicieron asumir desterrándole del grupo parlamentario por haber dado galones a quien no debía- ni asumió responsabilidad política alguna quien le dio galones a él. A día de hoy aún no la ha asumido, ni la asumirá.
La nueva doctrina de Sánchez
En los dos años que han pasado desde que la UCO empezó a tirar del hilo de las mascarillas del corruptor Aldama y sus colegas de Soluciones de Gestión, el presidente del Gobierno ha alumbrado una novedosa doctrina sobre la forma de asumir responsabilidades políticas por haber escogido dos escuderos que le salieron rana: la doctrina dice que uno asume responsabilidades sólo por el hecho de decir que ya las ha asumido, aunque nada cambie ni en su situación, la de él, ni en sus competencias, las suyas, ni en el poder que sigue ejerciendo -que en su caso es todo el poder, en el gobierno y en el partido-.
Todo aquello que el Sánchez opositor le reclamó a Esperanza Aguirre por sus dos batracios encarcealados, todo lo que le arrojó a la cara a Rajoy (y con razón) a cuenta de la Gurtel -dimita aunque no fuera usted el corrupto, dimita aunque diga usted que no supo nada, dimita porque su obligación era impedir que floreciera la corrupción a su lado-, todo aquello es lo que hoy ha borrado de su memoria democrática el presidente que todo lo justifica -lo de Ábalos, lo de Koldo, lo de Cerdán, lo de Leyre, lo de Salazar- en que él siempre estuvo en Babia y asumió su responsabilidad al decir que la asumía.
Para impugnar la presunta coherencia y los presuntos principios en la gestión de los escándalos Sánchez se basta y se sobra: todo lo tiene él dicho, todas las posibles posturas las tiene ya enunciadas. Y en cada momento asume la que más airosa le resulta. Incluido aquello de afirmar que, en lo relativo a su vida privada, José Luis era para él un extraño.
Lo que hoy empieza a juzgar el Tribunal Supremo no es la vida privada de José Luis. Es la gestión pública del ministro Ábalos. El mismo que compartió decenas de consejos de ministros, cientos de reuniones mañaneras en Moncloa, cientos de ejecutivas y comités federales, cientos de viajes, cientos de mensajes, cientos de conversaciones con su amigo el presidente en Babia.
Uno no se corrompe porque tenga la oportunidad de hacerlo. Uno se corrompe porque decide corromperse. Lo elige. Lo desea. Lo lleva dentro. "Los ladrones somos gente honrada", que diría Jardiel. Cuando Ábalos subió a la tribuna del Congreso en 2018 ya llevaba un corrupto en potencia (presunto corrupto) dentro. Sólo así se explica que apenas tardara unas semanas en abrirle las puertas del ministerio al tal Aldama acunado por Koldo.
Cuando Cerdán llegó a Madrid, a compartir piso con Servinabar Alonso y disfrutar del despachito en Ferraz ya llevaba un presunto corrupto dentro, sus negocios con Antxón eran muy anteriores al regreso de Sánchez a la secretaría general y a los avales que les vigiló, insomne, el cortador de troncos, su tronco Koldo.
No detectar que los presuntos corruptos se te pegan, que el Peugeot se te llena de frescos con ganas de vivir la vida -la vida padre-, no reparar en qué clase de oficiales has nombrado para que se hagan cargo de tu ejército, y dejarles hacer, y seguir dejándoles hacer, aun habiendo escuchado ya cosa sobre el tal Koldo, sobre la larga mano que tiene en el ministerio, sobre la relación exageradamente estrecha -viajes y hoteles- que mantiene con Jose, el ministro, no haber sido capaz de enterarte de nada (versión más generosa) y no haber movido un dedo hasta que la UCO vino a revelarte el mundo real que habitabas hace años exige algo más que una contrición tan afectada como carente de consecuencias.
Ayuna de rendición de cuentas y de asunción (real) de responsabilidades. La teoría recurrente, y ventajsta, de la manzana podrida, la oveja negra que avergüenza a la familia y la bendita inocencia de los jefes, tutores y mentores que nunca se enteraban de nada.
Dejó escrito Benjamin Franklin en su almanaque del Pobre Ricardo que la manzana podrida echa a perder a su vecina. Y que "la verdad a medias es casi siempre una gran mentira".
No es Sánchez quien empieza a ser juzgado hoy en el Supremo, eso es un hecho. Son los hermanos Dalton a los que él confió el rancho de Ferraz. Los Dalton también decían ser garantes de la ley, hasta que se pasaron al lado oscuro y mutaron en banda de forajidos, inmortalizada en la memoria de los boomers por los dibujos animados de Lucky Luke.
Los hermanos Dalton eran todos clavados, salvo en su estatura y su agudeza. Iban del más alto al más chaparro y del más avispado al más tonto. Pero forajidos eran todos. El problema que representa la oveja negra es que no hay manera de blanquearla. Y que en medio del blanquísimo rebaño, la oveja negra resalta tanto que cuesta creer al pastor que pastorea cuando se duele de no haber sabido ver el carácter oscuro de uno de sus borregos. Bueno, de uno. De, al menos, tres.