Monólogo de Alsina

Alsina evidencia la soledad de Montero en su defensa de la financiación autonómica: "Si no eres capaz de persuadir con precisión, mejor quédate callada"

El director de Más de uno ha señalado la falta de concreción buscada de la ministra de Hacienda respecto a la vigencia o no del principio de ordinalidad en el plan de financiación autonómico con el que se ha ganado el rechazo de casi todos los gobiernos regionales.

Carlos Alsina

Madrid |

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Hoy la más corta posible sería la del chiste. La conductora que circula en sentido contrario por la autovía, siendo esquivada a duras penas por todos los demás automovilistas -que le dan las luces, le pitan, la maldicen-, y cuando ella escucha al locutor que, alarmado, dice por la radio: 'Mucha atención, porque hay un conductor circulando en sentido contrario por la autovía'. Y exclama ella: '¡Cómo que uno, si son todos!

Ninguna, no, ¡todas! Todas menos la que lo ha diseñado. No, pero la historia que creo que hoy viene a cuento es la de Philip Stanhope, cuarto conde de Chesterfield. Que fue diputado, aunque no cobraba plus para pagarse la vivenda. Fue diputado en 1715 en el Reino Unido. Muy precoz, porque su primera intervención sonada fue en una moción de censura, como Ábalos, digamos, pero expresándose a las mil maravillas.

Le dejaron hablar por ser de la familia que era, porque el chico era menor de edad. Luego hizo carrera política, fue un orador celebradísimo, lideró una corriente crítica dentro de su propio partido (dices: como Jordi Sevilla; no, he dicho que él sí la lideró), las tuvo tiesas con Samuel Johnson por el diccionario de la Lengua (ríete tú de lo de Pérez Reverte ahora con los lingüistas) y generó todo tipo de chismes por su relación con mademoiselle Du Bouchet pese a estar prometido con Melusina Von der Schulenburg, un formidable escándalo. Tuvo un hijo con madmoiselle, ilegítimo, pero al que amó por encima de todas las cosas. Quizá fue lo único que amó de verdad porque tuvo fama de falso, hipócrita, vendemotos y trepa, ya digo que hizo una provechosa carrera en la política.

A su hijo Philip siempre lo cuidó. En la distancia, porque los separaba un canal de la Mancha. Le estuvo escribiendo cartas desde que el crío tuvo cinco años hasta que murió a los treinta y cuatro (ya no tan crío). Una carta al mes, como poco. Le transmitió cómo labrarse un porvenir a la manera en que lo había hecho él: trepando, mintiendo, traicionando pero… todo con muy buenos modales.

Pero, sobre todo, le insistió en la necesidad de saber expresarse. "Si quieres persuadir", le escribió, "lo primero es saber transmitir armoniosa y ordenadamente tu palabra, huye del atropello, seduce a quien te escucha empleando el verbo preciso, la expresión ajustada, el mensaje nítido". Y un poco enfadado, porque el hijo debía de expresarse como si tuviera redes sociales, remató su exhorto de esta forma: "Si no eres capaz de persuadir con precisión, mejor quédate callado". Que en inglés se dice ‘por qué no te callas, hijo’.

A la reunión interminable que ayer mantuvieron los gobiernos autonómicos con la candidata del gobierno central a la presidencia andaluza -vicepresidenta primera María Jesús Montero-, acudieron todos los asistentes teniendo decidido su discurso independientemente de lo que allí escucharan.

Los consejeros iban a lo que iban (a hacerle una cordial peineta al modelo financiero que Sánchez ató con el experto en economía solidaria Oriol Junqueras) y la líder de la oposición andaluza, o sea, Montero, iba también a lo que iba: a predicar contra el PP (y contra Page) y añadir confusión a la confusión sobre el famoso principio de ordinalidad que, a estas alturas, aún no ha sido capaz la vicepresidenta, o no ha querido, de explicar ella misma en qué consiste. Si una aspira a que la sociedad la siga en sus explicaciones lo primero es exponer los principios en que se basa.

Si una aspira a que la sociedad la siga en sus explicaciones lo primero es exponer los principios en que se basa

¿Existe la ordinalidad o no?

Pero aquí se prefiere un debate para iniciados, o para muy cafeteros, para poder decir una cosa y su contraria. El viernes, la ministra Montero expuso que aunque el principio de ordinalidad, tan querido por el 90% de la clase política catalana, no aparece explícito en su nuevo modelo, sí lo inspira, como querían Illa y Junqueras. Ayer, siendo el mismo modelo, pareció que la pretensión fuera la contraria: subrayar que la ordinalidad, en realidad, ni está ni se la espera.

No hay ordinalidad, ¿pero el Gobierno desearía que la hubiera? No la hay, ¿porque no sería justo que la hubiera? ¿Se garantiza sólo para una comunidad autónoma, oportunamente la que gobierna Illa con el permiso de Junqueras pero no para el resto? Lord Chesterfield, por favor: "si no eres capaz de exponer algo con precisión, igual es mejor que guardes silencio".

Ya hemos explicado aquí que, según Junqueras, ordinalidad es que quien más aporta más recibe. El Gobierno de España ha dejado pasar todas las ocasiones que ha tenido en siete días de matizarlo, corregirlo o desmentirlo. La ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez, no alcanzó a aclararnos ayer, en este programa, si ella apoya o no el principio de ordinalidad así expresado.

El Gobierno de España ha dejado pasar todas las ocasiones que ha tenido en siete días de matizar a Junqueras

Y se entiende la respuesta (o el porqué de una respuesta como ésta en una ministra tan clara en todo lo que afecta a su negociado) porque la ordinalidad es el anatema para el PSOE de su propia tierra, Castilla La Macha, la de Page, sí. Que será antisanchista, ciertamente, pero tiene bien diagnosticado qué genera más rechazo entre el electorado de izquierdas en su región, que no es Sánchez sino el sentirse agraviado por el trato preferente, y permanente, a los partidos políticos catalanes: sean el PSC de Illa, la Esquerra de Junqueras o el Junts de Puigdemont, es decir, tanto al gobierno como a la oposición catalana. Fue el gobierno socialista manchego, que no el PP, quien ayer se soltó la melena para imputarle a su ministra de Hacienda el empeño en chantajearle.

En otros tiempos, y en otras circunstancias, escuchar a un gobierno autonómico socialista llamar chantajista a la ministra de Hacienda socialista (y por extensión, al presidente) habría sido un terremoto. Hoy mismo lo sería si un gobierno autonómico del PP, qué te digo yo, Andalucía, llamara chantajista a Feijóo, que no estaría diciendo el Gobierno entonces sobre la quiebra interna en ese partido y la guerra entre Génova y los barones.

Con el PSOE ocurre que barones ya tiene pocos: dos, en concreto. Page, mayoría absoluta, y Barbón, ganador de las elecciones. Illa, como él mismo aclara siempre, es PSC. Y ya es casualidad que los dos gobiernos del régimen común que mantiene el PSOE rechacen el modelo que, según el gobierno del PSOE, es lo mejor que le ha pasado a la España autonómica en décadas.

Castilla La Mancha lo hace endureciendo el verbo, como hemos oído, Asturias lo hace a la manera de Barbón, un poco de perfil para no ser tachado de antisanchista y con su vicepresidenta hablando lo justo y agradeciendo a la ministra que se ofrezca a escuchar propuestas. Pero vamos, que está en contra.

No es por insistir, pero es el Gobierno central quien ha tenido una semana para probar que la ordinalidad que inspira su modelo…perdón, a la que tiende, no es una ordinalidad buscada sino fruto de que, después de hacer las cuentas, oye, a Cataluña le ha salido que sí y a Madrid, por ejemplo, que no. En lugar de eso, la vicepresidenta ha intentado hacer creer que ella no sabe, en realidad, qué región ocupará el mismo lugar del ranking en aportar y recibir y qué región no porque, atención (es la ministra autora de los cálculos) ella no tiene los datos.

No se lo creyeron doce de trece gobiernos autonómicos -no lo cree el 92% de los consejeros autonómicos presentes- pero oye, ella lo ha intentado. Los demás se equivocan, los demás tiran de argumentario, los demás mienten; ella, frente a tanta desinformación y tanta mala sangre, vela por el bienestar del país y deja que Junqueras aparezca como el ideólogo del modelo: si le das esa baza, no te duelas ahora de que la aproveche. Ay, la ordinalidad. Tu palabra envenena mis sueños.

Y ahora que sabe que tiene a todos los gobiernos autonómicos menos el coautor del modelo en contra, ¿qué hace el Gobierno? Pues ignorarlos, claro. Alegando, y es verdad, que esto no deja de ser una ley orgánica que quien avala o rechaza es el Parlamento. Tiene razón. La palabra la tienen los diputados (porque el gobierno al Senado ya no lo tiene en cuenta: ni el Senado ni los gobiernos autonómicos, sólo vale lo que diga el Parlamento).

Las argumentaciones del Gobierno siempre son ventajistas, hay que asumirlo. Cuando le convenía presumir de cogobernanza, daba un extraordinario valor a pactarlo todo con los gobiernos autonómicos. Ahora que se le han puesto todos de uñas, ni cobernanza ni gaitas. Cuando llega a un acuerdo con los sindicatos, por ejemplo, lo lleva al Congreso y dice: cómo van a rechazar los diputados lo que los sindicatos ya han bendecido.

Ahora sería: cómo van a avalar los diputados lo que los gobernos concernidos han rechazado. Ya, pero no. Se le da la vuelta al calcetín y se dice que aquí mandan los diputados. Y es verdad. Por eso, en caso de que el Gobierno mantenga su proyecto, viene la parte más interesante. ¿Quién representa el alma socialista en Castilla La Mancha y en Asturias, sus gobiernos autonómicos, fruto de la elección de los ciudadanos, o sus diputados nacionales, fruto de la elección de los ciudadanos?

Si al gobierno de Page, coronado por los votantes del PSOE, le parece que este modelo es un chantaje inaceptable, ¿a los diputados del PSOE castellano manchego, elegidos por los mismos votantes, puede parecerles una bendición para su tierra, totus tuus, Pedro? Si a Barbón le repele el principio de ordinalidad, ¿a los diputados del PSOE asturiano puede enamorarles?

El gobierno puede cansarse de decir que el problema lo tiene el PP, pero el PP, está visto, con decir que Sánchez se hinca de rodillas ante el independentismo y vende a los españoles lo despacha todo, sin más precisión tampoco, ni más detalle, sobre cómo repartirían ellos el dinero y qué comunidades quedarían arriba o abajo del ránking. En esto, Feijóo como Montero, se ve que esos números no los ha hecho. Pero quien tiene un problema, de discurso, de coherencia, de claridad en sus criterios de distribución de la renta, es el PSOE.