Monólogo de Alsina

Alsina describe el objetivo de EEUU en Groenlandia: "Para Trump tanto los territorios como los hombres tienen un precio"

El director de Más de uno ha señalado la actitud confusa de los países miembros de la UE, con el envío de una misión de vigilancia, 'no militar', a la isla, mientras Úrsula von der Leyen rebaja el tono y se remite a la OTAN.

Carlos Alsina

Madrid |

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Ujalak era un hombre sabio. Nieto de chamán y conocedor de todos los secretos que habían atesorado sus antepasados. Su talante era sosegado; su actitud, prudente; su única pretensión, hacer el bien a sus vecinos de aldea, en la gélida isla que hoy llamamos Groenlandia. El amor de su vida era su hijo, Aputsiaq, un joven generoso y recto que andaba ennoviado con una chica de su misma edad. Y a quien un amigo de la infancia, enfermo de celos, ahora odiaba con toda su alma. Ikumaq se llamaba el odiador.

Una noche de ventisca, con la tormenta arreciando y la nieve cubriéndolo todo, Aputsiaq, el amado hijo, desapareció. Solo el padre vio en sus sueños lo que había pasado. El malvado Ikumaq lo había embaucado para que lo acompañara hasta el acantilado y, una vez allí, lo había empujado al mar.

Desde aquel día, el sabio Ujalak ya no pudo ser ni sosegado ni prudente. Su única obsesión era que se le hiciera justicia a su hijo castigando a quien lo había matado. Recurrió a los ancianos de la aldea pero estos le dieron largas: tus sueños no constituyen pruebas, querido amigo. Frustrado, quebrado, envenenado, Ujalak recurrió a su última esperanza: la magia. Reunió el cráneo de un ave, la vértebra de una foca, la mandíbula de un oso polar.

Usó tendones para formar con todo ello una sola pieza que talló para darle forma de animal con cabeza de hombre. Le añadió un mechón de pelo de Ikumaq -no me preguntes cómo lo consiguió- bañado en su semen -el de Ikumaq no, el suyo-. Y una vez que tuvo el engendro listo, lo llevó al acantilado donde había muerto el hijo y lo lanzó al mar, de dónde habría de salir el monstruo agigantado y con vida propia, regresar a tierra firme, localizar a su víctima y desmembrarla.

Lo que pasa es que diez segundos después de lanzarlo al mar, Ujalak recordó lo que una vez le advirtió su abuela: quien recurre a la magia del Tupilak (que es el nombre del monstruo) debe de estar muy seguro de que la persona contra quien lo envía carece de habilidades mágicas. Porque, si las tiene, el Tupilak se volverá contra quien lo creó y será este quien acabará destruido. Qué olvido más tonto, pensó el sabio Ujalak. De quien no les cuento la suerte que acabó corriendo porque ya les he hecho bastante spoiler.

La leyenda del Tupilak, el monstruo justiciero -tan parecido al vudú-, es una de las señas de identidad más conocidas de los inuit, los habitantes primigenios del Ártico. Doy por hecho que los preparadísimos asesores que tiene Trump en la Casa Blanca le habrán advertido de ella, por si acaso el primer ministro groenlandés, que es este treintañero deportista de quien ha dicho Trump que no sabe quién es (ni le interesa) echara mano de las más ancestrales estrategias defensivas y a falta de Delta Force groenlandesa, cogiera el asta de un reno, tallara en ella un tupilak con un mechón de pelo naranja, y lo echara al mar para que alcanzara, flotando, el Potomac y se le apareciera, monstruoso, a Donald Trump de entre las obras de su gigantesco salón de baile.

De monstruo a monstruo, Donald

Seguro que es por esto por lo que Trump ha designado como enviado presidencial a Groenlandia al gobernador de la Luisiana, que otra cosa no, pero de magia negra y de vudú debe de saber un rato (que para algo vive en Nueva Orleans). Qué se le ha perdido al gobernador de la Luisiana en Groenlandia, cinco mil kilómetros de distancia, sin vínculo personal conocido con la isla, es un misterio, más que nada porque sigue ejerciendo de gobernador del Estado.

Y a falta de razones más sólidas, se interpreta que lo ha escogido por aquello de que la Luisiana se la compró Estados Unidos a Francia después de que Francia se la comprara a España. Setecientos mil millones de dólares ofrece Trump por Groenlandia, que no consta que esté en venta. Pero ocurre que para Trump tanto los territorios como los hombres comparten una misma característica: todos tienen un precio. O sea, todos, se venden. Y si no se venden, se invaden.

La Unión Europea lleva semanas intentando aparentar que ella misma se cree en condiciones de plantar cara a Estados Unidos en el caso de que Trump pasara a mayores. Alternando la retórica con la ternura -la ternura que produce ver a gobernantes hechos y derechos evitando pronunciar el nombre del presidente estadounidense, en adelante, el innombrable- los gobiernos europeos han hecho saber a los daneses que están, o estamos, con ellos. Y a los groenlandeses, que dependen de Dinamarca, también.

No ha hecho Tezanos encuestas de cómo ha sido recibido este mensaje de aliento por daneses y groenlandeses pero está fuera de duda de que se han quedado todos más tranquilos. No sólo al comprobar cómo Von der Leyen sugiere un día que el tratado de la Unión avala que defendamos militarmente Groenlandia para recular al día siguiente (y de lo dicho, Diego), sino, sobre todo, al escuchar el verbo firme de los ministros de España proclamando que, también en esto, es Sánchez quien lidera la defensa europea, la firmeza frente a Washington y la empatía groenlandesa.

En la misma semana, dos ministras de Sánchez, una en ejercicio y la otra comisionada en Bruselas, Margarita Robles y Teresa Ribera, han abroncado a Von der Leyen y las instituciones europeas por tibias, como diría Ayuso, tibias y moderaditas. Han de aprender de su presidente, que firmó, en un acto de extraordinario coraje, un comunicado de cuatro párrafos con Macron y Starmen en el que tendía su mano a Estados Unidos para mejorar entre todos la seguridad del Ártico, tal como ha pedido Trump. Mayor acto de desafío al innombrable, creo yo que no cabe.

Más que plantar cara a Estados Unidos, lo que han empezado a hacer los gobiernos europeos es atender a la exigencia de Trump de aumentar la dotación militar de la OTAN en Groenlandia. Macron se ha colgado la medalla de haber enviado ya unos cuantos soldados a Groenlandia -el francés siempre está por enviar soldados a algún sitio- y Margarita Robles, que no se iba a quedar atrás, como dicen las crónicas dejó abierta la posibilidad de que ella (perdón, el gobierno al que pertenece, o sea, su jefe el presidente) también envíe.

Más que plantar cara a Estados Unidos, lo que han empezado a hacer los gobiernos europeos es atender a la exigencia de Trump

Vamos a ver, vamos a ver. Misión de vigilancia en Groenlandia. Vigilaríamos, ¿a quién? ¿A los americanos, a los rusos, a los chinos, a los chamanes? ¿Bajo bandera de la OTAN, que es también bandera estadounidense? ¿Con debate parlamentario previo, o como para esto no es preciso el visto bueno del Congreso tampoco vamos a molestarle? (Que bastante tienen sus señorías con debatir allí los presupuestos de Defensa; ah, no, que Presupuestos tampoco tenemos).

Pide claridad la ministra Robles: no es una misión militar aunque se envíe a militares y no son tropas militares sino personas que van en misión de reconocimiento. ¿A reconocer a quién? Pues vamos a verlo.

El asunto, como se ve, está siendo expuesto a la opinión pública con una nitidez y una solvencia encomiables. "¡Úrsula, tibia!""¡Dinamarca, aquí nos tienes, vigilantes!""Donald, perdona que tampoco queríamos molestarte". "¿Soldados? Por supuesto que sí, para eso los tenemos, pero vamos a ver, vamos a ver, igual primero hay que mirar qué tarea concreta les ponemos". "Que no es contra ti, Donald, que es al revés, es para que vea que hacemos lo que querías".

Y además, como ya el lunes va Feijóo a la Moncloa a hablar de estas cosas, soldados, misiones, amenazas del innombrable, pues ya para entonces se ocupa el presidente de despejárselo todo a él y a nosotros. Bueno, pero ya el lunes el presidente lo adiestra, ministra. Ministra de la concordia y el entendimiento: que va Feijóo a la Moncloa; ¿para qué?, si no sabe una palabra ni de seguridad ni de defensa.

Quizá lo más tierno de estos últimos días esté siendo escuchar a Albares y al presidente defender la soberanía nacional danesa frente a quienes se empeñan en cuestionarla. Maravillosa paradoja, teniendo en cuenta que los socios más mimados por el Gobierno de Sánchez son partidos que combaten la soberanía nacional española y se atribuyen el derecho a decidir ellos lo que compete a todos los españoles. No sé si Albares se acuerda, pero eso fue el procés. Bautizado por el gobierno español como el conflicto político para agradar a quienes embistieron contra las normas, las leyes y los derechos de la población de Dinamarca (perdón, de la población española).