Monólogo de Alsina

Alsina critica la "puerilidad política" del Congreso tras el discurso del papa: "Por encima del Parlamento está la ley, sin dios"

El director de Más de uno ha destacado cómo ningún legislado defendió la independencia de la actividad legislativa respecto a la moral católica y prefirieron buscar una parte propia de su manto protector.

Carlos Alsina

Madrid |

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Es apócrifa, porque nunca la confirmó el Palacio de Buckingham. Por más que la publicara la BBC. Se cuenta que llegó un regalo para el Príncipe Felipe, marido de la reina, procedente de la isla de Tanna, en el Pacífico. Pasó el control de seguridad y le fue entregado al consorte, que abrió intrigado el paquete.

Dentro venía una especie de escoba pero sin mango. Un escobajo atado a un cinturón que el príncipe, pasada la sorpresa, identificó rápido como lo que era: un taparrabos. Se probó el cinturón sin quitarse el pantalón y comprobó que el escobajo tenía la longitud exacta para cubrirle su colgajo (con perdón). Se imaginó a sí mismo libre de atuendos oficiales y pudiendo correr por los jardines de palacio como un miembro -con perdón, otra vez- como un miembro más de la tribu de los Nakulamene, que era quien se lo enviaba.

Lejos de ser un regalo provocador, o descarado, era el reconocimiento a la condición divina de Felipe. Porque para este pueblo insular y aislado, Felipe de Edimburgo era el hijo blanco de un espíritu de las montañas que se aventuró a cruzar los mares en busca de una mujer rica y poderosa y al que rezaban cada día para que bendijera sus cultivos de plátanos (con perdón de nuevo). Ritos, cultos y creencias. Tan orgulloso que estuvo siempre el príncipe de su escobajo y de ser agasajado.

Regalos para el papa

Es tradición ancestral lo de los regalos. Entre países, entre gobiernos, entre anfitriones y visitantes, entre políticos y papas.

De Madrid se lleva León XIV, hoy rumbo a Barcelona -no en AVE sino en avión- unos cuantos regalos. La presidenta del Congreso le obsequió con una réplica del 'Libro de Horas', como les conté ayer. Pudo haber elegido el diario de sesiones de algún pleno en el que hubieran debatido sus señorías sobre el bien común y la dignidad de la persona humana pero prefirió no arriesgar.

Hizo la presidenta Armengol, como es costumbre, un discurso malo. Que aún pareció peor en el contraste con el discurso de León XIV, que cuando se pone hace discursos laboriosamente trabados en los que empieza, como ayer, reconociendo la separación de la Iglesia y el Estado, la no injerencia, para dedicar luego cinco páginas a exponer por qué por encima del poder político, y por encima de los legisladores, está la moral y la dignidad humana, entendiendo por moral lo que la Iglesia considera moral; por dignidad humana lo que la Iglesia considera que es digno y propio del ser humano; y por vida humana lo que empieza no el día que uno nace sino el día que ha sido concebido.

No es original del Papa esta frase. La pronunció Benedicto XVI ante el Parlamento alemán hace quince años. Acotó León XIV ayer el alcance de su discurso. Era el pastor de la Iglesia examinando la labor que han hecho los legisladores españoles. Y viniéndoles a reprochar todo lo que, a ojos de la iglesia, han hecho mal socavando la grandeza moral de la nación española. Empezando la desprotección de la vida más vulnerable que, para la Iglesia, es la vida del niño (así lo dice, el niño) que aún no ha nacido.

La grandeza moral mermada por las leyes que desprotegen, según el Papa, la dignidad de la vida humana. Aborto y eutanasia. Y luego reprochó los límites a la enseñanza religiosa. Y la relegación de la fe en la vida pública. Y las políticas sobre la familia (la familia, de nuevo, tal como la concibe la iglesia).

Y reprochó la polarización política. Y el lenguaje hiriente al que se recurre para denigrar al adversario. Y la falta de acuerdos para gestionar la política migratoria. Y el rearme, porque el Papa no cree que ninguna guerra pueda llamarse justa -tampoco la guerra que libra el pueblo ucraniano contra el invasor ruso-. En resumen, León XIV vino a decirle al Parlamento español que casi todo lo ha hecho mal. El Parlamento le obsequió con siete minutos de encendidos aplausos.

León XIV vino a decirle al Parlamento español que casi todo lo ha hecho mal. El Parlamento le obsequió con siete minutos de encendidos aplausos

Puede que ayer asistiéramos al ejercicio de puerilidad política más embarazoso de los últimos tiempos. No en León XIV, a quien desde el primer minuto de su papado hubo que reconocerle el coraje de exponer lo que piensa sin rehuir el choque con el poder político (si lo hace con Trump por su política migratoria y su populismo en el nombre de la fe no va a dejar de hacerlo con el Parlamento español, sin rehuir la legislación que escuece al Vaticano).

La puerilidad no fue del Papa sino de quienes le escucharon y, o no atendieron a lo que les dijo, o no entendieron nada, o se empeñaron en trocear al Pontífice para quedarse con cuarto y mitad de Papa. León XIV les reclamó una renovación moral.

Entendida la moral, de nuevo, conforme a lo que la Iglesia Católica considera recto, justo y atemporal. Por encima de consensos sociales mudables y del vaivén de las mayorías. Siete minutos le aplaudieron. Podían haber reflexionado en silencio siete minutos -más receptivos habrían parecido, y más críticos- o podría alguien haber pedido un turno de palabra por alusiones y por el derecho de réplica (ya sé, no cabe semejante petición cuando uno es sólo público cautivo).

Por encima de consensos sociales mudables y del vaivén de las mayorías

Pero acabó ocurriendo que el Papa censuró al Parlamento español por aprobar leyes que la Iglesia no bendice y no se escuchó una sola voz, ni dentro ni fuera, que saliera en defensa de la actividad legislativa de la Cámara y su derecho a discrepar de la moral católica.

Se ocuparon sus señorías después, ante la prensa, de manifestar, paradójicamente, lo identificados que se habían sentido con el discurso papal, como si le reconocieran al Pontífice la virtud de conocer siempre cuál es el lado correcto de la Historia. Buscaron su manto protector y tiró cada uno de una punta para sentirse a cubierto. Acogiéndose a sagrado. El Gobierno, por la acogida al inmigrante; el PP, porque todo le sonó a música celestial, incluida la acogida; Vox, porque una cosa es discursear y otra la política práctica.

Apenas ningún legislador dedicó un minuto a reivindicar las leyes que fueron objeto de reproche papal; la defensa, o auto defensa, del papel del Parlamento para reconocer nuevos derechos sociales y obligar a las instituciones a respetarlos no tuvo paladín ni profeta que lo defendiera. Como si el poder legislativo se hubiera relegado ayer a la condición de aplaudidor de las posiciones del Papa aun discrepando mayoritariamente de ellas.

Falta de coraje

El coraje que muestra León XIV para hablar claro se echó de menos entre sus oyentes. Faltó coraje para defender el acervo legislativo del Parlamento español en los últimos veinte años. La ley de plazos, no está de más recordarlo, la impulsó Zapatero pero la hizo suya Rajoy cuando renunció a derogarla. Como ocurrió con el matrimonio igualitario. Y como ocurrirá con la ley de eutanasia; Feijóo, si alguna vez gobierna, tampoco va a derogarla. Lo sabe su electorado y lo sabe el Papa.

Si Sánchez hubiera tenido coraje le habría regalado al Papa no el bonsai de un olivo sino su discurso de investidura. Y habría abierto un debate constructivo con León XIV sobre las bondades de la polarización y los muros.

Si Feijóo le hubiera echado coraje, le habría regalado al Papa no una camiseta firmada de Nadal, sino los acuerdos firmados con Vox para gobernar tres comunidades autónomas. Y habría abierto un debate constructivo con León XIV sobre cómo puede comulgar el líder del PP de la a a la zeta con lo que dijo el Papa, acogida de los inmigrantes incluida, y suscribir, a la vez, el ni un mena más en esta comunidad autónoma, arriba las fronteras y que al menor lo acojan otros.

Si Abascal, en fin, hubiera tenido coraje le habría regalado al Papa una figurita de don Pelayo y una colección de expresiones denigratorias a sus adversarios políticosy a los inmigrantes africanos. Y habría abierto un debate constructivo con León XIV sobre lo elevado y enriquecedor para la dignidad de la persona que es llamar a Juanma Moreno juanma moruno.

De Miriam Nogueras, apropiándose de Gaudí y de León XIV en una misma maniobra mejor no decir nada. "Como Gaudí soy catalana", le dijo en inglés -sí claro, como Gaudí y como García Albiol, que también lo es-, lo que pasa es que ella, además de catalana, es independentista. Y cuando escucha al Papa advertir de los riesgos que encarnan los movimientos identitarios debe de pensar que se refiere sólo a la extrema derecha, cuando se refiere también a los movimientos nacionalistas.

Rufián seguro que lo sabe, aunque ayer se había llevado al Congreso esta frase preparada de casa, imagino, resultona…que respondía poco al discurso del Papa porque la palabra fascismo no llegó a pronunciarla, y que evitaba darse por aludido con la crítica a los movimientos identitarios que discriminan no sólo por el origen o la etnia, sino por la lengua que cada uno habla.

La discriminación por la lengua, ¿a quién creerán Nogueras y Rufián que aludía el Papa? Y ella, advirtiéndole, en inglés, de que en Barcelona tiene que hablar en catalán. Y si es posible, oficiar toda la misa de la Sagrada Familia en esta lengua. (Te acaba de decir el Papa que blindar el aborto es una inmoralidad; que la eutanasia es una inmoralidad. Y dice Rufián: es un humanista). A veces es sensato taparse un poco. O pedir a la tribu de los Nakulamene que envíe, de urgencia a la Carrera de San Jerónimo un cargamento de taparrabos.